Los K profanaron el feminismo

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Una de las características más nefastas que tiene el kirchnerismo es profanar y malversar organizaciones y valores para ponerlos al servicio de su bulimia de poder. Se apropian de derechos y entidades valiosas y plurales y las someten para ponerles camiseta partidaria. De esa manera, las vacían de contenido ecuménico y las transforman en un instrumento de sus obsesiones. Los ejemplos más claros fueron lo que hicieron con los organismos de derechos humanos. Por definición, originalmente, tenían un arco iris de pensamientos y tradiciones pero primero Néstor y después Cristina, se dedicaron a cooptarlos y los transformaron en agrupaciones militantes sectarias y excluyentes que dejaron de representar el todo para defender los intereses de una facción.

Hablo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo o de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos o el Centro de Estudios Legales y Sociales. Había entre sus dirigentes peronistas, radicales, socialdemócratas, cristianos, intransigentes e izquierdistas de todos los matices. Y al principio, defendían los valores universales, la aparición con vida, la libertad. Pero el kirchnerismo, con militancia y con dinero, les fue achicando su horizonte y dejaron de representar a una gran parte de la sociedad. Hebe de Bonafini, Estela Carlotto, Horacio Verbitsky, cambiaron de rol y pasaron a ser herramientas de Cristina y sus fanáticos. Jamás levantaron la voz contra los dictadores de Cuba o Venezuela. Todo lo contrario, justificaron y defendieron todo tipo de violaciones a los derechos humanos si los victimarios eran de su misma matriz ideológica. Pasaron a ser cómplices de gobiernos y dirigentes que encarcelan, torturan, asesinan y dinamitan las libertades. Hoy son estructuras burocráticas, alimentadas con dineros estatales que actúan como escudos de la corrupción y el autoritarismo kirchnerista.

En la pandemia, sobre todo, quedó muy claro que jamás levantaron la voz contra Gildo Insfrán que convirtió a Formosa poco menos que en una cárcel o contra los Rodríguez Saa que intentaron ocultar la tortura y el asesinato de Florencia Magalí Morales, que estaba en una comisaría en San Luis acusada de no cumplir con la cuarentena.

Tuvieron la misma estrategia entrista y profanadora con los colectivos de mujeres que militan contra la violencia de género. Aparatearon asambleas, infiltraron las conducciones y hoy esos grupos, miran con un solo ojo la realidad. No condenan ni movilizan contra ningún victimario que sea del palo. No levantan la bandera de la denuncia contra el femicidio de Magalí Morales porque es un gobierno peronista. No han sido capaces de señalar al actual senador peronista José Alperovich pese a que está acusado de violar a su propia sobrina. Todo lo contrario, con su silencio, se convirtieron en cómplices de señores feudales del kirchnerismo. Esa actitud, de condenar solo a sus enemigos políticos, les quitó autoridad moral para el resto de las denuncias. Perdieron potencia por el doble discurso y la doble moral. Si un opositor a Cristina dice o hace algo fuera de lugar es un machirulo patriarcal absolutamente repudiable. Por el contrario, se callan la boca ante colosales gestos de violencia simbólica de sus amigos como Aníbal Fernández, Hugo Moyano o Jorge Rachid.

Rachid, asesor de Axel Kicillof, dijo e hizo barbaridades. La última fue tratar a Sabrina Ajmechet, candidata a diputada de Juntos por el Cambio de “ignorante y bruta que no sabe nada”, solo porque expresó un cuestionamiento en el tema de la vacunación para chicos.

Moyano es una máquina de insultar a mujeres. Sobre Patricia Bullrich acaba de decir que le gusta Independiente porque es el campeón de copas y ella sabe mucho de copas. ¿Qué hubiera pasado si un dirigente del Pro hubiera sugerido que Cristina o Tolosa Paz, son borrachas? Las mujeres kirchneristas que se apropiaron de las organizaciones feministas, hubieran puesto el grito en el cielo. Lo hubieran acribillado a comunicados, repudios y tuits condenatorios. Pero en este caso, se colocaron una mordaza y se lavaron las manos. Lo mismo que hicieron cuando Moyano trató de cucaracha a Graciela Ocaña, Silencio cómplice.

Aníbal Fernández tiene la misma dimensión autoritaria y violenta que Moyano. Se cansó de agredir a Elisa Carrió tratándola de loca y de sucia.  Para estos casos no hay sororidad. No hay solidaridad de género. Si insultan a Cristina, todas se convierten en leonas. Si insultan a Carrió o a Ocaña o a Bullrich, se comportan como corderitas patagónicas. A Victoria Donda, cuando era opositora la recibieron en diputados al grito de “Trola, trola”. Defienden a Milagro Sala pese a que en todos los expedientes judiciales, ella figura como golpeadora de mujeres humildes.

 Doble estándar y doble moral. Es triste porque esa actitud les quita potencia y las descalifica a la hora de hacer denuncias graves por violaciones o agresiones. Utilizan el lenguaje inclusivo y protestan contra todo lo que ellas consideran patriarcal, pero ahora son una suerte de guarda espaldas de machirulos feroces como Insfrán, Alperovich, Aníbal o Moyano y varios muchachos cristinistas condenados por violencia de género como Ezequiel Guazzora o el fallecido Lucas Carrasco, solo para nombrar a los más conocidos.

Anibal llegó a decir que antes de dejar a sus hijos con María Eugenia Vidal, se los entregaría a Ricardo Barreda, un múltiple femicida que asesinó a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en 1992.

Hace poco, para defender a Alberto del cumpleaños clandestino en Olivos llegó a decir: “Que podía hacer Alberto, ¿Cagar a trompadas a su mujer? El colectivo “Ni una menos”, bien gracias.

Así fue como los K profanaron los mejores valores del feminismo. Les expropiaron la amplitud de criterios y las condenaron a la mirada sesgada. Usan al feminismo como una excusa para agredir al adversario o al enemigo político.

Por eso dejaron de ser confiables para todas las mujeres atacadas. Hoy solo defienden a sus compañeras y compañeros. Y no les importa si son víctimas o victimarios.

Editorial de Alfredo Leuco por Radio Mitre