Cristina condenada: ladrona de la nación

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La democracia no se terminó. Todo lo contrario. Las sagradas instituciones republicanas salieron fortalecidas. La condena por corrupción a Cristina implicó derrotar dos de los principales venenos del estado de derecho: la impunidad y el miedo. Son dos tóxicos poderosos.

La impunidad que tanto desesperó a Cristina, produce una erosión tremenda en la confianza de los ciudadanos en el sistema. Con toda razón, la gente que trabaja honradamente y cumple la ley, siente que los poderosos pueden hacer cualquier cosa y que nunca sufren las consecuencias. Esa idea de que nunca pasa nada y que nadie paga por los delitos que comete, ayer estalló por los aires.

Y el miedo, el pánico, es el componente más reaccionario que puede tener una sociedad. El temor nos saca lo peor de nosotros. Hace que mucha gente se arrodille y pierda su dignidad. Quedó en la historia aquel consejo de Cristina de que había que tenerle miedo a Dios y un poquito a ella.

Hoy los únicos que le temen a Cristina son sus propios soldados y talibanes. Algunos por convicción política, otros por dinero y muchos porque sin ella no podrían ganar  ni una elección en el consorcio de su edificio. El terror que provocaba Cristina en amplios sectores de la justicia, ayer estalló por los aires.

La democracia no se terminó. Lavó parte de su mugre. Condenó a seis años de prisión con inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos a la mujer más poderosa y la que más daño le hizo a la República Argentina. Y lo hizo con ella en funciones. Nunca antes había ocurrido eso en la Argentina. Los libros de historia recordarán el 6 de diciembre de 2022 como el día en que la impunidad y el miedo fueron derrotados y la República dio un paso más en su consolidación. Funcionó la división de poderes. Funcionó la independencia de la justicia. Las operaciones asquerosas, los aprietas e intimidaciones cayeron en saco roto. Fracasó estrepitosamente el operativo para blanquear la figura de Cristina. Los diarios del mundo lo dicen con claridad. Con todas las garantías constitucionales, la dos veces presidenta de la Nación, fue condenada por ladrona. La Ladrona de la Nación, como dicen los hashtag en las redes sociales. Se hizo justicia.

No hubo pelotón de fusilamiento. Hubo un tribunal de jueces designados durante su presidencia, al igual que el fiscal Luciani. Ninguno tiene militancia política. Todos tienen más de 25 años de trabajo en tribunales. Se cayó a pedazos la falsedad del Lawfare y de la mafia o la dictadura jurídico mediática. Se confirmó el ADN de la democracia: nadie está por encima de la ley.

No hubo 17 de octubre ni conmoción espontánea en la sociedad. Ayer la justicia confirmó lo que todos sabíamos hace mucho. Cuando Néstor Kirchner murió, Cristina se hizo cargo de la conducción política, pero también, de la administración del sistema de coimas y retornos, del dinero sucio de la corrupción y del lavado. Nunca nadie en la Argentina de los civiles robó tanto durante tanto tiempo. Es incomprensible la voracidad y la codicia sin límites. La cleptocracia que lideró Cristina enriqueció ilegalmente a toda su familia, a sus secretarios privados, a sus empresarios testaferros y socios y a muchos funcionarios de sus gobiernos. Yo le llamo bulimia de poder y de dinero. Obsesión descontrolada, “éxtasis”, como confesó Néstor abrazando un caja fuerte con angurria pornográfica.

El peronismo hoy entró en un estado de asamblea permanente. ¿Seguirán atados al ocaso de Cristina? ¿Aceptarán seguir secuestrados por una lideresa que los llevó al paraíso del poder pero que, ahora, los lleva al infierno de la cárcel? Hay una frase legendaria de un intendente del Conurbano: “A los compañeros los acompañamos hasta la puerta del cementerio, pero no nos enterramos con ellos”. Veremos.

Una Cristina descontrolada, temblorosa y contra las cuerdas ayer anunció que no va a ser candidata a nada para que la metan presa si quieren.

Ha mentido tanto la reina del Calafate que su palabra vale menos que un chupetín. Por eso, como primera medida, nunca creo y siempre dudo de lo que diga Cristina. Esta vez, tampoco le creo. Se victimiza a fondo como perseguida política para provocar una reacción a su favor y un operativo clamor que le ruegue que sea candidata. Por ahora, ocurrió todo lo contrario. No hubo grandes movilizaciones, solamente modestos apoyos callejeros que fueron una ostentación de debilidad. Cristina se está quedando cada vez más sola con su núcleo duro que cada vez es más duro y más chico.

La buena noticia es que si la mayoría de los argentinos sabemos procesar lo que pasó, tal vez hayamos logrado un nuevo Nunca Más. Un nuevo contrato social. En el 83 se le dijo Nunca Más a los golpes de estado y a la utilización de la violencia armada. Ojalá este 2022 quede grabado a fuego como el Nunca Más a los ladrones de estado. De nosotros depende.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre