La Cámpora contra el estado de derecho

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Cristina y La Cámpora engañaron a mucha gente cuando se pusieron el disfraz de corderitos patagónicos. ¿Cuántas mentiras dijo la reina del Calafate? ¿Se acuerda cuando prometió que su modelo de país era la Alemania de Angela Merkel? Después hizo todo lo posible por transformar a la Argentina en un feudo, mezcla de Santa Cruz y Venezuela.

Hubo muchos dirigentes de corporaciones y también ciudadanos comunes que le creyeron. Ahora, la gran mayoría del pueblo, sabe que la principal producción del kirchnerismo son los relatos falsamente heroicos.

El príncipe heredero, Máximo tiene el mismo ADN de sus padres y lo colocó como columna vertebral de su guardia de hierro, La Cámpora. “Volvimos mejores”, decían. Varios empresarios y periodistas cómplices compraron ese buzón. Wado de Pedro era ofrecido como una suerte de nuevo Winston Churchill y un sector de la sociedad y de las cancillerías extranjeras, creyeron esa falsedad. O mejor dicho, quisieron creerla.

Máximo, antes de subirse con sus bermudas de fierita al para avalancha, renunció a la presidencia del bloque para no firmar un acuerdo con el Fondo.

Son fuegos artificiales de quien finge ser revolucionario pese a que es un millonario que nunca trabajó.

El Cuervo Larroque fue un engranaje clave en aquel día nefasto, casi golpista, cuando piqueteros kirchneristas y de izquierda quisieron lapidar el Congreso con 14 toneladas de piedras.

Como están tan bajos en las encuestas, y no tienen un solo dirigente taquillero para las elecciones, están inventando un giro hacia la racionalidad democrática. Otra vez sopa. Apoyan la sublevación de Cristina contra un fallo de la Corte, pero dicen que ahora son respetuosos de las reglas.

Hay un sabio proverbio árabe que dice “La primera vez que me engañes, será culpa tuya. La segunda vez, será culpa mía”. Es lo mismo que preguntarse cuantos son los sapos que diversos sectores políticos están dispuestos a tragarse.

Una editorial del diario La Nación registró que La Cámpora, otra vez, está fabricando un embuste, un ardid, diría la Corte. El título dice mucho: “Asedio al mercado, política de estado”. Allí se asegura que los muchachotes camporistas no tienen como objetivo sacar al país de la debacle, sino mantener el control de las cajas del estado en beneficio propio y someter a la justicia para lograr la impunidad de Cristina”.

Pero eso no es todo. El texto de fondo del diario los caracteriza como “una militancia hueca, de consignas setentistas” y con voluntarismo en lugar de ideas o planes. “Hay que poner coraje, hay que militar con más fuerza”, es la única cuestión que plantean. La Nación dice que quieren enfrentar al poder económico “que su camarilla aún no pudo someter”.

Pero lo más grave está en el último párrafo porque asegura que esta gente “quiere acabar con el estado de derecho, como lo hicieron Xi Jinping y Vladirmir Putin”.

Son los gerentes que manejan a su antojo el 70% del dinero del estado a través de las cajas más suculentas. Han metido miles de militantes en todos los ministerios. El propósito es doble. Que todos les paguemos un sueldo para  que militen y que, si llega a ganar la oposición el año próximo, tengan la posibilidad de sabotear desde adentro cualquier intento de cambio.

Todas las encuestas muestran a Cristina, Alberto, Massa y los dirigentes camporistas empezando por Máximo con un alto nivel de imagen negativa. Gran parte de los gobernadores e intendentes les tienen pánico y no se atreven a darles una batalla electoral interna.

Todo el cristinismo levanta la bandera falsa del Lawfare, para hacer arrodillar y colonizar a la justicia y amordazar al periodismo a los que consideran sus enemigos y una amenaza para el pueblo peronista.

También ayer, Jorge Fernández Díaz escribió que: “la infección populista… de la violenta oligarquía peronista … propone ideas grises en una sociedad al rojo vivo”

Abraham Lincoln, el ex presidente de los Estados Unidos marcó este tipo de actitudes con una frase: “Pueden engañar a todo el mundo algún tiempo; pueden engañar a alguien todo el tiempo. Pero no pueden engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Quien quiera oír que oiga. Quien quiera dejarse engañar otra vez, que no se queje ni utilice el escudo de la ingenuidad. Eso se llama complicidad.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre