Crónicas de guerra: El grito de las cacerolas

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Parte diario: 966 contagiados. 27 muertos.  240 recuperados.

Anoche, a las 21.30, con una precisión quirúrgica sonaron fuerte las cacerolas en gran parte de la ciudad de Córdoba y en Capital. Y todo indica que hoy van a redoblar la apuesta desde los balcones. De inmediato, los videos en las redes de gente aplaudiendo a los médicos y a todos los servidores públicos, fueron superados por filmaciones de celular de gente haciendo ruido, protestando con bronca. ¿Qué pasó? ¿Para quién fueron esos reclamos? Para el presidente Alberto Fernández y gran parte de la clase política. ¿Qué exigían? Que los funcionarios y la burocracia del estado redujera sus sueldos y prebendas. Que hicieran un gesto. Que acompañaran el sacrificio y el esfuerzo que está haciendo la inmensa mayoría de los argentinos.

El ruido de las cacerolas funciona como las campanas. Son llamadores. Son alertas tempranas de que algo pasa. De que algo se está gestando en la sociedad.

El ruido de las cacerolas funciona como una tarjeta amarilla. Como una advertencia. Es una forma pacífica de protesta que no perjudica a nadie como un paro o un corte de calles, pero que tiene una potencia impredecible porque se puede convertir en un tsunami atronador.

 Por ahora, por supuesto que no se trata de un terremoto político. Pero algo se movió y fue muy rápido. A la velocidad de la luz de los mensajes de texto y los correos electrónicos. En pocas horas, la queja colectiva se puso en marcha solita. Sin figurones ni partidos políticos que la convocaran.

Muchos kirchneristas dirán que los gritos de las cacerolas más masivos fueron en los barrios de clase media y clase alta. Puede ser, aunque en el Conurbano también se escucharon, aunque en menor medida. Pero hay que decir que en el barrio más paquete de todos, en Recoleta, el ruido de cacerolas, estalló en la esquina de Uruguay y Juncal, en el edificio en donde vive la doctora Cristina.

En el dormitorio de ese departamento, la noche que murió Néstor Kircher, Claudio Uberti vio más de 60 millones de dólares robados. En ese departamento, Daniel Muñoz recibía sistemáticamente los bolsos y las valijas repletas de dólares sucios de la cleptocracia que gobernó durante más de 12 años. Eso no hay que olvidarlo nunca.

La cacerola es un grito. Es el emblema de la rebelión individual de los barrios. La cacerola es una forma de expresión autónoma que solo la maneja cada ciudadano cuando, donde y como quiere. Nadie es llevado. Nadie es obligado. El que se asoma al balcón y está dispuesto a juntarse con sus vecinos y a protestar está ejerciendo sus derechos en plenitud. Sin miedos, en forma pacífica y en libertad.

El ruido que produce un elemento tan cotidiano y familiar como una cacerola es una forma de levantar la voz para que todos escuchen. No son los partidos los que convocan. Ni los sindicatos ni los centros de estudiantes. Es la bronca acumulada y auto-convocada. Son los indignados argentinos que saben que una persona que grita se escucha más que un millón que callan. Las redes sociales, como su nombre lo indica, son la forma más moderna y eficiente de comunicación comunitaria. Es la sociedad civil que actúa en red. Solo las unifica un reclamo.

Alberto Fernández metió la pata varias veces. Y muchos ciudadanos fueron acumulando indignación. Hubo dos gotas que colmaron el vaso. Calificó de “miserables” y de trolls a los que usan las redes sociales porque armaron un hashtag que decía “Alberto, el miserable sos vos”. Eso obligó a mucha gente a expresarse públicamente para demostrar que no eran trolls, que eran gente de carne y hueso que estaba opinando. La otra gota equivocada fue cuando utilizó la frase de “Muchachos, ahora les toca ganar menos”. Las redes hervían preguntando: ¿Y cuándo será la hora de que los políticos ganen menos?

Encima, el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou anunció una rebaja del 20% del sueldo de todos los funcionarios del estado para aportar a la lucha contra el coronavirus.

Y eso no fue en el Barcelona donde hasta Messi y sus muchachos se bajaron el 70% de sus sueldos. Esto pasó acá al frente, en Montevideo. Muchos pensaron que era un buen ejemplo que Alberto debería seguir. Otros recordaron la chupada de medias de Daniel Filmus que produjo la primera protesta cuando dijo que los aplausos de las 21 horas, también eran para Alberto.

Esto desató el torrente de videos de archivo y de memes que cabalgaron sobre las puteadas de mucha gente.

El más potente por la contundencia de los datos, fue el del economista Roberto Cachanosky. Fue en TN, en A Dos Voces. Demostró una locura con la que convivimos hace mucho. La Cámara de diputados tiene un presupuesto de 150 millones de euros y cada diputado nos cuesta 49 mil euros mensuales. El senado tiene un presupuesto similar y como son 72 legisladores, cada uno nos cuesta 161 mil euros mensuales. En España, con una población similar y una situación económica mucho mejor que la nuestra, cada senador cuesta 17.500 euros. Es decir, que los españoles gastan casi diez veces menos que nosotros.

Este descontrol es culpa de la sobre abundancia de asesores, ñoquis, viáticos, choferes, contratados y secretarios que cada uno tiene. Y ni que hablar de las provincias, porque este fenómeno se repite en las legislaturas del interior e incluso en los consejos deliberantes.

Nadie puede calcular bien, cuánto dinero se podría ahorrar, pero algunos hablan de 6 mil millones de dólares al año más para enfrentar el hambre y la pandemia. ¿Qué me cuenta?

Y ojo que yo no adhiero a la anti política. Yo creo que la política sana, honrada y austera y los partidos, son los únicos que pueden producir una mejor democracia. Pero estamos viviendo momentos muy delicados y la primera misión de un político de raza y vocación, es tener sensibilidad hacia los que más necesitan y sobre el clima social imperante.

Enseguida aparecieron otros videos que son letales políticamente para Alberto Fernández cuando quiere justificar lo injustificable en una entrevista con Viviana Canosa. ¿Se bajarían los sueldos?, le pregunta. Y el presidente sanatea que no es justo, argumenta débilmente sobre que viven de sus ingresos (como todos, diría yo, salvo los corruptos) y que un miembro de la Corte gana 4 veces más que el jefe del estado.

El mayor impacto fue logrado por el empresario cordobés Oscar Arduch, dueño de Hidrocor, a la que fundó hace 45 años. Subió a las redes una queja feroz, mirando a la cámara de su teléfono y diciendo: “El miserable sos vos, Alberto”. Fue un furor. Las redes se prendieron fuego. No hay casi antecedentes de empresarios que hayan tenido semejante coraje. De entrada, tutea al presidente porque dice que no lo respeta y que decretó la cuarentena en su empresa antes que el gobierno nacional y que pidió un crédito para pagar los sueldos.

De inmediato le dice a Alberto Fernández que se asoció con delincuentes para protegerlos de la justicia.

Pero va más a fondo todavía. Le pide a Alberto que cada vez que lo llame miserable se mire al espejo y le recuerda su sociedad con Cristina, después de haberla criticado duramente. Y supone que “Habrá sido un buen negocio”.

Y como si esto fuera poco, remata su dolor acusando a los peronistas de ser una banda de delincuentes que solo buscan enriquecerse sin que le importen las consecuencias.

Varios dirigentes  de Juntos por el Cambio aprovecharon para decirle a Alberto Fernández a propósito de su repudio a los despidos de trabajadores,  que en el PAMI y el ANSES, habían dejado mucha gente en la calle y solamente por una persecución ideológica. Teléfono para Luana Volnovich y Alejandro Vanoli, ambos ultra cristinistas.

Muchos ciudadanos también acumularon su ira cuando Alberto fue muy duro con algunos que violaron la cuarentena pero no fue equitativo porque no amonestó ni a Marcelo Tinelli, cuando se fue a Esquel ni a su propia vice, Cristina Kirchner cuando viajó a Cuba.

Uno de los memes más demoledores que luego impulsaron los cacerolazos fue el siguiente: “Una enfermera para 20 pacientes. 35 asesores para un diputado. ¿Te das cuenta cual es la pandemia?”

Para ser ecuánimes, hay que decir que las autoridades de Juntos por el Cambio, antes de los cacerolazos, propusieron reducir un 30% los sueldos de los cargos jerárquicos, del gobierno nacional, del Congreso y de la Justicia y llamó a que las provincias tomaran el mismo camino. Hoy, Sergio Massa, se subió tardíamente al tren y propuso bajar un 40 % los ingresos de los diputados. Veremos.

Juan Grabois como siempre arrimó nafta al fuego. Escribió que “es muy buena la movida para que los funcionarios se bajen el sueldo… o será solo una excusa demagógica del revanchismo elitista y el macrismo derrotado que nunca va a permitir cerrar la grieta porque la verdadera unidad nacional solo se gesta eliminando sus privilegios de clase”. Curioso un demagogo acusando de demagogia a los demás. Pero se ve que muchos escucharon el mensaje de las redes y las cacerolas. Es gente participando con su opinión. De esa manera respira la democracia. Unificar la conducción de la batalla contra la pandemia es correcto. Pero hay que tener cuidado con confundir autoridad con autoritarismo. Cuidar la democracia, la república y las leyes es tan importante como cuidar la salud y la economía de los argentinos. Ojalá el presidente lo haya entendido. A ellos también les llegó la hora de ganar menos.

Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.