Abrir las aulas para sembrar equidad

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A esta altura no hay ningún motivo para mantener las aulas cerradas. A esta altura, solamente un pequeño grupito de sindicalistas del cristinismo y de la izquierda sin votos, se opone en forma irracional al regreso de las clases presenciales. No se entiende muy bien esa especie de capricho ideológico de aquellos que se llenan la boca hablando de la educación pública y a la hora de la verdad, inventan cien obstáculos para no dar clases en la forma más normal que se pueda.

Los Baradel de la vida van a contra mano de la historia y ni siquiera, son coherentes con su declamado progresismo. Jorge Adaro, del gremio de Ademys, es un dirigente de un sector ideológico con muy bajo apoyo electoral y dijo en una radio K, que no descartaban medidas de fuerza porque la propuesta de Rodríguez Larreta “es criminal”. Angélica Graciano habló de “marketing educativo” y antes se había sacado una foto con un afiche que al lado de la caricatura del jefe de gobierno de la ciudad decía: “Larreta odia a les niñes”. Textual. Se sienten los dueños, los patrones de la educación. Y después dicen que son democráticos porque todo lo deciden en asambleas donde participa un ínfimo porcentaje de los verdaderos maestros que quieren trabajar porque aman la educación y es su verdadera vocación.

Adriana Puiggrós, la ex vice ministra de Educación, anclada en un pasado de fracaso dogmático, dijo que para que se abrieran las aulas, debería vacunarse a todos los docentes. En ningún lugar del mundo se planteó semejante locura. Con el ritmo de vacunación que existe en la Argentina, esperar que todos los docentes se vacunen sería demorar un año más el inicio de las clases. Y eso sería imperdonable. Sería castigar duramente  a los más chicos y a los más pobres, es decir a los más vulnerables de la sociedad.

Alejandra Bonato, la secretaria gremial de Ute-Ctera Capital, obnubilada por su fanatismo cristinista llegó a comparar el riesgo de contagios del coronavirus en las aulas con el que existe en una fiesta clandestina. La gremialista ultra oficialista, en su afán por evitar el regreso de las clases presenciales dijo semejante exabrupto pero, no conforme con eso, volvió a la carga y aseguró que “dicen que la vacuna tampoco sirve para mucho”. No aclaren que oscurece.

Sobran las pruebas contundentes de que es imprescindible reabrir las escuelas y volver a las clases presenciales. Pero, como si esto fuera poco, ahora lo exigió la prestigiosa Sociedad Argentina de Pediatría. Presentó un riguroso informe de 43 páginas donde reveló la gran preocupación que los médicos tienen porque observan en su trabajo cotidiano las secuelas del confinamiento en los chicos y adolescentes. Todas las familias lo vivieron en carne propia. Dificultades para concentrarse, problemas para conciliar el sueño, angustia, miedos, pesadillas, ansiedad, mal humor, regresiones y hasta problemas más severos como la depresión.

Es urgente declarar a la docencia como servicio público esencial. Es increíble que no se haya hecho hasta ahora. Los médicos, los enfermeros, los policías y el resto de las fuerzas de seguridad, los bomberos, los empleados de supermercados o de bancos y los periodistas trabajamos con todos los cuidados necesarios y respetando todos los protocolos. Es una mancha para este gobierno de los Fernández que Argentina sea uno de los países del mundo que durante más tiempo cerraron sus aulas y apagaron el proceso educativo.

Basta de consignismo vacío o de las subjetividades de las conveniencias sectoriales. Hay que pensar en grande. Como Sarmiento. Todos sabemos que la escuela es un lugar seguro para los chicos mientras los padres trabajan y que no solamente es muy valiosa para la adquisición de conocimientos. También porque moldea y fortalece las relaciones sociales, los aspectos emocionales y la salud mental que en muchos casos está muy deteriorada.

Esta mañana, Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de gobierno de la Ciudad con todo su equipo, anunció que el 17 de febrero, vuelven las clases. Y aportó un rosario de medidas prudentes que incluyen un detallado protocolo a seguir para cuidar a los estudiantes, los maestros y a las familias. Manifestaron que la educación es prioritaria y lo demostraron con sus anuncios. Van a poner todos los recursos de la ciudad al servicio de esta epopeya educativa. Van a testear a los docentes cada 15 días. Se fijan mecanismos para que en el transporte público, la prioridad de uso sea para la comunidad educativa. Está probado que las escuelas en todo el planeta no fueron un centro masivo de contagio del virus y que los más chicos, se infectan menos y los que se infectan, presentan en su mayoría síntomas leves y contagian en un porcentaje muy bajo. Por eso, la inmensa mayoría de los países democráticos resolvió que la escuela es la primera actividad que se abre y la última que se cierra en caso de que sea necesario volver a cierto nivel de confinamiento.

Los chicos tienen que volver plenamente a sus maravillosas rutinas de levantarse temprano, desayunar, intercambiar con su familia y sus compañeros, estudiar, jugar, aprender, reír, fijarse objetivos y tareas y cumplirlas, equivocarse y corregir. Es la mejor preparación posible para la vida. Puro entrenamiento para el esfuerzo y la apuesta a la meritocracia.

Por supuesto que se deben respetar los distanciamientos sociales, el escalonamiento de turnos, el uso de tapabocas, la utilización del alcohol en gel, la limpieza de manos, la desinfección y la ventilación de los ambientes y la formación de grupos reducidos de chicos en las clases y los recreos. Diez en aprendizaje y cero en riesgo. Esa debe ser la consigna.

Hay que respetar los derechos humanos. Y los derechos del niño y el joven a la educación. Es urgente porque el daño en muchos casos es irreparable. Y potencia la inequidad social.

Esta nueva realidad que debe instalarse tiene que servir como ejemplo, para que funcione como una luz que nos ayude a salir de las tinieblas.

La falta de educación es un cáncer que condena a los chicos a la calle y los deja inermes frente a todo tipo de flagelos como la droga y la delincuencia.

Y la educación en todos sus niveles y formatos es la mejor manera de combatir la pobreza y la desigualdad. No hay nada más progresista que abrir escuelas en los lugares donde hay más necesidades básicas insatisfechas.

Espero que los sindicalistas que defienden su quintita y sus privilegios se den cuenta de verdad que la falta de educación es la madre de todos los problemas, pero que además, se puede convertir en la madre de todas las soluciones. Albert Einstein dijo: “Si la educación les parece cara, prueben con la ignorancia”.

No es ninguna novedad que nuestros mejores años, fueron los mejores años de la educación argentina. Fuimos ejemplo en el mundo. Tenemos 5 premios Nobel, tres de ellos en ciencias y Brasil, por ejemplo, no tiene ninguno. Cuando los maestros y los profesores empezaron a perder prestigio social, o el respeto de los gobernantes, la Argentina se vino a pique. Hay que volver a poner de pie a los verdaderos maestros para que se conviertan en pilares del país que viene. De un país donde un joven tenga más posibilidades de estar en clases o en el trabajo que robando o en la cárcel.

Ya en su época, Sarmiento decía que si no se educa a la gente por una razón de estricta justicia, por lo menos, se la debería educar por miedo. Es casi un teorema: lo que se malgasta en educación se multiplica en inseguridad. Un ex ministro dijo que mantener a un chico preso un año en un instituto es más caro que pagar los 13 años de escolaridad. Soy un convencido de que la educación es el instrumento más maravilloso que se conoce para combatir la indigencia, la marginalidad, la pobreza, la desocupación, la droga y el delito.

No hay debate ni desafío más importante. Don José de San Martín decía que la educación era el ejército más poderoso para pelear por nuestra soberanía. Por eso estoy convencido que debe ser un tema de estado y no de partido ni de grietas. Para convertirlo en una epopeya nacional de todos los argentinos sin distinción de ningún tipo. Solo los mal nacidos pueden oponerse a que cada hermano que habita esta patria tenga la posibilidad de igualar sus oportunidades con los demás y educarse. Nuestro sueño colectivo debe ser el de iluminar tanta oscuridad. De convertirnos en predicadores de la civilización contra la barbarie. Necesitamos una revolución educativa con los docentes como abanderados y los padres como escolta. Y el aporte de la sociedad civil. Un rediseño absoluto del sistema.

Hay mucho por hacer. Construir el mismo amor por la libertad que por la ley. Que sean dos caras de la misma moneda. La educación debe ser prioridad nacional. Todos los derechos a los más necesitados y todas las obligaciones también. Para sembrar ciudadanía y equidad y recoger una mejor democracia. Por la ignorancia cero. Es por nuestros hijos que es una forma diferente de nombrar a la patria que viene. Ese color blanco de los guardapolvos es el color de la esperanza.

Editorial de Alfredo Leuco en Le Doy Mi Palabra por Radio Mitre.