Con Fernández Díaz y en defensa propia

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Muchos de los más brillantes escritores y periodistas de habla hispana salieron a defender con sus espadas de palabras a Jorge Fernández Díaz frente al ataque y los insultos del presidente Javier Milei. La valentía y el talento de Arturo Pérez Reverte es un ejemplo. En sus redes escribió que “Ni siquiera los anteriores se atrevieron. Es la primera vez que en la Argentina un presidente de gobierno insulta públicamente a un novelista y periodista. Y en este caso, de enorme prestigio, pues se trata de mi amigo y casi hermano Fernández Díaz. Los populistas de derechas, sin distinción de nacionalidad son tan nefastos e imbéciles como los de izquierdas.

El genial Jaime Bayly salió a bancarlo y dijo que Jorge “puede ser que en este momento sea el escritor argentino vivo más importante y el más vendedor”. Con mucha humildad me pongo al servicio de Jorge y de todo lo que necesite y leo fragmentos de  su didáctica columna de hoy en La Nación. : “Que por primera vez un presidente de la Nación califique como “imbécil” a un articulista porque escribe cosas supuestamente “estúpidas” y “pelotudeces” (sic) no es menos escandaloso que la ocurrencia de que esta clase de injurias “democratizan al periodismo”: por acción, omisión, militancia solapada, seguidismo oportunista o ignorancia directa, parece que para ciertos colegas a Javier Milei lo asiste incluso el derecho al insulto personal. El episodio, no obstante, va más allá de este matonismo mediático que algunos consienten o naturalizan, y se interna directamente en un asunto ideológico de calado profundo: al libertario le produce urticaria que se lo caracterice como un “populista de derecha”. Pero a su vez le gusta ufanarse –lo hizo ante la agencia Bloomberg– de que toda su acción política se basa en los lineamientos de Murray Rothbard, pensador marginal y ultramontano cuyo manifiesto crucial se titula Populismo de derecha: una estrategia para el paleolibertarismo. En el largo y crispado diálogo que mantuvo con radio Neura, el León aseveró que esa traducción era incorrecta, y que la intención de su ídolo primigenio consistía simplemente en popularizar las ideas liberales. Aseverar que Rothbard no propuso esa exitosa estrategia populista, recogida luego por Steve Bannon y Donald Trump, es como admirar a Mick Jagger y sostener sin sonrojarse que no hacía rock sino boleros, y que todos los críticos musicales del mundo y todos sus fans hemos vivido equivocados.

Murray Rothbard era un extremista rancio a cargo de una secta ideológica.

Los libertarios argentos, con más picardía criolla que rigurosidad, aducen que el anarcocapitalista no hizo demagogia electoral, que sostiene una economía ortodoxa y que se bate a duelo contra quienes “usan los recursos del Estado para comprar voluntades”. Eso es cierto, pero no basta, puesto que hay populismos estatales y también populismos de mercado. Estos últimos son efectivamente monetaristas y vienen a demoler todo el edificio estatal.

 “Lo que está viviendo la Argentina es una expiación del pecado, purificar el alma y llegar a la Tierra Prometida – dijo Loris Zanatta–. Es un populismo con tintes religiosos: un camino bíblico hacia la salvación. No hay vocación pluralista ni debates; el visionario decide sin consultar, porque es el único depositario de esa misión trascendental y mística”.

Esta evidencia dificulta la narrativa, que el mileísmo prefiere presentar como una épica de liberales contra populistas. Cuando se trata, en todo caso, de una lucha encarnizada entre populismos de distinto sesgo, con un centrismo de variado pelaje que debe ser simbólicamente ametrallado para que elija trinchera y se cuadre de inmediato. Es decir, para que desaparezca. Tal vez por eso el Presidente se ofusca tanto, y reacciona como un clásico líder populista que hostiga y ultraja en público a sus objetores, siempre con más saña hacia los republicanos que hacia los kirchneristas. Y con la particularidad de que se pelea incluso con quienes comparten sus políticas principales.

Es preciso regresar un poco a Murray Rothbard, puesto que ese ignoto fantasma gobierna la Argentina a través de su histriónico vicario. Hay dos personas “ejemplares” que el gurú de Milei coloca sobre la mesa. En principio, un mediocre político llamado David Duke, supremacista blanco y exmiembro del Ku Klux Klan. Luego Joseph McCarthy, el responsable de la más grande caza de brujas en la historia de Hollywood. “En su cruzada, McCarthy fue un populista de derecha –escribe Murray–. No estaba satisfecho con atacar en abstracto a los infiltrados comunistas, tomó en serio el supuesto peligro; e insistió en decir nombres, en nombrar y en desenmascarar a aquellos que consideraba el enemigo. La cosa más fascinante, lo emocionante de Joe eran precisamente sus ‘medios’, su populismo de derecha: su predisposición y su capacidad para alcanzar y poner en cortocircuito a la élite del poder: liberales, centristas, los medios de comunicación”. Más adelante, este poco conocido intelectual de la Escuela Austríaca, sostiene con énfasis: “Hay que forjar una coalición que cree un movimiento populista de derecha que será, necesariamente, libertario en gran parte. Pasar por encima de los líderes de los medios y de las élites políticas y llegar directamente a la clase media y trabajadora para difundir las ideas de libertad y el conocimiento de cómo han sido oprimidos. Eso requiere de un liderazgo político inspirador y carismático”. Antes de sugerir un programa del populismo de derecha, el ideólogo del León insistía: “Cualquier estrategia libertaria debería reconocer que los intelectuales y los formadores de opinión son parte del problema fundamental”.

Rothbard no era un liberal ni un conservador, sino un extremista rancio a cargo de una secta ideológica, y sus discípulos son lo que el Diccionario de la Real Academia denomina “fachas”: ultraderechistas. Se me permitirá aquí este término usado por los españoles, dado que no podríamos decirles directamente fachos o fascistas; estos vocablos aluden precisamente al otro populismo: al estatal. En cambio, estos fachas cool divinizan el mercado y califican de “socialistas” a Obama y a Macron, y han resultado muy eficaces para llegar al poder; no tanto para gobernar. La historia más inquietante que nos toca desentrañar es cómo, para sepultar un modelo fracasado y diseñado por estatistas que en lugar de cuidar al Estado como un templo lo transformaron en un aguantadero inservible, los argentinos terminaron eligiendo y coronando a un facha. Un paradigma de la derecha populista, que niega lo que cree como Pedro negó a Jesús.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre