Mauro, la muerte de alto impacto

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Nunca tomé un café con Mauro Viale. Nunca compartimos un trabajo. Nunca lo invité a mis programas ni él me invitó a los suyos. Siempre me sentí a las antípodas de sus formas y de su contenido. Una vez, Fernando Bravo me dijo que Mauro era el mejor productor periodístico que había conocido y luego pude comprobarlo. Olfato desarrollado para detectar las noticias e imaginación para transformarla en un show televisivo. Durante más de 50 años, se pasó la vida produciendo programas de alto impacto. Y su muerte, también, provocó un alto impacto.

Me generó una profunda tristeza. Primero por lo sorpresivo y veloz del desenlace fatal y luego, por el momento inquietante en donde la destrucción del Covid empieza a multiplicarse geométricamente. Pero también, y sobre todo, porque en este tiempo edificamos un afecto muy especial con su hijo, con Joni Viale al que muchos consideramos uno de los periodistas más completos y estudiosos del formato audiovisual. Pero mi aprecio no solamente  encontró un motivo profesional. En el aire, en el mano a mano, donde se ven los pingos, en plena adrenalina del vivo, me propuso una manera cordial, casi fraternal de hacer el pase en la tele. Astuto y alegre, incisivo e informado, profundo y efectivo, se ganó mi estima en muy poco tiempo. En una charla telefónica nuestra conclusión fue “parece  que hubiéramos hecho esto durante toda la vida”.

Es que no conocemos otra forma de vivir que hacer lo que hacemos. La vida y el trabajo se transforman en dos caras de una misma moneda. Por eso fue un encuentro luminoso que ayer se puso negro de luto y me generó una gran angustia. Hoy veía a Joni llorando desconsoladamente en el cortejo fúnebre y no pude ni imaginar el desgarro en el alma que le produjo esa puñalada traicionera que la muerte le pegó a su padre. Joni venía rodeado de éxito. Disfrutando la construcción y la pasión de este oficio maravilloso. Satisfecho por los altos niveles de audiencia y reconocimiento y gambeteando los dardos envenenados de muchos mediocres y envidiosos.

Tal vez todo esto me sacudió el corazón de tristeza. Y porque, no confesarlo, también su condición de hijo y padre en los medios. Como Miguel y Nico Wiñazki o Diego y yo, hay como una defensa de uno al otro, espalda con espalda. Un aguante de amor familiar que se convierte en escudo frente a las amarguras que esta profesión también tiene.

De virus y pandemias no conozco demasiado. Pero de ese acero poderoso que se fabrica en la relación entre un padre y un hijo que eligen el mismo camino para ganarse la vida con felicidad, algo entiendo. Nadie se lo propone. No es un objetivo. Porque cada uno, es un eslabón que funciona en forma independiente. Pero por presencia, compañía permanente y esperanzas compartidas, se arma una cadena poderosa casi imposible de destruir. Y digo casi, porque ayer la muerte rompió ese vínculo tan resistente entre Mauro y Joni. Y las esquirlas de ese estallido se clavaron en mi cabeza.

Miro la foto que el hijo posteó en las redes, cuando todavía el padre estaba peleando y me emociona y conmociona. Esta el implacable y cabrón temible de Mauro, convertido en un abuelo inocente y sometido, tirado en el suelo jugando con su nieto Romeo, que apenas camina. Joni mira al nene con la felicidad más grande que se pueda encontrar y unos muñequitos y autitos completan la escena. La dimensión humana y verdadera de la vida y de la muerte, están ahí. Lejos de las luces de la tele y el maquillaje, ajena a los escándalos de reality y las lúcidas editoriales políticas. A la hora de la verdad, lo único que no tiene contra indicaciones es esa foto que resume el núcleo básico de la sociedad.

Tal vez muy cerca están su hermana Ivana, Leonor, la abuela con babero y ahora de duelo y los tres nietos que faltan. Ellos le habían mandado dibujitos de miles de colores para que Mauro no los extrañara en la terapia intensiva. Esos papeles pintados fueron lo último que Mauro vio de ellos. Se llevó en los ojos algo mucho más valioso que cualquier planilla de rating de morondanga.

Joni, con ilusión y expresión de deseos, escribió que el padre se iba a poner bien porque era un toro. ¿Qué padre no es un toro para su hijo? Ambos se miran y sienten que son invencibles, blindados y eternos pero eso no es cierto. Anoche, dramáticamente, en vivo y por televisión, un “urgente” o un “último momento” nos estremecieron, al anunciar la mala nueva. “Murió Mauro Viale”, decían las pantallas. Y a mí, me corrió un frío por la espalda. Pensé en que la muerte de Viale tenía un algo impacto como lo que produjo durante toda su vida. Y pensé en Joni, mi compañero de pase de todas las noches.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre