Banderazos contra Cristina y Alberto

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Es muy difícil advertir cuales son las motivaciones principales de estos banderazos multitudinarios. No hay líderes políticos que hagan declaraciones y bajen línea. No hay un texto de un discurso que alguien lea sobre un escenario. No hay ni escenario. Todo es horizontal. No hay partidos que hayan impulsado estas concentraciones impresionantes por la contundencia de su masividad ni por la extensión territorial. Son como gigantescas asambleas populares donde cada uno expresa su queja y su exigencia.

Claramente es un fenómeno novedoso, dinámico, absolutamente autónomo y en todo eso, radica su poderío. Nadie los manipula. Nadie los estimula. Se manejan con una libertad absoluta. De hecho, esa máxima sanmartiniana de “Seamos libres, lo demás no importa nada” se ha convertido en una especie de cédula de identidad. Es el primer paso para hacer un diagnóstico de lo que mueve a tantos argentinos. La libertad. Y no es poco, frente al avance de los autoritarios de toda calaña, empezando por el cristinismo y La Cámpora, la guardia de hierro de Cristina.
Y no queda otro remedio que leer todos los carteles y pancartas o escuchar los gritos y consignas para tratar de definir quiénes son los que reclaman y que reclaman.

Ocupar la calle es otro dato casi inédito. Para fuerzas populares claramente no peronistas es toda una novedad. O casi, porque en la primavera alfonsinista de 1983, el espacio público fue ocupado con alegría y libertad por multitudes. Pero no son muchos los antecedentes de aquellos que salieron del Twitter y del control remoto de la tele y saltaron a las calles para quien quiera oír que oiga.

Segundo elemento: calle y libertad. El tercero es la bandera nacional. Un símbolo patrio que durante mucho tiempo se lo apropiaron los militares y luego el peronismo. Como si fuera cierta esa soberbia de creerse que solo ellos son la patria y el pueblo y que todo lo demás es oligarquía cipaya y pro imperialista. Eso es repetir la sanata básica del fanático. Ya tenemos tres elementos: libertad, calle y bandera argentina.

De todos los carteles que pude ver en las calles, en las fotos y en las pantallas hay uno que parecía reunir un gran consenso que decía: “Somos malos y opulentos, pero defendemos la República y laburamos”. Ahí se pueden encontrar varias claves para entender semejantes marchas a repetición que los medios tradicionales no anuncian y que, como submarinos, transitan por las redes sociales y por abajo de los radares habituales. Vamos por partes.
Somos malos. Es claramente una respuesta irónica y una burla a la barbaridad discriminatoria que les dijo Alberto Fernández a sus compañeros del Partido Justicialista.

Dijo que soñaba que terminara la pandemia para salir a la calle y hacer una gran movilización de los argentinos de bien. Fue un misil que Alberto se disparó en su pie. Una grosería que confirma que en muchos momentos aparece contra las cuerdas y medio boleado sin entender que pasa a su alrededor. Si los argentinos de bien son sus seguidores, quiere decir que el resto, son los argentinos del mal. Sigue la misma línea de la fractura social expuesta que alimentaron los Kirchner y otra vez, la vieja división nefasta entre patria y antipatria, pueblo y anti pueblo, peronistas y gorilas, gente de bien y gente de mal.

Y encima Alberto lo dijo para endulzar los oídos de dos derechosos reaccionarios y señores feudales como José Luis Gioja y Gildo Insfrán. Para Alberto esos símbolos del atraso son gente de bien. Viven del estado hace años. Fueron incapaces de crear empleo privado y sobre todo en Formosa, la pobreza y marginalidad es escandalosa. Pero Alberto puso como ejemplo del nuevo tipo de líder que necesita la Argentina a Insfrán. Madre mía. Si ese es su modelo de dirigente, estamos perdidos. Porque encima es un corrupto de gran envergadura que le robó dos millones de dólares a su pueblo pobre. Le dió una mega coima a Amado Boudou para que le refinancie la deuda provincial. Gente de bien, las pelotas. Feudales y chorros.

Somos malos y opulentos, decía el cartel. Tampoco hay dudas. Otra vez Alberto se habló encima con incontinencia oral y dijo que la ciudad de Buenos Aires le producía culpa porque la veía tan opulenta como desigual. Ya Cristina le había marcado el camino para que le metiera la mano en el bolsillo a Horacio Rodríguez Larreta y le sacara los fondos. Fue con aquella famosa frase de los helechos iluminados, los agapantos frente al barro y la pobreza de La Matanza. Fernando Espinoza le dijo a Cristina que ese distrito, conocido como la Capital del peronismo, estaba siempre abierto para ella. Pero ella hizo oído sordos. Es autoritaria pero no come vidrio. Finge defender a los pobres pero es millonaria y vive en Recoleta y su lugar en el mundo son sus cadenas de hoteles y el lujo opulento de El Calafate.

Alberto preparó el terreno para el saqueo a los porteños y dijo eso de la opulencia. Como si la Capital del peronismo no desbordara de exclusión social, marginalidad y faltaran cloacas y agua corriente por culpa de los porteños o de Larreta cuando La Matanza solo fue gobernada por el peronismo más rancio durante los 37 años de democracia. Alberto no siente culpa por ese emblema de la pobreza, el hambre y la desocupación al que los peronistas (gente de bien) condenaron a los habitantes más humildes y sufridos del Conurbano. Otra vez, gente de bien las pelotas. Chorros y traidores a su gente.

El cartel decía: “Somos malos y opulentos pero defendemos la República y laburamos”. Esto también caracteriza a gran parte de la concurrencia. No son golpistas ni desestabilizadores, como dicen los lenguaraces del cuarto gobierno kirchnerista. Son amplias frajas de las clases medias urbanas y rurales que no soportan los autoritarios que fueron incapaces, como Cristina, de entregar los atributos del mando cuando perdió las elecciones o que pusieron cara de Cristina comienzo limón, cuando tuvo que saludar al ex presidente Macri. Son republicanos. Muchos llevaron el libro de la Constitución Nacional en la mano. Defienden la división de poderes.

La justicia independiente que los Fernández quieren descabezar y colonizar para garantizar la impunidad de Cristina, sus hijos y sus cómplices del Cartel de los Pinguinos. Esos ciudadanos en movimiento, ejercen sus derechos y quieren un país más igualitario, sin extorsiones, sin narcos ni presos con más derechos que la gente honrada y donde el trabajo y la innovación sean premiados y no castigados con maltrato y asfixia impositiva. No piden nada raro. Piden un país normal que respete la ley. Con premios y castigos. Sin vagos que viven hace años de la teta del estado y con el dinero que pagamos en toda la Argentina productiva. Ayudar en la emergencia a los que más necesitan, sí. Avivados que especulan con el empleo público y los planes para convertir en clientes a los ciudadanos más pobres, no. Eso es abusar de la necesidad de la gente. Una violación de su dignidad humana.

Había otros mensajes en las distintas concentraciones a lo largo y a lo ancho de país. Porque hay reclamos sectoriales y geográficos. La gente de Bariloche no puede creer que desde el estado, se fomentan las tomas de tierras por parte de grupitos de violentos que se denominan representantes de los mapuches. La mayoría de ese pueblo los desprecia y no los apoya. Porque queman cabañas y estancias. Porque rompen instrumentos de trabajo y atacan a los trabajadores. Y la justicia tiene miedo de actuar. Sobre todo cuando ve como funcionarios nacionales como Luis Pilquimán o la ministra Elizabeth Gómez Alcorta llevan agua para el molino de los que ni siquiera se reconocen argentinos. “Cuando los que gobiernan pierden la vergüenza, el pueblo pierde el respeto”, decía una bandera. Otra: “Eran buitres, no pingüinos. Usurpar tierras es un delito. Pero permitirlo, es complicidad” y el ruego para que defiendan el Parque Nacional Nahuel Huapi o el Bolson. Muchos viven del turismo que huye espantado de esa furia delictiva.

La mayoría de los mensajes del banderazo eran contra el gobierno de Cristina y Alberto. Pero también hubo varios que le ponían la lupa a la actitud de la Corte Suprema. El más brutal les exigía que “no se asociaran a esta banda de forajidos que nos gobierna”. Para Cristina, la cárcel, ya”, fue otro cartel que los unificaba. Quieren que haya juicio, castigo y condena, como corresponde.

Quieren un país para trabajar y vivir en paz y tranquilidad. Son la gran novedad política de estos tiempos. Van al frente, por ahora sin dirigentes, pero seguramente los van a encontrar en el camino. Y seguro que ninguno será parecido ni a Cristina ni a Alberto.

A 100 años del nacimiento de Mario Benedetti, podrían cantar con Nacha que sus manos trabajan por la justicia y que en la calle, codo a codo, son mucho más que dos.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.