Crónicas de guerra: el cumpleaños de un padre doble

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Parte diario: 1795 contagiados. 70 muertos. 365 recuperados.

Estoy solo en mi casa. Guardado, como corresponde. Cumplo la cuarentena porque siempre cumplo las normas que nos permiten vivir más o menos civilizadamente en sociedad. Pero además, cumplo con el aislamiento en defensa propia. Porque hoy cumplo 65 años y estoy en los grupos de riesgo. No solo por edad. También soy diabético igual que mi padre y mi Bobe Rosa y porque también tengo una alerta coronaria: me tuvieron que colocar un marcapasos hace años.

Estoy solo en mi casa y a veces las cosas se hacen difíciles pero no me quejo. Soy un privilegiado que tengo un departamento amplio por el que puedo caminar, un balcón que da a un árbol maravilloso y no me priva del sol que me acaricia por las mañanas. Disfruto de manejar el silencio, las palabras y la música cuando quiero. Mientras escribo esta columna, no hay un solo ruido, y se sienten las teclas que golpeo, casi como el trote de un caballo. Pero cuando termina el programa y me saco los auriculares, pongo música y canto y bailo. A veces una chacarera de la Sole revoleando el poncho, a veces tarareo con Palito alguna canción que me llena de felicidad y alegría o me inyecto raíces de identidad con música klezmer que también bailo como si fuera un casamiento con jupá y todo.

Soy un privilegiado porque estoy solo pero profundamente acompañado. No me alcanza el tiempo para contestar mensajes y correos de felicitaciones. Estoy desbordado, porque estoy solo pero rodeado de afecto y de mucho más reconocimiento profesional del que merezco. Tengo amigos de oro que cuido como el oro. Uno de ellos, Santiago Kovadloff, me dejó un audio donde me elogió como periodista, como amigo y también como padre. Ya lo había hecho en la contratapa del libro “Cuidate Changuito” cuando escribió: “Poco cuesta imaginar, también la emoción de ese hijo a quien la vida honró con la admiración de su padre. Es que Diego Leuco, dice Kovadloff, ha entendido que significa heredar. Heredar es transformar lo recibido mediante los propios recursos creadores.” Como si fuera magia, el otro amigo que puso su opinión en esa contratapa, Jorge Fernández Díaz, me llamó al minuto.

El había escrito: “Alfredo prueba que la paternidad puede ser una de las bellas artes: Diego es su obra maestra”.
Y eso me conmovió. No lo puedo evitar. La palabras padre o hijo me humedecen la vista y me hace temblar la voz. Siempre. Otro amigo mucho más reciente, igualmente inteligente, que vive en Madrid, Víctor de Cambra me mandó como regalo una nota escrita por Rebeca Alcántara Garrido. Su título me pegó en el alma: “Padres de nuestros padres”. Es de una observación y sensibilidad tal que me empujó a reflexionar sobre esa nueva realidad que la pandemia vino a instalar.

Porque es cierto que hoy nos hemos convertido en padres de nuestros padres. A todas las personas que conozco y que tienen la suerte de tener a sus viejos vivos, los escuché preocupados y ocupados por ellos. Cada uno a su estilo y a su manera. La mayoría los llama por teléfono dos o tres veces por día. ¿Cómo andas Mamá? ¿Tomaste los remedios?. ¿Viste el programa de Mirtha? Si ya sé que ahora está Juanita. ¿Ya cenaron? Que preparaste. Ni se te ocurra salir. Que te hagan las compras en el súper o en la farmacia. Abrigate que se está poniendo frío. No te vayas a engripar. ¿Te vacunaste? Jamás en la vida pensé que iba a decirle a mi vieja que se abrigara. Fue el consejo, casi una orden, que me dio durante toda la vida compartida bajo el mismo techo. Es una perfecta idishe mame. ¿Me habré convertido en un idishe hijo? Milagros del virus. ¿Llevate una camperita, nene? El nene, que era yo, se llevaba la camperita para que se quedara tranquila, pero después, volvía de bailar, en camisa y a las seis de la mañana. Y si tenía suerte, se quedaba a dormir en un mueble con una señorita. En Córdoba le decíamos mueble o amoblado o globo a los hoteles alojamiento. ¿Y la campera? En la mano. Hoy soy yo el que le dice cuídate. Te quiero mucho, vieja. Cuidálo a Papi. ¿Vino el médico? Que no coma con tanta sal. Dale, pásame con él. Yo pienso que “ojalá me escuche”, porque mi viejo tiene 95 años y está muy bien de salud. Pero un poco sordo. Y se me llena de felicidad el corazón porque me escucha. Me pregunta por Diego, me dice que no trabaje tanto, que no le pegue tanto a Cristina y yo le digo que se abrigue y que siga leyendo todo lo que pueda como hizo toda su vida.

Ayer hicimos una video conferencia por Zoom y fue algo maravilloso. Porque no puedo volar urgente a Córdoba para abrazarlos como me gustaría. A besarle la pelada a Mayor y a acariciar la cara de Esther. Pero nos vimos todos. Como si fuera un seder en la nube. Desde distintos lugares del planeta aparecimos todos en la pantalla. Y la sonrisa de mis viejos no entraba ni en el living de su casa. Se le pasaron todas las ñañas en un segundo.

Todos los que conozco hacen lo mismo. Marcelita Giorgi con su viejo, el tano. Algunos organizan cosas para que ellos se entretengan. Les hacen juegos de ingenio o de memoria por teléfono como ellos nos hacían juegos a nosotros para no aburrirnos. Ayer cantamos canciones los hijos, los nietos y los bisnietos. Canciones de Pésaj. Manishtaná, Alaila Hazé, por ejemplo que en castellano se pregunta porque esta noche (por la de anoche) es una noche especial. Es la noche de la libertad. El fin de la esclavitud de los judíos. Por los siglos de los siglos.

Pero cuando leí la nota de la periodista española, me cayó la ficha. Diego hace lo mismo conmigo y con Silvana, su madre. Nico y Mica hacen los mismos con Adriana a la que amamos. Todos fueron hijos con grandes mamas que los cuidaron y estuvieron siempre pendientes. Ellos nos trataron de tener entre algodones y ahora somos nosotros los que queremos ponerlos en una burbuja, a resguardo del bichito maldito de la corona. Que nadie tosa ni les estornude cerca. El querido Tato Young un día me dijo que “tener hijos es tener miedo para siempre”. Una gran verdad. Ahora se puede agregar: “Tener padres es tener miedo para siempre”.

Ahora soy yo el que les digo: “Tengo el celular prendido toda la noche. Llamáme por favor para cualquier cosa que necesites”. Qué loco. Si estoy a 700 kilómetros. ¿Qué podría hacer? Solo llamar a mi hermana. Hay que decir que siempre extrañamos a nuestros padres y a nuestros hijos. Pero hoy los extrañamos más que nunca. Incluso a los que ya no están. No podemos ir a sus casas y ellos no pueden venir a las nuestras. Muchos lloramos, porque sentimos pánico de no volver a verlos, pero lloramos para adentro para no asustarlos, dice mi colega española.

Siempre le dije que los Lewkowicz somos de lágrima fácil. Creemos que el que no sabe llorar, no sabe reír. Y hay un concepto que nos articula entre las distintas generaciones: no nos arrodillamos ante nadie y tampoco nos interesa hacer arrodillar a nadie. El sometimiento es la base de la esclavitud. Y nuestro pueblo viene peleando contra todas las discriminaciones y el odio desde tiempos inmemoriales.

La nota que me mandó Víctor, dice que hoy, cuando hablamos con nuestros amigos, le preguntamos por sus padres y antes lo hacíamos por sus hijos. Extrañamos sus abrazos, sus consejos, sus achaques y los aromas que venían de la cocina. Que insólito es todo. Una locura.

Lamento que se le haya roto el celular a mi madre. Por esa pantallita le mandábamos fotos y videos de toda la familia. Algún himno como el Ava Naguila, por ejemplo. Y cada tanto hacíamos una video llamada. Pero pronto lo vamos a solucionar. Cuando abran los negocios y se pueda comprar un nuevo telefonito.

Esto confirma que el virus es tan poderoso que, incluso, dio vuelta hasta el devenir de los tiempos. Alteró la descendencia natural. Hoy se armó algo que tal vez podamos llamar ascendencia. Es Diego el que me llama a mí para saber si necesito algo y para decirme que me cuide. Lo hace conmigo y con su madre. Y yo soy el que le pide a mi vieja que se ponga un saquito y a mi viejo que no se olvide de tomar los remedios. Cambia todo cambia.

Seguimos siendo padres de nuestros hijos pero hoy más que nunca también somos padres de nuestros padres. Por eso este es un cumpleaños muy especial. Porque estoy solo pero tremendamente acompañado. Algo muy importante, cambió. Ahora al “cuídate changuito” de siempre, le agrego “cuidáte viejito, cuídate viejita”. Tengo un cumpleaños muy feliz. Soy dos veces padre. La vida te da sorpresas.

Editorial de Alfredo Leuco en Le Doy Mi Palabra por Radio Mitre