Maradona, no habrá ninguno igual

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El querido negro Roberto Fontanarrosa definió mucho de los que nos pasa a esta hora cuando dijo: “No me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

La noticia conmovió y paralizó al mundo. Le hizo correr frío por la espalda a todo el planeta. Murió Maradona. “El Diego de la gente”, como lo bautizaron. Ese señor que hace poco cumplió 60 años, construyó en 10 segundos y 89 centésimos la máxima obra de arte deportiva de la historia argentina. Ese señor de la lengua pesada, la herida en la cabeza y los ojos achinados por la gordura de su cara, dio cátedra de tango bailando sobre una pelota y frente a los ingleses, nada menos. Inventó todo frente a quienes dicen ser los inventores del fútbol. El estadio azteca se puso de pie cuando vio edificar el gol más golazo de todos los tiempos.

Ya había puesto la mano de Dios y la trampa del Diablo, para el uno a cero. Y después vino el pie alado. La zurda milagrosa que todo lo que toca lo convierte en fiesta. Eran los cuartos de final. Era Inglaterra-Argentina, muy cerca de Malvinas, aunque parezca mentira. Había más adrenalina, nervios y esperanza que en cien clásicos de Boca y River. Era la revancha de los pibes, aunque suene a delirio. Ese señor que saca su pecho potente y prepotente aún frente a la muerte, hoy fue derrotado para toda la vida. Murió Maradona, aúllan las redes y todos los diarios del universo. Ese señor fue un ingeniero de magias que diseñó una de las emociones más fuertes de los argentinos y que instauró el 22 de junio como el día nacional de la fantasía.

Ese señor que lamentablemente tenía el sí fácil para la droga y era adicto a los vividores que siempre revolotearon a su lado como caranchos, se convertirá en monumento al fútbol y en el nombre de la cancha del Nápoli. Ese señor, fue el Dios de los Estadios al que muchos le rezaron. Adentro del campo de juego, era todopoderoso, jugaba para la felicidad de todos. No había nada imposible para su cintura y su empeine. Era capaz de todos los milagros. Por ejemplo, de repartir la magia redonda y de cuero, como quien reparte un juguete el día de Navidad. Maradona ahora ingresó a un Olimpo de los humanos que nos dan identidad en el mundo. Hoy los pibes, dicen Messi cando le nombras a Argentina. Pero durante años y años, en cualquier rincón del mundo, te devolvían la pared diciendo Maradona. Con sus genialidades y coraje para ponerse el equipo al hombro y también con sus miserias y oportunismo, Maradona tiene mucho de nosotros. Nació en Fiorito y no podría haber nacido en otro lado. Tenía nuestras luces y nuestras oscuridades.

No conozco un argentino que haya empezado de tan abajo y que haya llegado tan arriba y que volvió a caer tan abajo. No conozco un argentino que le haya regalado tantas sonrisas a la gente del pueblo, sin pedirles nada a cambio. Dio montañas de felicidad a sus semejantes y se reservó para sí, todo el daño. Es cierto que en “ese” cuesta abajo en su rodada, se llevó puesta la otrora relación maravillosa que tenía con sus hijas o con “La Claudia”. O que sus posiciones políticas son para la crítica, cosa que hice varias veces y con mucha enjundia.

Pero ante su tumba mediática, frente al féretro imaginario donde quedarán sepultadas mil tardes de sol saltando en las tribunas, elijo el respeto y me inclino ante el dolor de tanta gente. Prefiero recordar con dolor al artista de la gambeta celeste y blanca. Hace mucho que no había que pedirle nada más. Los que lo rodearon siempre debieron darle en lugar de pedirle. Darle contención, ayuda desinteresada, poner el hombro para que Diego pudiese llorar y exorcizar todos sus arrepentimientos.

Ese señor que vivió en los mejores hoteles y en los palacios más alucinantes sintió el ruido del hambre en la panza y juró por Villa Fiorito que iba a zafar con la ayuda de la pelota que no se mancha.

Pero no pudo. La muerte es el único hachazo que nadie puede evitar. Fue muy temprano, demasiado temprano porque vivió siempre a mil por hora. Se hizo millonario, campeón del mundo y dueño por los siglos de los siglos de la camiseta número diez de Argentina. Se hizo patrimonio nacional futbolero, con la sangre celeste y blanca corriendo por sus venas. No arrugó nunca en ningún partido. Era capaz de putear a los que puteaban el himno y arengar a sus compañeros.

Maradona se cansó de escribirle cartas a los reyes magos que no le daban ni pelota. Y él quería una pelota. Su viejo, El Toro, ferroviario y tímido, le enseñó a pescar y a hacer los mejores asados. Su madre, doña Tota, lo miraba como quien mira solo la ternura del ser humano. Hoy Maradona comenzó a reencontrarse con esos afectos genuinos e incondicionales. Sus raíces fundacionales lo estarán esperando en las alturas. Don Diego con un mate caliente y doña Tota con un saquito tejido por ella. Los tres fabricarán lágrimas en un abrazo eterno.

Ese señor tiene un trono permanente en Nápoles. Es el símbolo que fue vengador de tantas desigualdades y de tanto mirar por encima del hombro de Milán a esa Italia tan profunda, tan lejos de Dios y tan cerca de África.
Por eso Fiorito y Nápoles son su tierra, de nacimiento y de renacimiento, su lugar en el mundo. En los altares de las iglesias, entre la ropa colgada en las ventanas, Diego está sentado a la derecha de San Genaro. Por eso en Nápoles y en Argentina, miles de chicos se llaman Diego. Alguna vez confesé que yo le puse Diego a mi hijo en su homenaje. Repito por si hace falta. Por admiración a ese duende del césped y no por aquella persona que desbarrancó en muchos pantanos. Había que ver la cara de los chicos del mundo cuando Maradona hacía jueguito con una pelota de tenis, de ping pong y hasta con una chapita de cerveza.

Ese señor que será eterno como dijo Messi, no tenía las monedas necesarias para tomar el colectivo que lo llevaba a probarse en Argentinos Juniors, donde nació la gloria y la leyenda. No tenía un peso partido al medio. No conocía ni el dulce de batata ni la manteca, como me dijo una vez delante de Jorge Cyterszpiller, el que lo invitaba a merendar todas las tardes en su casa de La Paternal.

Ese señor se calzaba las zapatillas flecha hasta que se desflecaban en la canchita de tierra donde aprendió todos sus trucos. Cada vez que llovía, Diego se atormentaba con una imagen. Se veía a si mismo corriendo de acá para allá con las palanganas, un tachito de morondanga y las ollas para atajar el agua que caían por las goteras de su ranchito. Cada vez que daba gracias al señor por el pan de su mesa, recordaba que el primer sueldo se lo gastó entero para invitar a comer a su mítica madre. Llevó a doña Tota al restaurante “La Rumba”. Es que tenía dos sueños permanentes: jugar en la selección y llevar a comer a un lugar cajetilla a su vieja del alma. Juntos miraban esa pizzería bacana desde la ventanilla del colectivo mientras pasaban los adoquines de Pompeya y más allá la inundación.

Ese señor que mira a la cámara y grita gol con un alarido de sus entrañas se llama Maradona y es argentino por los cuatro costados. Su fútbol nos identificará por siempre. Nos pondrá la marca en el orillo. Artístico y engañador. Sublime y tramposo. Te doy, pero te quito. Voy para allá, pero salgo por acá. Te deslumbro. Te enamoro pero te miento. Un corte y una quebrada.

Ese señor fue capaz de llenar cientos de bomboneras y monumentales. Le dieron para que tenga, le pegaron patadas a rolete. Pero nunca lo pudieron alcanzar. Hasta este día maldito en donde la pelota se puso un crespón negro y empezó a elaborar su duelo.

Hoy me pasan como una película mil anécdotas que tengo con Diego. En Hong Kong, en su habitación de pibe con pijamas, en Estados Unidos y en los entrenamientos tratando de sacarle un título rimbombante. Diego Maradona fue el quinto hijo de los ocho de un obrero que nació en una Esquina de Corrientes sin Esmeralda. Llegó al mundo con una pelota debajo del brazo. Su padre le lustraba los botines cuando era cebollita y él sacaba apenas la lengua, llenaba de aire su pecho y salía por pasto a despatarrar gigantes defensores y a hacerles pasar papelones de padre y señor nuestro. Nunca quiso abandonar los arrabales del fútbol. Como comentarista, como hincha, como manager o director técnico. Es increíble que Maradona haya muerto. Su cuerpo privilegiado aguantaba todos los bombazos que el mismo le tiraba. Hace 38 años aspiró cocaína por primera vez para hacerse el cancherito y para aguantarse ser Maradona todo el tiempo y en todo lugar.

La noticia conmovió y paralizó al mundo. Le hizo correr frío por la espalda a todo el planeta. Murió Maradona. No habrá ninguno igual, no habrá ninguno.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.