Médicos, los personajes positivos del año

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Hace poco, en su día, hablé de ellos. De los médicos. Ellos han sido en el balance los personajes positivos de un año muy negativo.

Esta columna está dedicada a nuestros compañeros de radio, los doctores Daniel López Rosetti y Alberto Cormillot. Pero también, a todos los referentes de la excelencia científica en ese arte de curar como los doctores Pedro Ferraina, Luis Caro, Oscar Mendiz, Jorge Lantos, Fernán Quirós, Fernando Scazzuso, Alberto Crescenti y Jorge Carrascosa, entre otros.

No es la primera vez que en esta pandemia le hablo de los médicos y seguramente no va a ser la última. Hace unos días le comenté que hay que encarar la jerarquización económica y profesional de estos compatriotas a los que tanto les debemos. No quiero caer en patrioterismo barato ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Hace unas semanas, hablamos con el doctor Luis Landry, el jefe de la terapia intensiva del hospital pediátrico Garraham. Y nos reveló las dos caras de la moneda. Aunque siguen sin ser reconocidos como se debe, en plena pandemia, hicieron 63 trasplantes y 3600 cirugías de alta complejidad.

Son héroes esenciales a los que tenemos que homenajear siempre. 

Por ejemplo al doctor Alberto Crescenti.

Tiene 67 años de los cuales, 40 son de médico y lleva 21 al frente del SAME que seguramente debe ser el organismo estatal más eficiente de la Argentina. Todo el mundo conoce y vio en acción a las ambulancias del SAME, las siglas del “Sistema de Atención Médica de Emergencia”. Están en operaciones las 24 horas, como siempre, pero ahora son una especie de avanzada, de infantería. Son los primeros que llegan. Estuvieron entregando todo en las peores calamidades que tuvimos que sufrir. Sacando heridos de los escombros en los atentados a la embajada de Israel y la AMIA; jóvenes quemados en Cromagnon, asfixiados y fracturados en el siniestro de Estación Once y bomberos heridos de gravedad en Iron Mountain. No tienen horarios. Crescenti no es un general de escritorio. Siempre está en el terreno y va al frente de su equipo. Por eso tienen tanta mística. Por eso soportan tanto dolor de ver tanta gente muerta. Y ahora están a full. Muchos, ni siquiera vuelven a sus hogares para no contagiar a su familia. Crescenti es el capitán de un equipo de médicos, enfermeros, radio operadores, choferes. Hace mucho que vienen sumando los últimos avances en emergencias. Y eso se nota ahora con la pandemia. Tienen 25 ambulancias y ya compraron 6 más con pintura nano tecnológica y luz ultravioleta que les permite desinfectar el habitáculo en 15 minutos y estar separados del chofer. Cuentan con el escuadrón aéreo, dos helicópteros que aterrizan en cualquier lado para salvar vidas. Crescenti en situaciones como estas, no puede ni dormir. A toda hora le suena el celular y el alerta rojo. Pero cuando alguien llama al 107, todo se pone en marcha como un mecanismo de relojería. Nada puede fallar. Crescenti, mirando lo que pasó y sigue pasando en países desarrollados, tiene una pesadilla que no quiere que se haga realidad: que un día tenga que tomar la cruel decisión de elegir a quien lleva al respirador y a quien lleva a la morgue. Están siempre de guardia en la vigilancia epidemiológica. Trasladar, asistir, revisar, comprobar la gravedad, son todas tareas ineludibles. La emergencia es cuando alguien llama con extremas dificultades respiratorias. Ese es un síntoma clave del Coronavirus. “Me ahogo, no puedo respirar”, dice la gente desesperada. Y allí parte la brigada de Crescenti. Para tomar la fiebre y hacer un hisopado. Para evitar que el coronavirus se confunda con una neumonía o una bronquitis severa. Reciben 6 mil llamados por día. ¿Escuchó? Seis mil llamados por día. Viven a tres metros del suelo. Pero es una vocación profunda y valiente, Como la del bombero o el policía. Crescenti perdió a su padre cuando tenía apenas 10 años y desde entonces se mira en el espejo de Favaloro, como si fuera un padre adoptivo, un ejemplo.

Creo que Favaloro e Hipócrates estarían muy orgullosos de Crescenti, de los médicos argentinos que vinieron de Europa para ayudar, del que llega a su casa y no puede abrazar a su hijo, de la enfermera de la Plata y la directora del hospital de Chaco y de todos los exponen su vida para salvar la nuestra. Se considera a Hipócrates como el médico más grande de toda la historia. Su juramento fue cambiando de palabras con el tiempo. Pero alguno de sus viejos párrafos sigue teniendo una vigencia ética conmovedora. Uno dice así:

Respetaré a mi maestro de medicina tanto como a los autores de mis días, compartiré con él mis bienes y, si es preciso, atenderé a sus necesidades; consideraré a sus hijos como hermanos y, si desean aprender la medicina, se las enseñaré gratis y sin compromiso”.

O este: “Dirigiré el régimen de los enfermos en provecho de ellos, según mis fuerzas y mi juicio, y me abstendré de todo mal y de toda injusticia. Pasaré mi vida y ejercitaré mi arte en la inocencia y la pureza”. Si cumplo este juramento sin infringirlo, seré honrado siempre por los hombres; si lo violo y soy perjuro, que mi suerte sea la contraria”.

Es ese el juramento que respeta el respetable doctor Alberto Crescenti…

Le confieso que cada día que pasa siento más admiración por lo médicos y por todos los trabajadores de la salud. Hay un video que me conmovió hasta las lágrimas. No sé si lo vieron. Un médico regresa a su casa. Se lo ve agotado, después de una jornada interminable y estresante. Llega con su guardapolvo celeste y su hijito de 4 o 5 años va a buscarlo corriendo con los brazos abiertos para abrazarlo. “No, no”, le grita el médico para evitar que su hijo lo abrace. El nene se queda paralizado del susto. No entiende nada. Se congela su alegría por la llegada del padre al que seguramente ve muy poco. El padre se pone en cuclillas y se larga a llorar. Es desgarrador. Después de dar una batalla desigual y descomunal, ese doctor no puede tener ni siquiera el bálsamo de un abrazo y un beso de su hijito.

En esos días con tantos homenajes merecidos a Diego Maradona, pensé en el talento científico de René Gerónimo Favaloro. No quiero hacer comparaciones porque son odiosas, pero le confieso que varias veces me pregunté si Favaloro tenía el suficiente reconocimiento de esta bendita Argentina. ¿Hay un monumento a Favaloro? El de Jacinto Arauz es el único. Esa tierra del interior profundo de La Pampa, fue regada con sus conocimientos durante 12 años. De hecho, en una de las cartas que dejó Favaloro, pidió que sus cenizas se esparcieran allí y prohibió expresamente todo tipo de ceremonias civiles o religiosas. En Morón hay un pequeño busto.

¿Alguna avenida o plaza lleva su nombre? En La Plata está el memorial y el paseo. En Parque Patricios, hay una calle Favaloro. En Vicente López, un boulevard cortito. En Mar del Plata hay una pequeña plaza cerca del cementerio. Y eso es casi todo. Es cierto que también un hospital en Rafael Castillo, La Matanza, se llama René Favaloro. Seguramente Favaloro no estaría preocupado por tener más placas y monumentos. Claramente nunca trabajó para el bronce. Siempre trabajó para el prójimo.

Pero me pregunto si valoramos como se debe a un hombre de semejante estatura intelectual y humana.  A la hora de construir un equipo de trabajo, una familia o un país, yo me quedo como  figura inspiradora con Favaloro. Es uno de los mejores referentes en donde debería mirarse una Nación que quiere innovación, progreso e igualdad.

Favaloro también nació en un barrio humilde como “El Mondongo”  Llegó a la cumbre y a la gloria y hoy está en el paraíso de los próceres y los héroes sociales de la Argentina.

Está en nosotros elegir cuál país queremos construir para nuestros hijos.

Favaloro estudió con devoción la vida de San Martín y cruzó los Andes de la ciencia. Hoy más que nunca los argentinos nos debemos hacer estas preguntas y reflexionar.

Hoy que estamos asistiendo tristes y preocupados al país de la desmesura y el fanatismo que viola todas las leyes y las normas de convivencia.

El doctor René Gerónimo Favaloro fue uno de los argentinos más grandes de todos los tiempos. Hoy está en el cielo de lo mejor de la argentinidad. La técnica del bypass, su obra cumbre, está considerada como uno de las 400 más extraordinarias creaciones que cambiaron la historia. Casi no hay ejemplos similares en América Latina.

Favaloro es un padre nuestro que está en los cielos. El doctor de los doctores. Hoy lo extrañamos como nunca. Necesitamos de su molde. Para que nazcan argentinos de esa madera y con ese corazón. Militantes de la cultura del esfuerzo, y la excelencia. Plantados sobre nuestra tierra. Con la ética, el mérito y la honradez como bandera.

Nosotros tenemos la obligación moral de recordarlo todos los días, no solo en el día del médico o a fin de año. Tal vez nos ayude a salir de este túnel de angustia que nos producen todas las pandemias: la del coronavirus, la de la catástrofe economía y la de la impunidad para los corruptos que el tanto despreciaba.

Tal vez Favaloro nos ayude. Como nos ayuda Alberto Crescenti y todos los médicos. Felicidades para todos los médicos y para todos los argentinos. Brindo por un país con más justicia y libertad y con más igualdad de oportunidades. Un país de todos que solo deje afuera a los mafiosos, los corruptos y los golpistas. Brindo por eso.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.