Andahazi: “La Argentina que está muriendo”

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La pandemia y la aplicación de la cuarentena a la criolla están dejando una cantidad de muertos invisibles, bajas a las que el gobierno no parece prestarles atención. No me refiero sólo a los infectados por el virus, sino a una parte de la Argentina que está muriendo en silencio, sin funeral, sin entierro y sin lápida.

Acaba de cerrar sus puertas para siempre un bar porteño, tanguero, arrabalero, popular. Refugio de los obreros del sur, de los alumnos del Normal 5, sede de encuentros de poetas y bailarines de tango: La Flor de Barracas.

La Flor de Barracas no llegó a cumplir los 115 años de una vida muy semejante a la del país. Atravesó crisis, tropezó mil veces y mil veces se levantó. Pero este último tropezón, el de la cuarentena más dura del mundo, fue la caída fatal.

No hay verso porteño que pueda rimar con “Take away” o con “delivery” sin caer en el grotesco; no hay forma de meterlos en un 2×4. Al pibe de la moto no se le pueden confesar las cuitas como al morocho de la barra que sirve otra grapa de fiado.

¿Qué será de esos templos mistongos, heréticos, dolientes, que son los bares porteños? ¿El gobierno “nacional y popular” pensó dos minutos qué será de este país si mueren los bares que le dieron vida a través del tango, la poesía, la literatura?

La Flor de Barracas no es el primero. El bar La Ibérica, que ocupaba la esquina de Entre Ríos y Cochabamba, bajó sus persianas exhausto, agobiado por el rigor impositivo en medio de la miseria general.
Como tantos otros autores, también yo escribí la mayor parte de mis libros en los bares de Buenos Aires.

Me crié en el centro, heredé de mi abuelo Samuel Merlín la mesa que dejó vacante en el bar La academia, de Callao y Corrientes, cuando murió. Lo reemplacé con mis cuadernos, mis libros y mis manuscritos. Y fue en La Academia donde escribí mi primera novela, “El anatomista”.

En esa época no había WiFi, de modo que me quedaba muy cómodo porque estaba cerca de la Biblioteca del Congreso y la de la Caja de Ahorro, frente a la Plaza Congreso. Pero el problema de las bibliotecas es el silencio.

Porque es un silencio imperfecto: el vuelo de una mosca suena como la turbina de un 747, el chirrido de una silla, es como un movimiento telúrico y un murmullo de estudiantes suena como una hinchada de fútbol.

Prefiero el bullicio parejo de los bares que es lo más parecido al silencio. A tal punto llegó mi apego a La Academia, que con el primer adelanto de derechos de autor de “El anatomista” me mudé a un antiguo departamento en la esquina de Callao y Corrientes con vista al obelisco. Y sólo tenía que bajar en aquel viejo ascensor-jaula para ir a mi “oficina”, cuyas ventanas daban a la avenida Callao.

Los bares son una tradición literaria en Buenos Aires. En las mesas de La Biela se lo podía ver a Borges conversando con Bioy Casares. El Bar Británico, en San Telmo, que, junto con el Parque Lezama que está enfrente, es uno de los escenarios de “Sobre héroes y tumbas”, la novela de Ernesto Sábato.

En el Café Tortoni, entre las décadas del ’20 y el ‘40 se reunía La Peña, encabezada por Benito Quinquela Martín y frecuentada por Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Conrado Nalé Roxlo, Roberto Arlt y Borges.

Y de 1962 a 1974, fue el punto de reunión de Abelardo Castillo, Humberto Constantini, Liliana Heker y Isidoro Blaisten, entre otros. De sus encuentros surgieron las revistas literarias El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco.

El Café London es el bar donde comienza “Los premios” de Julio Cortázar. Las Violetas, en Rivadavia y Medrano, era el refugio de Alfonsina Storni.

En la Confitería Richmond durante la década del ‘20 se reunía el Grupo de Florida: en sus mesas podía verse a Jorge Luis Borges, José de España, Evar Méndez, Conrado Nalé Roxlo, Horacio Rega Molina, Oliverio Girondo, Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez, Raúl Gonzalez Tuñón, Eduardo González Lanuza, Norah Borges y Ricardo Güiraldes.

En el bar hoy llamado Homero Manzi y lo bares del barrio de Boedo, se reunía en los años 20 un grupo de escritores y artistas “opuesto” al de Florida, conformaban el Grupo de Boedo. Algunos de ellos fueron César Tiempo, Raúl González Tuñón y Roberto Arlt.

Muchos conocen la historia de Los 36 Billares; a sus mesas se daban las conversaciones entre Federico García Lorca y Abelardo Arias. Y replicando a España en pequeñito, en el Café Iberia, en Avenida de Mayo y Libertad, se encontraban los republicanos y en la vereda de enfrente, en el bar El Español, paraban los franquistas.

Otras ciudades, cuyos bares son la columna vertebral de la cultura, cortan las calles para sacar las mesas a las veredas e impedir que muera una de las tradiciones más entrañables de la expresión popular.

Pero en la Argentina los bares se están muriendo, no víctimas de la pandemia, sino de la indiferencia y la falta de imaginación; esa imaginación que alimentó el pensamiento argentino en todo el mundo desde la modesta mesa en un rincón sombrío de un barcito arrabalero.