Andahazi: “Los estragos invisibles del COVID”

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Ayer intentamos poner un poco de luz en una zona de la salud pública que el gobierno quisiera mantener en la sombra.

Es razonable que una buena parte de los científicos y de los recursos sanitarios estén enfocados en este nuevo virus que detuvo al mundo, pero no se está tomando real dimensión del costo que tiene desatender tantos aspectos sociales con grupos tan vulnerables.

El New York Times se hizo eco de las devastadoras proyecciones de organismos y Ongs internacionales que prevén un aumento de un millón y medio de muertos por tuberculosis, medio millón por patologías asociadas al SIDA y 800 mil muertos más de malaria a nivel mundial.

Muertes que podrían evitarse si se estuviesen llevando a cabo los programas previstos para 2020 de prevención, diagnóstico, fumigación, tratamiento, etc.

No estamos hablando, como en el caso del Covid, del descubrimiento de una vacuna en tiempo récord, o de un tratamiento eficaz. Para estas enfermedades eso ya existe.

La BCG por ejemplo, una vacuna que el año que viene cumple cien años, demostró ser muy efectiva para prevenir la tuberculosis y reforzar el sistema inmunológico en general, pero las cuarentenas y las dificultades de las poblaciones más pobres del mundo para llegar a la atención médica provocaron que los chicos del tercer mundo no estén recibiendo su dosis de BCG reglamentaria.

La Argentina no está exenta de este problema, la Defensoría de los niños y adolescentes alertó sobre los preocupantes números en la caída de la vacunación en lo que va de 2020.

El hilo se corta por lo más fino, en este caso deberíamos decir los más pequeños. Otra vez el peso de la crisis golpeará a quienes deberían quedar a resguardo: los menores.

La pobreza infantil no para de crecer en la Argentina: cerramos 2019 con 7 millones de chicos pobres y este año serán casi 8 millones 500 mil, un 63 % de nuestros chicos están bajo la línea de pobreza según las proyecciones de Unicef.

Esto implica un crecimiento de casi un 5% en cifras que ya eran escandalosamente altas, inaceptables. ¿Y la educación?

¿Es razonable que la conectividad de los alumnos a los que se los privó de un derecho constitucional como lo es la Educación haya quedado librada a la suerte de vivir en una casa con acceso a pagar la cuenta del Wi-Fi?

De la misma manera que nuestros próceres nos legaron una educación laica, gratuita y obligatoria ¿no deberíamos haber previsto una conexión a internet de las mismas características, habida cuenta de que es el único medio de educación posible durante la cuarentena?

Es muy triste comprobar cómo la educación queda por fuera de cualquier debate. Deberíamos hablar todos los días de cómo vamos a combatir la deserción escolar que provocó la escuela virtual y que en el caso de la secundaria asciende a la espectacular cifra del 40%.

A Baradel no se le ocurre otra idea, la única que le conocemos: que no empiecen las clases hasta que no haya una vacuna. Ningún país ha hecho semejante cosa.

Cuatro de cada diez adolescentes de la escuela pública dejó de cursar, ¿nos vamos a resignar? ¿Vamos a cometer la estupidez de pensar que es un problema privado de cada familia sin ver el cataclismo social que significa eso?

Los chicos están desmotivados, les faltan los amigos, los juegos, aprender del otro, la relación con la maestra, el recreo, el deporte en equipo. Estamos frente a un verdadero desastre, pero claro, los chicos no son un grupo capaz de ejercer ningún lobby.

El problema de los chicos empieza aún antes de nacer. La semana pasada hablamos del Chagas.

Una enfermedad endémica de América Latina que encuentra en la Argentina la mayor cantidad de enfermos: un millón y medio de diagnósticos y la escalofriante sospecha de que la cifra real estaría en torno a los 7 millones y medio.

¿Escucharon bien? Casi el 20% de los argentinos tendría Chagas sin saberlo, propiciando la forma crónica de la enfermedad que resulta mortal a largo plazo e incurable.

El Chagas se suma a las enfermedades desatendidas por causa de las restricciones del COVID. El Mal de Chagas, ya sabemos se contagia por la vinchuca, su vector, que prolifera en viviendas pobres, de adobe, de paja, con falta de fumigación y control de plagas.

Pero ahí no termina el problema que ya es enorme. En la actualidad, los nuevos contagios se deben en un 40% a la transmisión de la madre al bebé durante el embarazo.

Es indispensable que las embarazadas se enteren si portan el tripanosoma e inicien un tratamiento para ellas y para el bebé, que al nacer requerirá de medicación crónica por al menos 19 años.

¿Qué control prenatal están recibiendo las mujeres de zonas vulnerables? El cuidado de la embarazada y el bebé habla, como ningún otro parámetro, del nivel socio económico de un país. Un país que descuida a su infancia, verdad de Perogrullo, no tiene futuro.

En otras zonas del país, en cambio, tenemos otro problema en franco ascenso: el dengue. En marzo, ya instaurada la cuarentena, se interrumpieron las fumigaciones, los trabajos de jardinería y de mantenimiento en general: pasamos de 3.220 enfermos de dengue en 2019 a casi 50 mil en 2020.

Pero nadie se acuerda de estos detalles que sin dudas dejarán muchísimos más muertos invisibles que los que contamos día a día como si se tratara de bajas en un combate contra el único enemigo: el Covid19.