Andahazi: “Ràng wǒmen qù zuò yīqiè: vamos por todo”

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¿Cómo va a ser el mundo cuando esta locura se acabe? ¿Dónde quedará la Argentina en ese mundo postapocalíptico? En primer lugar, hay que decir que, a menos que se encuentre una vacuna pronto, la pandemia no tendrá un fin unánime. No sucederá que un día determinado se declare el fin de la peste y la gente saldrá a re encontrarse de forma masiva para darse el abrazo postergado. No será de ese modo.

Todo se hará en forma muy progresiva, segmentada por franjas etarias, por rubros profesionales y comerciales, por áreas y geografías. Nadie sabe cuánto podrá demorar ese proceso, pero será muy progresivo.

Los vuelos internacionales no se abrirán de manera indiscriminada, sino de modo exploratorio, con idas y vueltas, avances y retrocesos. No sería bueno tampoco para la salud mental de las personas que se crearan falsas expectativas.

El modo de comunicar del gobierno nacional no ha sido el mejor. En la intimidad, los gobernadores y los intendentes se quejan amargamente del modo en que Alberto Fernández les tiró el fardo. El presidente se ocupó de quedar frente a la opinión pública como el padre bonachón que le da permiso a sus hijos para salir.

Los gobernadores quedan, en cambio, como los malos de la película, como el cónyuge severo que deniega la autorización otorgado por la figura paterna buena, cómplice.

El gobierno promueve la falsa idea de que el país tiene un interruptor que ahora está en off, pero cuando se lo vuelva a poner en on, volverá a ponerse en marcha como si nada hubiera pasado. Eso no es así. Poner el país en movimiento será una tarea larga, difícil e incierta.

¿Cuántas empresas quedarán en pie, cuantas pymes podrán sobrevivir? ¿Cuánta gente habrá perdido sus empleos, sus ingresos, su sueldo mensual? ¿Cuánta gente que sobreviva al virus conservará la integridad anímica para afrontar este futuro catastrófico con entereza?

Pero a la incertidumbre personal, económica, se agrega la inquietud social, política y global. Muchos temen, con fundadas razones, que la Argentina despierte un día convertida en Venezuela. El virus y la pandemia están haciendo el trabajo sucio de los populismos. Por las vías ordinarias habría resultado muy difícil clausurar la Cámara de Diputados y cerrar el Senado.

Habría sido muy arduo atar de pies y manos a la justicia e impedir que la gente saliera a protestar a la calle. En situaciones normales el gobierno no podría gobernar por decreto, ni alinear voluntades en la oposición, ni lanzar campañas propagandísticas de corte ultranacionalista.

En condiciones habituales, no habría sido tan sencillo poner impuestos discriminatorios, arbitrarios, movilizar al ejército, a la policía y a la gendarmería.

En circunstancias naturales no habría sido gratuito insultar a empresarios y periodistas, ni apurar compras con sobreprecios escandalosos sin tener que dar explicaciones, ni traer de China tres aviones cargados con elementos médicos probablemente de descarte, como sucedió en italia y España, y no informar cuánto se pagó por esos productos.

En otro momento no habría sido tan fácil traer agentes cubanos disfrazados de médicos para hacer propaganda política y tareas de espionaje. En situaciones habituales no habría sido posible soltar criminales para agregar peste a la peste.

El coronavirus ha sido el aliado perfecto de los populismos, el brazo ejecutor del “vamos por todo”, la herramienta perfecta para derrumbar el orden republicano. Pero acaso lo más grave esté por venir. ¿En qué mundo se encontrará el país cuando salgamos de este mal sueño? Tal vez la verdadera pesadilla comience con el fin de la pandemia.

Los tres aviones que llegaron de China no sólo trajeron material médico de dudosa calidad; trajeron una alianza, una cadena que tal vez sujete nuestro destino al de uno de regímenes más sanguinarios del planeta, junto con Corea del Norte.

China es una dictadura y hace exactamente lo que hace una dictadura en las actuales condiciones: oculta las cifras, esconde a los enfermos o los trata como si fuesen delincuentes, fabrica espectaculares escenografías hospitalarias para crear épicas inexistentes, encarcela, mata o hace desaparecer a los médicos que denuncian los potenciales peligros, restringe y prohíbe las redes sociales, censura la internet y, desde luego, los medios de difusión tradicionales.

China ha sabido crear, por acción u omisión, el arma perfecta para avanzar sobre Occidente. El gobierno argentino pretende que la ciudadanía tenga que creer que el régimen que provocó este desastre mundial sea el héroe que salve al planeta. Por eso, advertimos: 让我们去做一切 (Ràng wǒmen qù zuò yīqiè), que en castellano significa “vamos por todo.