Todavía duele el golpe contra Illia

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El gobernador de La Pampa, Sergio Ziliotto, en una clara provocación discriminatoria, dijo que “a la Argentina que trabaja, le sobran porteños”. Como suele pasar, ni un solo dirigente o funcionario del cristinismo tomó distancia de semejante salvajada. Todos callan, todos otorgan. Yo pienso lo contrario. Que no sobra ningún argentino más allá del territorio en el que viva. Sobran los corruptos que se robaron el país de todos y sobran los autoritarios señores feudales que se robaron la división de poderes y la República. Y nos faltan, más políticos como don Arturo Illia.

Gente honrada, austera que busque consensos y diálogo. Porque como dijo Alfonsín, si la democracia no es diálogo, es violencia. Y le hablo de Illia porque ayer se cumplió el aniversario del golpe de estado que lo derrocó. Y es un golpe que todavía duele. Todos los asaltos al poder protagonizados por los militares, tuvieron resultados nefastos porque dinamitaron las instituciones democráticas y la libertad. El de Videla, en 1976, sin dudas fue el más horroroso por el terrorismo de estado y los crímenes de lesa humanidad. El de Uriburu, en 1930, fue el comienzo de la era de los golpes de estado. Pero el de Juan Carlos Onganía contra don Arturo tuvo características especiales porque voltearon a Illia por todo lo bueno que estaba haciendo y porque al cerrar el camino de la democracia, los militares, le abrieron las puertas a la violencia de los civiles.

Un par de veces le conté la anécdota de Cruz del Eje que relató Jairo. La manera en que a la madrugada, en bicicleta y con el sobretodo arriba del pijama, el doctor Illia fue a socorrer a su hermana que tenía temblaba de hipotermia. Tal vez esa sabiduría popular, esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre.
Mucha gente recuerda a ese médico rural con ponchito sobre los hombros que llegó a ser presidente de la Nación. Pero muchos jóvenes desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota una verdadera leyenda republicana.

Llegó a la presidencia en 1963, el mismo año en que el mundo se conmovía por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y lloraba la muerte del Papa Bueno, Juan XXIII. Tal vez no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació Illia como un presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los próceres de la democracia.
Le doy apenas alguna cifras para tomar dimensión de lo que fue su gobierno. El Producto Bruto Interno (PBI) en 1964 creció el 10,3% y en 1965 el 9,1%. “Tasas chinas”, diríamos ahora. En los dos años anteriores, el país no había crecido, había tenido números negativos. Ese año la desocupación era del 6,1%. Asumió con 23 millones de dólares de reservas en el Banco Central y cuando se fue había 363. Por primera vez se redujo la deuda externa.
Las proyecciones para el año 66 eran que el salario real iba a experimentar un aumento promedio del 15 por ciento. Promulgó la Ley de Salario Mínimo Vital y Móvil. El presupuesto en educación y salud aumentó un 24 % ¿Suena a otro planeta, no? Pero quiero ser lo más riguroso posible con la historia. Argentina tampoco era un paraíso. El gobierno tenía una gran debilidad de origen. Había asumido aquel 12 de octubre de 1963 solamente con el 25,2% de los votos y en elecciones donde el peronismo estuvo proscripto.

Le doy un dato más: el voto en blanco rozó el 20% y por lo tanto el radicalismo no tuvo mayoría en el Congreso. Tampoco hay que olvidar el encarnizado plan de lucha que Augusto Timoteo Vandor (a) “El Lobo”, y el resto del sindicalismo peronista le hizo para debilitarlo sin piedad. Por supuesto que el gobierno también tenía errores como todos los gobiernos. Pero la gran verdad es que Illia fue derrocado por sus aciertos y no por sus errores. Por su histórica honradez, por la autonomía frente a los poderosos de adentro y de afuera. Tuvo el coraje de meter el bisturí en los dos negocios que incluso hoy más facturan en el planeta, pese al gran crecimiento de las empresas punto com y las tecnológicas: los medicamentos y el petróleo. A Illia nunca le perdonaron eso. Nunca le perdonaron tanta independencia, ley de medicamentos, anulación de contratos petroleros tal como lo había prometido en la campaña electoral… Si hasta se opuso al envío de tropas a Santo Domingo. Por eso le hicieron la cruz y le apuntaron los cañones. A Illia no lo derrocaron los chistes irónicos ni la caricatura de una tortuga.

A Illia lo derrocaron los militares reaccionarios cripto fascistas como Juan Carlos Onganía, los monopolios extranjeros y sus socios internos, los jerarcas sindicales, su debilidad de origen y la indiferencia de la mayoría de la sociedad que no salió a defender al Gobierno como se lo merecía. El mismo lo dijo: “A mí me derrocaron las 20 manzanas que rodean la Casa de Gobierno. Ayer se cumplió un nuevo aniversario de aquel día nefasto donde se instaló el oscurantismo cultural más reaccionario que reprimía libertades y profesores con bastones largos, alargaba minifaldas, allanaba hoteles alojamiento y cortaba pelos largos de rebeldía. Seamos sinceros con nuestra verdad histórica.

Aquel día, seguramente el más triste en la vida de don Arturo, cuando el general Julio Alsogaray le comunicó que lo destituían como presidente de la Nación, se tuvo que ir de la Casa Rosada rodeado por un pequeño grupo de amigos. Don Arturo los llamó “salteadores nocturnos” a los sediciosos de Alsogaray y del coronel Luis César Perlinger. “Sus hijos se lo van a reprochar”, les vaticinó el presidente de la cabeza blanca. Y la historia se los reprochó: un hijo Alsogaray se sumó a la guerrilla con el tiempo y fue abatido en un enfrentamiento armado en el monte tucumano durante la dictadura de Videla. Y Perlinger le pidió disculpas públicas a Illia y le agradeció la lección que le dio. Pero con el tiempo el coronel arrepentido sería un colaborador de la criminal insurrección armada trotskista del Ejército Revolucionario del Pueblo. El gobierno de Illia tuvo el primer planteo militar a los dos meses de haber asumido. Y eso que tuvo un rendimiento que para la época fue espectacular aunque en el momento no se valoraba lo suficiente.

Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a tomar café en los bolichones. Nunca más un presidente hizo lo que él hizo con los fondos reservados: no los tocó. Nació en Pergamino pero don Hipólito Yrigoyen le aconsejó que fuera a vivir a Cruz del Eje para llevar el radicalismo popular a los talleres ferroviarios. Allí, don Arturo, ejerció su vocación de arte de curar personas con la medicina y de curar sociedades con la política. Allí conoció a don González el padre de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los humildes, y peleó por la libertad y la justicia para todos.

Todavía no habían llegado los tiempos de los vidrios polarizados y los guardaespaldas. La plata robada no se pesaba ni se escondía en bóvedas. No se cobraban pensiones vitalicias como las de Cristina y Boudou. A la luz de los Kirchner y su asociación ilícita, la figura de Don Arturo merece un monumento a la honestidad. Illia nació en un hogar de inmigrantes italianos. Sus padres se llamaban Emma y Martín. Su padre era chacarero. Don Arturo tuvo un Renault Dauphine que debió vender cuando dejó de ser presidente para pagarle una operación en la ciudad de Houston a Silvia, su esposa, que, de todas maneras, murió poco tiempo después.

Por eso aquel golpe todavía duele. A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho más pobre de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia. Yo tenía 11 años cuando los golpistas y la brigada lanza gases de la Policía Federal lo arrancaron de la casa de gobierno.

Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza y me dijo: Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos esperan. Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su conciencia limpia.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.