Andahazi: “La dignidad como antídoto”

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Estos días me escribió una lectora, oyente de este programa y de los Encendidos, que me comentaba que, a raíz de la cuarentena, había vuelto a leer “Los amantes bajo el Danubio”.

Se trata de una novela que escribí hace algunos años y que cuenta la historia de una matrimonio húngaro que escondió en el sótano de su casa a otro matrimonio, una pareja judía, durante la ocupación nazi de Budapest.

Pero estas dos personas que ocultan en el sótano, tienen un pasado muy particular. La mujer es la ex esposa del dueño de casa, casada en segundas nupcias con el hombre con el cual el protagonista cree que le fue infiel.

Esta historia, además, es cierta. Es la historia de mi abuelo Béla y mi abuela Margarita que le salvaron la vida a muchísimos judíos durante el nazismo, en esa misma Hungría de la que luego ellos mismos se tuvieron que escapar.

La novela habla de la condición humana bajo el encierro en sótano, mucho más trágico por cierto, que este que nos toca vivir ahora a nosotros. Así que acá comparto con los oyentes de Mitre un pequeño fragmento para compartir en estos días de cuarentena.

“En el sótano de la casa Persay el tiempo se había detenido. Las agujas del reloj de Andris se movían sin sentido; hubieran podido ir en una dirección o en la contraria. Era indiferente. Incluso, si de pronto el minutero hubiese girado en sentido opuesto a la aguja horaria, nada habría cambiado.

La ausencia de ciclos tan sencillos como el día y la noche, la luz y la oscuridad, demostraba que el tiempo era una mera teoría incontrastable con la realidad del subsuelo.

Andris padecía la peor de las claustrofobias: no podía escapar de la celda de sus sombrías ideas. En circunstancias mucho más gratas, prefería el mar a las montañas.

La extensión abierta de los paisajes marítimos le permitía a Andris expandir el pensamiento hacia el horizonte infinito. Las montañas, en cambio, le devolvían el eco de los fantasmas que habitaban dentro de su espíritu.

Si unas relajadas vacaciones en los Alpes daban origen a las más profundas angustias, el encierro entre esas cuatro paredes oscuras lo sumía en la desesperación.

Andris necesitaba huir del sótano, pero ante la imposibilidad material de liberar ese impulso, su cuerpo producía todos los humores que el organismo necesita para escapar. El corazón de Andris latía con el ritmo y la frecuencia del de un velocista.

Sudaba profusamente y tenía la respiración agitada como si, en efecto, se hubiese dado a la fuga. Sentía palpitaciones, cerrazón en la garganta y espasmos en el vientre. Creía estar al borde de un colapso fatal.

Todo este cuadro no hacía más que aumentar la zozobra en una espiral que alimentaba el malestar con angustia y la angustia, con malestar. En esos momentos tenía la certeza de que iba a morir.

Hanna conocía el carácter hipocondríaco de su marido y sabía cómo tranquilizarlo. Sin embargo, en aquel escenario, le resultaba cada vez más difícil devolverlo a la calma. Por añadidura, no tenía en qué ocupar el pensamiento.

Sometido a aquel presente perpetuo, Andris sentía que ya no había porvenir para él. Lo había perdido todo: la casa, el consultorio y los ahorros. Para completar el cuadro anímico, su único y delgado nexo con la vida se lo debía a la generosidad de su peor enemigo.

Hanna se refugiaba en la escritura. Hubiese preferido leer a escribir. Pero como no tenía ningún libro a mano, entonces ella misma escribía las páginas que habría querido leer en esa situación.

Tal vez, pensaba Hanna, en esto radicara la esencia última del oficio del escritor. Acaso los escritores buscaban dentro de su alma las páginas que necesitaban leer y que nadie había escrito aún. Hanna era una lectora compulsiva.

Podía leer en cualquier lugar y circunstancia (…) Durante la extensa estadía en el subsuelo, Hanna escribía la mayor parte del tiempo con un doble propósito: por una parte se había convertido en autora para poder continuar siendo lectora.

Por otra, había descubierto que sus páginas servían para rescatar a Andris del abismo. El encierro les había revelado a ambos la naturaleza de la literatura de manera mucho más clara que cualquier teoría surgida de la Academia de Letras de Budapest.

Para el común de la gente, el ejercicio de la escritura era una muestra de refinamiento, cultura y sensibilidad; los libros adornaban el espíritu del mismo modo que una biblioteca decoraba una sala.

Hanna pudo comprobar que en aquellos días de clausura las letras no eran una vana materia de polémica de salón (…); la escritura se había convertido en una cuestión de vida o muerte.

Hanna dibujaba en su anotador unas letras diminutas y apretadas para aprovechar al máximo el breve espacio entre los renglones. No temía a la página en blanco; al contrario, le daba terror la idea de quedarse sin hojas.

Estiró el anotador cuanto pudo, pero un día, fatalmente, llegó a la última página. Continuó entonces en ambas caras de la tapa y la contratapa.

Nada le daba más alegría que descubrir una nueva superficie libre: papeles sueltos en el fondo de las cajas, cartones de embalajes y hasta en las maderas de los cajones.

Cualquier espacio servía para extender un texto: las paredes, el cemento del piso y hasta la palma de su mano. La escritura y la lectura se convirtieron en el único medio para evadir el encierro y alcanzar un estado semejante a la felicidad”.

Estos son algunos fragmentos de “Los amante bajo el Danubio”.

Quienes han sufrido persecuciones y han debido vivir años ocultos, encerrados, sin ver la luz del sol, nos enseñan que lo único que nos salva de sucumbir es mantener la dignidad y la condición humana aún, y sobre todo, en las circunstancias más adversas.

El gran peligro es que nosotros nos convirtamos en el peor de los virus.