Los masoquistas maltratados por Cristina

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Valoro mucho la política porque creo que no hay otra manera de extirpar las injusticias de una sociedad. Y para eso hace falta democracia y mejores partidos políticos y dirigentes honestos y capacitados. Pero hay venenos de la política que no soporto. Malversaciones que fomentan que tanta gente diga que la política es sucia. Hablo de los ladrones de estado y de los autoritarios que siempre buscan culpables y enemigos. Esta gente degrada la política y las instituciones republicanas. Las va erosionando de adentro. Pero hay otra situación que me resulta directamente incomprensible y repugnante. El maltrato brutal que muchos dirigentes y funcionarios soportan con tal de mantenerse atornillados al poder. Son como masoquistas que se bancan humillaciones de todo tipo con tal de recibir aunque sea una mínima porción del queso. Son capaces de arrastrarse y de tirar su honra a los perros.

En estos últimos días hubo varios acontecimientos que me recordaron episodios de esta naturaleza que producen vergüenza ajena.

Jorge Taiana, flamante ministro de Defensa fue insultado por Cristina cuando lo eyecto de su cargo de Canciller porque se había reunido a charlar con un periodista del Grupo Clarín. En ese momento, año 2010, los periodistas políticos recibimos la siguiente información: “Cristina le dijo traidor y le puso como ejemplo de buen comportamiento a Amado Boudou”. Eso fue too much. Taiana es un hombre radicalizado y dogmático pero no hay una sola acusación sobre su honradez. Compararlo con un ladrón de estado de magnitud como Boudou, fue demasiado. Taiana se enojó tanto que dejó de tener contacto con Cristina y junto al Movimiento Evita, en su momento, apoyó la candidatura de Florencio Randazzo. El jefe de esa campaña fue Alberto Fernández, no se si lo ubica. El actual presidente contó muchas veces, en forma reservada, el maltrato que habían recibido de Cristina y también de Néstor. Sin embargo, al poco tiempo, Taiana, la agrupación de Emilio Pérsico y Alberto olvidaron esos cachetazos verbales y volvieron a colocarse debajo de la pollera de Cristina, simplemente, porque es la dueña de los votos y el poder.

Algunos podrán decir que eso es pragmatismo o que son generosos a la hora de perdonar. Yo creo que la persona que se deja ofender, pierde la dignidad. Y el que no tiene dignidad ni respeto por sí mismo, difícilmente pueda defender la dignidad y el respeto que se merece el pueblo argentino. ¿Se entiende? No hago de esto una cuestión personal. Creo que es un tema político. Quien no se hace respetar, no puede conseguir respeto. Y Cristina es una maltratadora serial. Todos los periodistas lo sabemos. Sus gritos e insultos groseros son famosos.

El multipremiado creativo publicitario, Ramiro Agulla, armó un spot para Randazzo que fue muy disruptivo porque representó con una actriz las peleas que el ex ministro tuvo con la ex presidenta. Quien actúa de Cristina, parece tener una cloaca en su boca y a nadie pareció llamarle demasiado la atención.

Son muy conocidos, algunos lo tienen como ringtone en su teléfono, la cantidad de veces que Cristina agravió a Oscar Parrilli llamándolo claramente “pelotudo”. El senador sigue siendo su principal dirigente en el Instituto Patria, un operador todo terreno, casi un mayordomo.

Hay baldones que son más sutiles. De gente que se va de al lado de Cristina pero que regresa por conveniencia. Desde el Movimiento Evita al que Cristna llamó “hijos de puta” hasta Daniel Arroyo o Felipe Solá, que después de haberse alejado de su gobierno, de la mano de Massa y Alberto ayudaron a que volviera al poder como vice presidenta y jefa del jefe del estado, quien los había injuriado. En voz baja, Pérsico, desde aquel momento dice que su único jefe es “el Papa Francisco”. “Felipe es Felipe”, repetía en sus tiempos el propio Néstor. Se reía cuando Verbitsky lo  llamaba “Felipe Solo”.

Otro caso incomprensible es el de Gustavo Béliz. Nadie lo acusó de corrupción. Es un hombre de fe, muy allegado al Papa Francisco. Los Kirchner lo persiguieron tanto que lo obligaron a irse del país. Llamaban a las empresas privadas para amenazarlos con represalias si le daban trabajo a Béliz. ¿Qué pecado había cometido? Mostró una foto de Stiuso por televisión. Era el jefe de inteligencia preferido de los Kirchner hasta que la tortilla se dio vuelta y pasó a ser un enemigo diabólico. Hasta Alberto denunció en su momento que los topos de Cristina lo espiaban y los seguían.

Como puede verse no hay un solo caso. Son varios los que repiten el mismo esquema. Se enojan y se van del lado de Cristina, pero vuelven vencidos a la casita de Cristina. Esa medicina amarga acaba de probarla Agustín Rossi. Le soltaron la mano y Cristina apoyó la lista, con foto y todo, que impulsa el gobernador Perotti.

Fabián Gutiérrez, el secretario privado de Cristina que fue asesinado, como arrepentido aportó datos claves de cómo funcionaba el mecanismo de recaudación de coimas y lavado. Cristina pasó a odiarlo. Pero lo que más le molestó de su declaración ante el juez Claudio Bonadío fue la revelación de cómo era el maltrato cotidiano que todos los empleados recibían. Ella no le perdonó nunca que la describiera como una persona que nadie aguantaba y con la que nadie quería trabajar por el trato de esclavo que les daba a sus colaboradores. Es más, Fabián confesó como se referían a Cristina todos los empleados. Fue una manera cruel y muy machista de radiografiarla: “Le decíamos la loca o la yegua y otro término que no quiero mencionar por cuestiones de género”. Pero está escrito en el expediente.

Sergio Massa también cayó en la volteada de las ofensas de Cristina. Pero también fue y es pieza clave de su aparato de búsqueda de impunidad y venganza. De Daniel Scioli, ni hablar. Una vez, en el senado, lo redujo a la condición de felpudo delante de todos. La lista sigue y es larga. Pero creo suficientemente demostrado lo que intento plantear. Entre las diversas líneas internas del cristinismo, habría que fundar una llamada “Masoquismo K”. Son los que encuentran placer en ser ultrajados. De esas personas que se arrodillan, no espero nada. Y no les creo nada. Es lo peor de la política.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre