No olvidar el genocidio armenio

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Hoy se cumplen 105 años del genocidio armenio. A esta hora habrá un homenaje en la catedral  San Gregorio Iluminador en Palermo y en Ereván se realizaron los actos centrales para recordar y pedir justicia y reconocimiento por el asesinato de un millón y medio de cristianos armenios a manos del Imperio Otomano. Todo, como corresponde a estos tiempos de pandemia, en forma virtual y con el aislamiento necesario. Esta vez, por razones obvias, no habrá marchas. Pero digo reconocimiento porque aún hoy el gobierno de Turquía sigue negando semejante exterminio masivo. En su momento, el propio presidente Recep Erdogan fue capaz de acusar al Papa Francisco de “decir estupideces” porque había dicho que el genocidio armenio era el primero del siglo XX. Serge Sargsian, quien era el jefe de estado de Armenia cuando se cumplieron los 100 años, tuvo razón cuando le exigió que abandonara el “negacionismo, porque mientras sea negado, el genocidio, sigue ocurriendo”.

Erdogan no hizo otra cosa que profundizar el autoritarismo y convertirse en un autócrata con la demencial presencia del Isis en su país.

Por eso el símbolo mundial del reclamo es la flor de Nomeolvides, perfecta y violeta con un corazón redondo y amarillo. Y es verdad que no hay que olvidar. Para no repetir. Y recordar para prevenir. Y reconocer la existencia de ese holocausto del pueblo armenio para poder cerrar las heridas y que los muertos puedan descansar en paz.

Hace exactamente un siglo y 5 años, la matanza comenzó por la dirigencia política e intelectual de Constantinopla. Los jóvenes turcos fanatizados acusaban a los armenios y a otras minorías griegas, serbias y asirias de ser los responsables de la decadencia del Imperio Otomano y no soportaban sus virtudes para el comercio y la cultura.  El intento de limpieza étnica fue de una crueldad y salvajismo particular. Brutales violaciones de mujeres y crímenes en la horca contra la condición humana. Algunos sobrevivientes aseguran haber visto una  montaña de bebitos apilados y convertidos en una hoguera en segundos. ¿Quiénes pueden ser tan salvajes y desalmados como para  prenderle fuego a chiquitos poco menos que recién nacidos? Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la monstruosidad de los que industrializan la muerte y el odio racial.

La periodista Magda Tagtachian contó en ese momento como su abuela Armenuhi, que significa mujer armenia, se salvó dos veces de la muerte en forma milagrosa. La primera vez tenía un año y medio y viajó durante horas en las alforjas que colgaban del lomo de un burro que cabalgaba su padre. Tuvieron que huir del pueblito de Aintab. Cada tanto, sacaban a la pequeña Armenuhi para que respiraba y rezaban, para que no llorara ni llamara la atención a la hora de cruzar algún control de los soldados otomanos. Después, caminaron horas entre el hambre, el frío y el destierro hasta que llegaron a Alepo en Siria. Por la posición enroscada que tuvo en ese escondite  de cuero, y el shock anímico del pánico, la abuela de Magda contrajo tortícolis vitalicia y su pelo se volvió blanco como si fuera una viejita. La segunda salvación fue cuando trasladaban a toda la familia en el tren de la muerte hacia los campos de concentración. En pleno desierto, su padre la envolvió en una manta y la arrojó por  un hueco del vagón rogando a Dios que la protegiera. Y la protegió tanto que al poco tiempo la puso en un barco que llegó a esta bendita tierra de inmigrantes donde todavía convivimos en paz y amistad los argentinos de todos los colores, las razas y las religiones.

Armenia fue durante 70 años una de las repúblicas de la Unión Soviética. Todavía pueden verse en sus calles los destartalados autos LADA y los gigantescos edificios grises de la burocracia socialista. Es un país que logró su independencia en 1991 y hoy practica una democracia parlamentaria occidental aunque está rodeada de países musulmanes como Irán, Turquía y Azerbaiyan. En la diáspora hay 8 millones de armenios viviendo por todos lados pero mayoritariamente en Estados Unidos, Francia y Argentina que envían alrededor de dos mil millones de dólares al año para sostener la  patria de sus antepasados en el Cáucaso.

Como todo pueblo que ha sufrido una gran persecución, los ojos de los viejitos tienen cierto cansancio de tanta tristeza. Pero renuevan su esperanza en la mesa familiar donde el progreso y la comida son el pan de cada día. Los rituales, las danzas, los aromas y las especies del viejo mercado Gumi Shuka  se transforman en el lavash o el Herisé, que se saborean con la mente puesta en el monte Ararat. Fue en ese lugar mágico que pertenecía a Armenia y hoy está en Turquía donde el Arca de Noe, según cuenta la biblia, se posó durante el diluvio. Hoy la imponencia y la blancura de sus nieves eternas son tal vez el símbolo de un pueblo que apuesta a la memoria y que pelea por la justicia. Ya pasaron 105 años de esos crímenes de lesa humanidad.

La comunidad armenia no olvida a sus mártires y relata esta historia de terror de generación en generación. El exterminio fue producido por el ejército, fuerzas irregulares, tribus kurdas y criminales que fueron liberados para que se sumaran a la masacre.

Hoy sonarán las campanas de las iglesias para despertar a los que todavía se callan la boca. Quieren justicia y reparación. En Turquía, el que se atreve a mencionar este tema, es procesado judicialmente bajo el artículo 301 del Código Penal.

 No todos los países reconocen el genocidio armenio como tal. El primero fue Uruguay allá por 1965 y Argentina, primero por boca de Raúl Alfonsín y en el 2007 por ley del Parlamento nacional.

Hoy es el “Día de Acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos”. Todo lo contrario a ese intento deliberado y planificado de barrer un pueblo de la faz de la tierra. Fue el antecedente inmediato que tuvieron los nazis en Alemania. Instalaron el odio racial que implica siempre apuntar a un chivo expiatorio. Es urgente que todos los países del mundo pongan el grito en el cielo. Para que Turquía reconozca el genocidio. Para que nadie mire para otro lado. Para que florezca la flor del Nomeolvides que es como decir Nunca Más.

Siempre sentí una profunda admiración por el talento y el coraje de Charles Aznavour. Falleció hace dos años pero siempre fue una bandera de la causa armenia. El hijo pródigo que jamás olvido sus raíces. Sus padres fueron sobrevivientes del genocidio y en Francia se hicieron amigos de la familia de Missak Manouchian que fue el jefe de los partisanos francotiradores, un héroe de la libertad, que fue fusilado por los nazis en 1944. Charles Varenagh Aznavourian, su verdadero nombre junto a 80 artistas, como Gilbert Becaúd y Jhonny Hallyday, entre otros y juntó fondos cuando un terremoto, en 1988, devastó el norte de Armenia y mató a 25 mil personas en Spitak. “Por ti Armenia”, se llamó la canción para ese homenaje solidario. En el 2004, Aznavour fue declarado “Héroe nacional armenio”. Fue el responsable de un himno sagrado para su pueblo. Un rezo laico y musical por los que cayeron. Su letra lo dice todo en este día tan especial para los armenios y para todas las personas democráticas y pacíficas del mundo que repudiamos todas las dictaduras y todas las masacres.

Cayeron sin saber por qué
Hombres, mujeres y niños que sólo querían vivir. Ellos cayeron. Con los ojos abiertos de miedo. Invocando a su dios. Nadie levantó la voz en un mundo eufórico. Un pueblo llovió en su sangre.
Cayeron con los ojos llenos de sol
Como un pájaro que, en vuelo, una bala rompe.
Morir en cualquier lugar y no dejar rastro
Ignorados, olvidados en su último sueño
Cayeron creyendo, ingenuos que sus hijos, iban a poder continuar su infancia. Que un día pisarían tierra de esperanza. En los países abiertos de los hombres con las manos extendidas.
Cayeron para entrar en la noche.
Tiempos eternos al final de su coraje.
La muerte los golpeó sin preguntar su edad. Eran culpables de ser hijos de Armenia.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre