“Sobre pestes y presidentes”, por Federico Andahazi

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Alberto Fernández visitó el Instituto Malbrán, que por estas horas anunció una noticia formidable: lograron aislar el genoma del COVID19 en las variadas cepas que circulan en nuestro país y, por supuesto, eso nos acerca a la posibilidad de una vacuna de fabricación local, con la identificación genética para nuestro territorio.

Nuestras felicitaciones a los científicos del Malbrán a quienes hace poco les dedicamos una columna. Hoy vamos a hablar de científicos, enfermedades y presidentes.

Alberto Fernández, como decía, recorrió el Malbrán y se sacó selfies, saludó a los trabajadores, un despliegue de todo lo que no hay que hacer, sin guardar la distancia social recomendada, sin barbijo, exponiéndose a contagios y exponiendo a los científicos también.

Estamos hablando de gente muy importante en este trance que estamos viviendo. El Primer Ministro inglés está en terapia intensiva en este momento, recordemos; los virus, por más que tengan corona, son muy democráticos.

Además de dar el ejemplo, pésimo, claro, ¿Fernández no debería cuidarse por la importancia de cargo en estas circunstancias?

Hay antecedente: su vice viajó por temas personales a Cuba, sin cumplir las recomendaciones, y sin que este hecho le haya parecido una irresponsabilidad a nadie en el gobierno.

Por estos días he leído virulentas críticas a Domingo Faustino Sarmiento, uno de los intelectuales más lúcidos que dió este país, presidente de 1868 a 1874. Y no al azar menciono estas fechas. ¿Por qué?

Porque en 1871 durante la presidencia de Sarmiento, quien llegaba con enormes planes para la Argentina, se desató la epidemia más letal que haya sufrido este país: la de la fiebre amarilla, que en realidad por esas épocas tenía un nombre bastante más aterrador: “enfermedad del vómito negro”.

Ya el nombre te da la pauta de que en ese momento nuestros antepasados no tenían la más mínima idea de qué era esa peste terrible y la mencionaban sólo por uno de sus síntomas: los vómitos negros, señal de se trataba de una fiebre hemorragica.

Así eran las cosas: la gente caía como moscas, no sabían cómo se producía el contagio, ni cómo curarla, ni cómo prevenirla.

Los que podían, se mudaban de los elegantes barrios del sur, hacia el norte de la ciudad, y los que no, los que además vivían hacinados en casas humildes, morían masivamente. El punto es que, y por eso lo conecto con los paseos de Fernández, Sarmiento recibió una indicación certera de los especialistas y científicos de la época: él y sus funcionarios debían abandonar Buenos Aires.

La peste estaba concentrada en la ciudad y no había seguridad de permanecer vivo: la acefalía era un riesgo inmenso para un país tan frágil políticamente que aún no se recuperaba de la Guerra del Paraguay mientras acechaban revueltas internas de todo tipo.

Sarmiento se fue con una comitiva de setenta funcionarios a Mercedes. Las críticas fueron feroces, lo demolieron, lo trataron de cobarde. La realidad es que en casos de desastres de esa magnitud, sabemos, hay que poner en resguardo al Presidente; así son los protocolos actuales.

Sarmiento no aprovechaba privilegios, varias veces se había jugado la vida por el país, su hijo murió en la Guerra del Paraguay, es ridículo pensar que lo movió el egoísmo. A esto me refiero cuando hablo de la actitud temeraria de Fernández. El presidente no debe exponerse, el riesgo político es, ahora también, muy importante.

Volviendo a la fiebre amarilla, ¿recuerdan que la semana pasada hablamos de las teorías del miasma como responsable de propagar enfermedades?

Ya habían pasado muchos años de los descubrimientos de Jenner con respecto al cólera, pero aquí seguía en auge eso de pensar que la enfermedad se producía por los aires viciados de los cadáveres que se propagaba en el viento.

Error… la fiebre amarilla es producida por un virus que usa al mosquito como vector, igual que en el dengue, la malaria, el zika y tantas más. Pero eso lo descubriría Carlos Finaly 10 años más tarde.

Sarmiento, como dijimos, quedó a resguardo en Mercedes y evitó ser víctima del pico de contagios.