El poderoso movimiento de las bicis solidarias

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Esta canción maravillosa de Diego Torres se llama “Hoy” y fue inspirada en la epopeya personal de Jean Maggi. Hace más de un año, yo le conté quien es este cordobés con los huevos del tamaño del Himalaya. Diego Torres dice que no hay que dejar que el miedo nos derrote y propone demostrar que nuestro coraje es siempre más grande.

Maggi hizo mucho pero quiere hacer mucho más. El próximo 3 de diciembre es el día de las personas con discapacidad y el amigo, con su fundación se propone entregar mil bicicletas adaptadas para mil chicos que sueñan con la libertad del movimiento. Hoy la fábrica de bicis funciona a mil por hora y el principal combustible es la solidaridad y la alegría de hacer el bien sin mirar a quien. Nos queremos sumar a esa epopeya de hermandad que es un ejemplo de que entre las empresas, la sociedad civil y el estado, se pueden hacer cosas maravillosas. Una sola sonrisa de estos mil chicos, tiene una potencia que nos hace invencibles como sociedad. Yo me sumo. Como ya se sumaron Pancho Ibañez, Natalia Oreiro, Adrián Suar, Patricia Sosa y Fabricio Oberto, entre otros. Me subo a la bicicleta del amor al prójimo.  Le recomiendo que preste atención a la historia de Juan Ignacio Maggi. Es un abrazo tremendo para el alma. Muchas veces nos quejamos por temas menores, por pavadas. Muchas veces bajamos los brazos ante la primera dificultad.

A Juan Ignacio, al que le dicen Jean, la vida lo castigó duramente y varias veces desde que era un chico. La polio, esa maldita enfermedad lo atacó a traición. Recién estaba aprendiendo a caminar y no pudo caminar más. Se paralizó su cuerpo de la cintura para abajo. A los 37 años, Juan tuvo un infarto terrible. Pero luego, descubrió que su voluntad y esfuerzo podía convertirlo en un deportista de alta competencia. Y lo logró. A la edad en que muchos se retiran, él comenzó a entrenar con una dedicación impresionante. Y aunque usted no lo crea, ese chico que apenas andaba con muletas fue representante argentino en los Juegos Paralímpicos, cruzó la Cordillera de los Andes y como si esto fuera poco, logró la hazaña de trepar al Himalaya. Aquel día de gloria, Juan Ignacio llegó a la cima de sus sueños. Nunca se rindió. Es un ejemplo, un espejo que nos puede ayudar cuando sentimos que todo está perdido. Nos puede confirmar que no hay que darse por vencido ni aún vencido.

Juan Ignacio es cordobés e hincha de Talleres. Eso solo lo hace bueno hasta que se demuestre lo contrario. Más allá de esta broma, lo cierto es que el peor insulto que uno puede decirle es “No se puede”. Toda su vida se dedicó a demostrarle al mundo y a sí mismo, que “si se puede”. Nunca soportó que alguien le tuviera lástima. Era una puñalada por la espalda cuando lo miraban desplazarse con sus muletas y esas corazas de cuero alrededor de sus piernas y decían: “pobrecito”. La pasó muy mal hasta los 37 años. Se sentía preso de su cuerpo y de su discapacidad motriz. Si mi cuerpo no sirve para que lo voy a cuidar. Eso decía en silencio. Después, cuando salió del infarto reconoció que la polio le había tocado por mala suerte o por el destino, pero que al infarto se lo había buscado. Pasaba 12 horas trabajando en un escritorio, fumaba 2 paquetes de cigarrillos por día y la comida chatarra era una constante. A eso hay que sumarle la mala sangre. Se castigaba a si mismo preguntando: “Porque me tocó esto a mí”. Fue la crónica de una tragedia anunciada: infarto.

Tenía 37 años y resolvió salir adelante. Ponerse de pié en todo el sentido de la palabra. Dar batalla. Empezó a entrenar. A hacer fierros, gimnasia de todo tipo. Tenía las piernas flaquitas de un grillo, los brazos musculosos como un toro y un corazón de acero. El deporte le empezó a multiplicar la esperanza. Le dio alegría, ganas de competir y de superarse. Le abrió un camino y un futuro. Le puso motor a su pasión. Hay una foto en la que se lo vé clavando sus muletas o bastones en la arena y pone su cuerpo en forma paralela al piso. Una ostentación de poderosos bíceps y abdominales. Hizo de todo.  Básquet, natación, equitación y tenis hasta que un día se subió a una bicicleta adaptada y encontró el movimiento autónomo. Podía desplazarse a donde quisiera por sus propios medios. Es una bici que se impulsa con las manos. El va sentado, sus pies están quietos y apoyados y pedalea con las manos, por decirlo de alguna manera. Y las cosas cambiaron.

Juan Ignacio fue siempre para adelante. Participó de varias maratones. La de Nueva York que pasa por el Central Park y la de la ciudad de Roma son las más conocidas y las más emocionantes. Pero nunca se quedó quieto. Ya había estado quieto demasiado tiempo. Siempre va por más. Se anotó en un Ironman y dejó a medio mundo con la boca abierta. Nadó casi 2 kilómetros, en bicicleta recorrió 90 kilómetros y cuando estaba exhausto, se subió a una silla de ruedas y completó los 21 kilómetros mientras el resto de los atletas lo hacían corriendo a su lado. Fue una epopeya del cuerpo y de la mente.

Pero eso no le alcanzó a Juan Ignacio. Se propuso ir a la Cordillera y en el Valle de las Lágrimas recordó la Tragedia de los Andes, y los ejemplos de resiliencia que había contado, Carlos Páez Vilaró, uno de los sobrevivientes.

Su última locura fue animarse al Himalaya. Es la cordillera más alta del planeta. La cumbre del monte Everest está a 8.848 metros de altura. El cordón montañoso atraviesa varios países asiáticos como Bután, Nepal, China, India y Pakistán.  Y allá fue. El nenito cordobés que había atacado la polio, iba rumbo a la cima de sus sueños. El que tenía paralizado su cuerpo de la cintura para abajo, el de las piernitas de grillo, se preparó como corresponde y pudo escalar. Once días pedaleando con la respiración complicada por la altura. Once días sin bañarse. Once días durmiendo en una carpa en medio del hielo, las piedras, los precipicios y los vientos terribles. Un día se descompensó y le tuvieron que suministrar oxígeno. Pero llegó. Lo logró.

Su cara era la síntesis de la felicidad. La satisfacción del deber cumplido. De la lona, del infierno de la depresión llegó muy cerca del cielo. Lo más cerca del cielo que se puede llegar sin despegar de la tierra.

 En sánscrito, Himalaya significa “El lugar de la nieve”. En cordobés, significa “El lugar de los sueños”. Juan Ignacio odia quedarse quieto. Insisto, ya estuvo demasiado quieto, demasiado tiempo. Ahora es movimiento, iniciativa, empuje, energía renovable. Armó una fundación con su esposa María Victoria. Ella tiene un nombre que fue premonitorio. La mayor victoria de Juan Ignacio son sus 5 hijos: Camila, Amparo, Catalina, Sara y el único varón Juan Ignacio, como el padre. Esa familia es una cadena solidaria irrompible. Ahora, el atleta Maggi quiere provocar un cambio en la forma de mirar la discapacidad  que tiene la sociedad. Trabaja para que se vea como una oportunidad y no como una imposibilidad. Se ríe cuando cuenta lo que le pasó hace un tiempo con un taxi. Estaba parado en una esquina mientras esperaba que la pasajera le pagara al chofer. De puro amable le abrió la puerta y la señora le dio una moneda.

Cuando Juan José Campanella se enteró de semejante heroísmo ciudadano, resolvió producir un documental conmovedor de 47 minutos titulado “El límite infinito” que hoy puede verse por Netflix.

Juan Ignacio da charlas pero no cobra. Les pide donaciones de bicicletas adaptadas para los que no pueden comprarlas. Nadie las fabricaba en serie. Eran trabajos artesanales. Pero como es un emprendedor potente e incansable, armó una fábrica de esas bicicletas milagrosas. Trabajan ahí, jóvenes que tienen discapacidades motrices.

Todo lo que Jean Maggi hizo, hubiera sido una tarea titánica para cualquier persona que no haya padecido ninguna enfermedad. Yo, sin ir más lejos no podría hacer ni la milésima parte de sus aventuras deportivas. Pero él tiene un lema que fue el subtítulo de la película: “Lo difícil se hace, lo imposible, se intenta”. Lo admiro porque se cayó cientos de veces y se levantó cientos de veces.

Poder trasladarse a donde quisiera sin preguntarle a nadie ni depender de nadie le dio libertad. La consiguió con una fortaleza digna de imitar. Yo sé que los objetivos nunca se logran solamente con voluntad. Pero sin voluntad, sin apretar los puños y rebelarse antes las negativas, tampoco se puede conseguir nada.

El virus de la poliomielitis no pudo con Maggi. Después la ciencia de Jonas Salk y Albert Sabin, se encargaron de pulverizar el bichito. Hoy tenemos otro virus llamado Covid 19. Hasta que logremos dinamitarlo  tenemos que apelar al ejemplo de personas como Juan Ignacio Maggi. El pasó de la depresión y el infarto al Himalaya. En medio de la batalla encontró la alegría y la libertad.

Como dice nuestra cortina y arenga: Cuando cueste mantenerse en pie/ cuando se rebelen los recuerdos/ y me pongan contra la pared/ Resistiré, erguido frente a todo/Me volveré de hierro para endurecer la piel, como hizo Juan Ignacio Maggi.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra por Radio Mitre