Alberto, un presidente sin palabra

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A modo de balance del año 2020 que, por suerte, ya se termina, hay que decir que de todas las catástrofes generadas por el gobierno nacional, la más grave es que tenemos un presidente sin palabra. Alberto perdió casi toda su credibilidad y eso es letal para un gobernante. Todos los días, casi como si un enemigo le diera consejos, Alberto mete la pata en un pantano de mentiras y mala praxis sin que nadie se lo pida. Son errores no forzados y tiros en los pies como pocas veces han ocurrido en la historia política. Hoy mismo dijo eso que escuchamos al principio, que no tiene problemas con Cristina, “que son comentarios periodísticos”. ¿Se cree que somos tontos? ¿O que los periodistas inventan? Toda la información del enfrentamiento feroz entre ambos es, en parte, a cielo abierto y en parte, los cronistas se enteran porque se lo cuentan los entornos de los protagonistas principales de la pelea de fondo.

En las últimas horas batió todos los record. Dijo que hicieron números con Ginés (otro funcionario que no funciona) y descubrieron que Argentina está entre los primeros diez países que van a aplicar la vacuna antes de fin de año. ¿Para que comete semejante torpeza? Es una mentira gigantesca. Nadie le pidió opinión y sin embargo, Alberto avanza hacia el abismo de que nadie le crea nada de lo que dice.  Un presidente debería asesorarse y ser más riguroso cuando habla y tira frases como esas. Todos los medios se burlaron de Alberto diciendo que no sabe ni sumar porque ya hay más de 30 países que están aplicando vacunas y Argentina, a los tropezones y con muchas dudas, recién lo va a hacer mañana. Es otro papelón absolutamente evitable. ¿No lee los diarios el presidente? ¿Confía en lo que le dice una de las personas menos confiables del gabinete como es el impresentable ministro de Salud? Y eso es lo que reflejan las encuestas y lo que uno recoge de la opinión pública. Casi el 50% de los argentinos “no le cree nada” a Alberto. Es uno de los datos de la última encuesta de Synospis. Y a eso hay que sumarle un 11,5 % que no le cree en la mayoría de los casos. Solamente el 12,8 % de la ciudadanía cree todo lo que dice Alberto. El dato es gravísimo institucionalmente, pero no sorprende. Sin embargo, el presidente ni siquiera registra esos errores que comete. Todo lo contrario. Se auto percibe como un hombre de palabra. Parece una broma o que (otra vez) se está burlando de todos los argentinos. Pero en el escenario del estadio Único de La Plata, donde Cristina le impugnó a sus ministros, Alberto sacó pecho y dijo que uno de sus grandes valores es que tiene palabra. Y es todo lo contrario. Uno de sus grandes disvalores es que hace 10 años viene cambiando sus declaraciones respecto de todos los temas más trascendentes del país. Mientras fue jefe de gabinete de Cristina, ella era una genia. Cuando volvió al llano, Cristina se convirtió en una deplorable y psicópatapresidenta que lo persiguió y que encubrió a los terroristas de estado que volaron la AMIA o a ladrones de estado como los que se robaron Ciccone, la fábrica de hacer billetes. Todo está documentado. Todo está grabado en la memoria y en los videos y audios. Y también en sus tuits. No puede ocultar lo que dijo. Pero ahora, después del pacto espurio de imposible cumplimiento que firmó con Cristina, ella volvió a ser una genia impoluta que nunca hizo nada malo. Pero lo más insólito, es que mienta sobre su gestión y sobre cuestiones muy evidentes que hacen que esas mentiras tengan las patas más cortas que nunca. ¿Cómo va a decir que apenas 10 países van a vacunar antes de fin de año?

Mentir esta siempre mal. En el caso de un presidente, es peor. Pero no saber ni mentir, es típico de un aprendiz, de un vende humo o de alguien que no está “en su sano juicio”, groggy y contra las  cuerdas como lo definió su ex amigo y asesor, Eduardo Duhalde. “Es mejor quedarse callado, con el riesgo de parecer un tonto que hablar y disipar toda duda”. Esa frase, cuya autoría es diputada por muchos, tiene un gran contenido verdadero en todos los planos de la vida. Alberto no se queda callado nunca.

En un balance anual absolutamente deficitario, esta falta de palabra es el peor de los mundos. Decirle a todos lo que quieren escuchar es una forma frívola de administrar, una hipocresía intolerable y un seguro camino al fracaso y el estancamiento de la gestión.

Dijo que iba a ser el presidente de los 24 gobernadores y es un secretario maltratado de Cristina. Como vocero de los gobernadores planteó que las elecciones PASO eran muy caras y que había que derogarlas. No hizo falta que Cristina hablara para hacerlo recular en chancletas. Solo con la voz de Máximo alcanzó para que Alberto demostrara la fragilidad de sus convicciones, la carencia de poder y el temor que le tiene al apellido Kirchner. A La Cámpora y a su comandante Máximo les conviene las PASO para intentar pasarles por encima a los intendentes y a los gobernadores y por lo tanto se opusieron a suspenderlas. A Alberto ya no le pareció un gasto inadmisible en medio de semejante crisis económica. Hizo saludo uno, saludo dos, subordinación y valor a Máximo y el proyecto cayó en un pozo ciego. Para ser absolutamente rigurosos hay que decir que ningún gobernador tuvo el coraje y la dignidad de defender la idea en forma pública. Cristina y Máximo gobiernan metiendo pánico y prometiendo látigo y carpetazos en lugar de chequera y en un segundo domestican a todos y todas. Es la negación de la política. Un gobernador o un intendente que no es capaz de defender sus ideas y su dignidad, no es capaz de defender la dignidad del pueblo al que quiere representar o conducir.

Lo mismo pasó con el tema de las reelecciones de los intendentes y la presidencia del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires. El príncipe heredero decretó que se van a mantener los límites para las reelecciones de los jefes municipales y que él tiene que ser ungido como capo del peronismo en la provincia. ¿Por qué? Porque Máximo lo dice. Ya no solo se dejan sodomizar por Cristina, también por su hijo. ¿Cuándo falta para que de las órdenes Néstor Iván el nieto de Cristina?

Casi, casi que lo bautizó Cristina. Alberto es el presidente que no preside. El más alto funcionario que no funciona.

Le recuerdo que apelando a la metáfora y terminología de la época yo le dije que Cristina le había expropiado el sillón de Rivadavia a Alberto y que le habían tomado la Casa Rosada. Miguel Wiñazki, filósofo y compañero de radio Mitre lo dijo casi poéticamente: “Alberto Fernández ejerce un poder que no tiene. Dice lo que no hace. Hace lo que no dice. Descubre lo que no ocurre y ocurre lo que no dice”.

Hay leyes escritas que salen del Congreso. Y leyes no escritas que salen de la cabeza y el autoritarismo de la reina madre y el príncipe heredero. La ley se cumple a rajatabla salvo algunas que surgen del Parlamento.

En el tema de las jubilaciones, Alberto dio tantas vueltas en pocas horas que ya ni se sabe lo que piensa. En la campaña prometió que les iba a dar un 20% de aumento para reparar la insensibilidad de Macri. Después, por orden del Fondo Monetario, envió al Congreso una fórmula que les metía la mano en el bolsillo a los jubilados y ni siquiera le daba garantías de aumentos al compás de la inflación. O sea que no solamente no hubo aumento, sino además, hubo recorte de un 8 % de promedio. Pero el mamarracho no terminó ahí. Cristina olfateó que ese ajuste a los adultos mayores tan castigados les iba a hacer perder las elecciones parlamentarias del año que viene y de un plumazo le cambió varios aspectos al proyecto. ¿Qué hizo Alberto? Dijo que era una muy buena idea y que antes se le había ocurrido a él. La fórmula jubilatoria de todos modos le quita ingresos a los jubilados pero confirma esta enfermedad presidencial de mentir sobre lo evidente y de subirse a las ideas de Cristina.

Por eso es un presidente que no tiene palabra.

¿Se acuerda que le dijo “amigo” a Horacio Rodríguez Larreta? Y dos días después por orden de Cristina salió a recortarle fondos como loco y a pronunciar declaraciones agresivas contra “el socio de Macri y responsable de la ciudad opulenta que nos llena de culpa”. Es insólito como los peronistas sienten culpa por una ciudad que funciona en la que viven y trabajan argentinos de todas las provincias y no sienten culpa por La Matanza, por ejemplo, donde siempre gobernó el peronismo. Es un distrito inundado de pobreza, marginalidad, desocupación, inseguridad, narcos, falta de cloacas, de agua potable, de asfalto y de clientelismo esclavista. Y no sienten culpa por esa catástrofe social que produjeron ellos solitos.

La colega Silvia Fesquet citó una frase de Friedrich Nietzsche que viene como anillo al dedo para rematar estas reflexiones: “No me molesta que me hayas mentido. Me molesta que a partir de ahora, no pueda creerte”.

La mejor noticia del año es que se termina. Ha sido el peor año y el peor gobierno de un presidente que no tiene palabra.  

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra por Radio Mitre