Alberto ofendió a todos los cordobeses

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Alberto dio un paso al frente. Producto de su incapacidad absoluta para gobernar, había quedado al borde del precipicio. Y dio un paso al frente. Demostró que todos los días, puede caer más bajo. Ni siquiera está en la lona. Está tratando de subirse a la lona. A esta altura, Alberto Fernández es un presidente que produce vergüenza ajena y que da más lástima que bronca. Una mezcla de soberbia, ignorancia y tendencia al suicidio político lo llevó a exigir que “de una vez por todas, Córdoba se integre al país” y que “de una vez y para siempre, sea parte de la Argentina, y no esta necesidad de parecer siempre algo distinto”.

Como cordobés, me siento ofendido como todos los cordobeses. Al lado de Alberto estaba el senador Carlos Caserio que se cansó de votar a favor de Cristina y en contra de Córdoba. Por eso sacó el 11% de los votos en las recientes primarias.

Córdoba es el segundo distrito con mayor cantidad de votantes, después de la provincia de Buenos Aires. Tal vez el presidente que se ametralla los pies todos los días, quiera que Córdoba se integre como Formosa, la provincia feudo que el admira. Mucha pobreza, mucho clientelismo, mucho autoritarismo, mucho empleo estatal y poca democracia.

Alberto debería pedir disculpas a todos los cordobeses por el nivel de discriminación de lo que dijo y por no considerarnos parte de la Argentina.  

Muchos historiadores dicen que la actitud que articula toda la historia de Córdoba desde sus comienzos es la rebeldía.

Jerónimo Luis de Cabrera la fundó hace 448 años y lo hizo en un claro acto de desobediencia al Virrey. A lo largo de su historia, Córdoba demostró su impronta combativa en defensa de la libertad y en contra de todo tipo de autoritarismo. Eso me alegra el alma y siempre trato de estar a la altura de ese coraje.

Hablo de la Córdoba de la Reforma Universitaria que fue un faro para toda América Latina. “Obreros y estudiantes/ unidos adelante”, gritaban los manifestantes en la calle hace 103 años. Se levantaron en ideas contra el atraso, la pacatería y el oscurantismo de la rancia oligarquía, entre otras cosas. El manifiesto liminar que todos deberíamos estudiar y tener presente dice: “Los dolores que nos quedan, son las libertades que nos faltan”.

Hablo de la resistencia al autoritarismo del peor Juan Domingo Perón. De la lucha contra un personalismo que obligaba gente a afiliarse el justicialismo, a llevar luto por Evita, a delatar y encarcelar a los contreras y a llevarse todo por delante.

No reivindico la violencia de los comandos civiles, pero es cierto que hubo cordobeses que estuvieron dispuestos a dar la vida en contra de los prepotentes y de los que se sentían dueños de la patria y de la verdad.

Hablo del Cordobazo y el Viborazo que fueron puebladas contra los fascistas con y sin uniforme que nos quisieron llevar a la edad media con un integrismo que cortaba cabelleras y alargaba minifaldas, encarcelaba disidentes y reprimía a mansalva.

Eran épocas de dirigentes sindicales representativos que vivían como pensaban, con honradez y austeridad como el Gringo Tosco, el Chancho Salamanca o el Negro Atilio López que desde su gremialismo de colectivero llegó a ser vice gobernador de la provincia.

El radicalismo cordobés siempre fue potente y en muchos casos con inserción popular y hasta con secretarios generales de gremios. Desde el legendario Amadeo Sabattini y Santiago del Castillo hasta los Arturo, Illia y Zanichelli.

Hablo de los límites que la mayoría del pueblo de Córdoba le puso a la cleptocracia y a los intentos hegemónicos y patoteros de Néstor y Cristina Kirchner. Nunca en sus más de 12 años, el matrimonio presidencial consiguió hacer pie electoralmente en la provincia que late como el corazón de la Argentina productiva. Al Alberto Fernández cristinista, le pasa lo mismo. Las últimas encuestas ubican en el cuarto lugar el kirchnerismo más dogmático.

Y digo corazón productivo porque hablo de sus gringos del campo que dejan la espalda rota trabajando de sol a sol e incorporan la innovación tecnológica y la excelencia en la maquinaria agrícola. Si el gobierno nacional no fuera tan fanático del pasado, Córdoba sería la gran locomotora del cambio de la maravillosa Argentina posible.

Hoy, por primera vez en la historia estamos a la cabeza de la cosecha nacional en soja, maíz y trigo. Hemos desplazado a Buenos Aires y Santa Fe y eso que no tenemos puerto. Porque en La Cañada solo hay sueños y romances furtivos.

Hablo de las grandes industrias y fábricas automotrices y de la potencia creativa e intelectual de las universidades que supieron recoger argentinos de todas las provincias y extranjeros que venían en busca del conocimiento de avanzada. No es casual que hoy sea un polo tecnológico de los más avanzados.

Córdoba es muchas cosas, por supuesto. La heroica, la docta, la Córdoba de las Campanas de don Arturo Capdevilla.

Córdoba es un sentimiento. Es el primario en el colegio Ortiz de Ocampo, en la calle Salta o la excelencia y el compromiso del Manuel Belgrano o la facultad de Ciencias de la Información, con tantos compañeros desaparecidos empezando por los hermanos de Norma Morandini. Córdoba es mi cuna y tal vez sea mi tumba.

El estalinismo apolillado y criminal y el amor a los ladrones de la Patagonia kirchnerista no pueden creer ni entender que los cordobeses tengamos orgullo por la innovación, el crecimiento productivo y el mérito.

Me enorgullezco de ser cordobés porque a mí tampoco me gustan los autoritarios ni los dictadores. Yo también creo en el derecho de decir que no. No a la injusticia, no a los corruptos, no a los extorsionadores y mafiosos. Decir que no es el principal derecho de una República.

 Desobedecer, patear el tablero si es necesario, no ser sumiso. Sin soberbia y sin cobardía. Ser rebelde y defender la libertad, como Córdoba. Mal que le pese al presidente que no preside y que ofendió a todos los cordobeses.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre