Angela
Merkel es una mujer brillante. El año que viene, se va a retirar, después de 17
años como canciller federal de Alemania. Es una líder popular que fue varias
veces elegida como la más poderosa del mundo. Es física y tiene un doctorado
sobre “Química Cuántica” en la universidad de Leipzig. Habla perfectamente ruso
e inglés, además de alemán, obviamente. Sin embargo Angela Dorothea Merkel no
pudo descifrar uno de los mayores misterios del universo y se lo preguntó a
Alberto Fernández en la intimidad de la cena: ¿Qué es el peronismo? Y agregó:
“No los entiendo. ¿Son de derecha o de izquierda? Ella lo preguntó porque fue
una luchadora por la libertad desde el social cristianismo contra la dictadura
comunista cuando Alemania estaba dividida.
Dicen
que Alberto se tomó unos pocos minutos y habló de capacidad para gobernar. Pero
el detalle, no lo sabremos nunca.
Como
observador y analista externo, confieso que me hubiera gustado responderle con
un par de chicanas. Una contra Cristina que dijo en campaña electoral que su modelo
era Alemania y nos llevó cerca del chavismo venezolano. Y otra contra el
flamante funcionario Aníbal Fernández que dijo que en la Argentina había menos
pobres que en Alemania.
Pero
hubiera sido desubicado de mi parte y demoledor para la digestión de la
anfitriona de Alberto.
Lo
cierto es que esa pregunta tiene mil respuestas y ninguna. ¿Qué es el
peronismo?
Juan
Domingo Perón es una de las figuras de nuestra historia política que despierta
mayores odios y amores. Con solo mencionar su nombre en una reunión social, se
abre una discusión muchas veces irreconciliable que, ahora llamamos grieta, o
abismo.
Murió
en 1974 y Perón todavía sigue muy presente. Decía que su único heredero era el
pueblo, pero la realidad es que hoy es muy difícil definir que es el peronismo.
Es un partido híper pragmático especialista en llegar y mantenerse en el poder
con la ideología de los vientos que soplan.
Perón
todavía desata pasiones sobre su vida y obra que son material inflamable. Se lo
digo más claro todavía: Perón marcó la historia argentina. En todo debate es casi
imposible encontrar denominadores comunes y es muy fácil chocarse con
definiciones tajantes, excluyentes. Le doy los ejemplos extremos:
Usted
puede escuchar a muchos argentinos decir que Perón fue un nazi. El que más
violencia sembró y el que más atacó la libertad.
O
en el otro rincón…
Usted
puede escuchar a muchos argentinos decir que Perón fue Gardel, un semi dios. El
que más hizo por los pobres en nuestro país y el que más impulsó la justicia
social.
¿Fue
nazi o Gardel? Con Perón no hay términos medios. La gloria o Devoto. El cielo o
el infierno. En la figura de Perón se resume la eterna lucha entre la libertad
y la justicia social, entre las demandas democráticas y las aspiraciones
sociales. Es una lucha tan vieja como el mundo. Pero en Argentina se concentra
en forma impresionante en la figura de
Perón.
Es
difícil entender el alma y el cerebro de los argentinos, sin entender o
intentar entender al peronismo. Hay que buscar un acercamiento a la verdad con
la menor cantidad de reduccionismos o simplificaciones. Argentina fue cultural,
económica y políticamente distinta después de la aparición de Perón. Para bien
y para mal. Insisto, no es mi intención sumarme a la agresiva discusión
pasional que no conduce a nada después de que pasaron 46 años de su muerte.
Mi
humilde apuesta e intención es tratar de analizar el fenómeno de Perón lo más
despojado posible de conceptos sanguíneos, tratando de que allí donde los
ciudadanos desatan pasiones, los periodistas desatemos reflexiones.
¿O
no se pueden analizar todas las cuestiones históricas y políticas con
racionalidad? ¿Somos tan poco inteligentes que no podemos tomar distancia de
los acontecimientos y sacar conclusiones que nos sirvan para seguir avanzando
en la construcción de un país más justo, con más libertad y menos pobreza?
Pienso en un salto de calidad y maduración en las discusiones que pacifique los
espíritus y nos abra la cabeza. ¿Es tan complicado eso? ¿Nos cuesta tanto no
pensar a Perón en términos absolutos? ¿Nos cuesta tanto pensarlo lejos de las
etiquetas que estigmatizan o endiosan?
¿Nos
podemos meter en el estudio histórico razonando que nos equivocamos si creemos
que Perón era solamente un nazi o solamente Gardel? ¿No era ninguna de las dos
cosas o era ambas cosas?
Le
doy un ejemplo:
Un
antiperonista furioso, alguno de nuestros abuelos que incluso, haya sido
comando civil, hoy, ¿no podría reconocer que Perón incorporó a la clase obrera
al gran escenario nacional? Que les dio
un lugar y un reconocimiento a los trabajadores urbanos y rurales y que instaló
definitivamente en la conciencia social de este país el concepto de igualdad.
¿Cómo
dice oyente antiperonista? ¿Que esas ideas ya las habían sembrado los
socialistas de Alfredo Palacios? Sí, eso es verdad. Pero nadie las ejecutó en
la práctica con tanta fuerza y las levantó más alto como bandera que Perón.
Pero
ahora, déjeme seguir con el ejemplo contrario.
Un
fervoroso peronista, incluso algunos de nuestros tíos que recibió su primera
pelota de cuero gracias a Evita y que se tomó vacaciones por primera vez en un
hotel sindical de Mar del Plata y que estuvo en la resistencia, hoy ¿No podría
reconocer el tema de la violencia y el autoritarismo de Perón? La alfombra que
les tendió a muchos nazis para que ingresaran al país, el fusil como instrumento
de lucha política y la muerte como objetivo. Lo digo por todo. Sin distinciones
ideológicas, lo digo por el “5 x 1, no va a quedar ninguno” de Montoneros y por
la Triple A de José López Rega.
¿Cómo
dice oyente peronista? ¿Qué Perón y los peronistas también sufrieron la
violencia y que fueron víctimas de los bombardeos de Plaza de Mayo, de los
fusilamientos de José León Suárez, los desaparecidos?. Sí, es verdad. Pero
ningún movimiento político argentino llevó en su génesis tan metido el concepto
de la violencia como partera de la historia.
No
me diga que no sirve la razón para estudiar a Perón como hecho histórico.
Seguramente si lo logramos eso nos ayudaría como país para que poco a poco
vayamos saldando tanto odio, tanto fanatismo, tanta locura.
Hoy
el antiperonista debería reconocer que cuando murió Perón, a gran parte del
pueblo argentino se le desgarró el corazón de tristeza porque se iba una suerte
de gran padre protector de los descamisados, de los grasitas, de los que
siempre tuvieron menos. Una foto que sigue golpeando mi memoria es la de aquel
colimba de rasgos norteños, con su rostro desencajado por el llanto ante el
féretro que llevaba los restos de Perón, quien fue el único que logró tres
veces ser elegido presidente con el voto popular.
Hoy
el peronista debería conceder que cuando murió Perón, a otra parte del pueblo
argentino se le escapó un suspiro de alivio porque ese muerto había sido el
responsable de muchas persecuciones y del encarcelamiento de dirigentes
opositores.
Pero
fue precisamente uno de los opositores más perseguidos por Perón, uno de los
que estuvo preso por combatirlo, el que con una lucidez digna de los grandes
puso la semilla de los nuevos tiempos de convivencia que florecieron hasta que
llegaron los Kirchner a abrir nuevamente las puertas del odio. Todavía siguen
golpeando en mis neuronas aquella despedida que Ricardo Balbín le hizo a su
enemigo de toda la vida. ¿Se acuerda del Chino Balbín al lado del cajón, con la
mano en el bolsillo y en su tono grave diciendo: “Este viejo adversario despide
a un amigo”. Hay que recuperar ese espíritu de unidad nacional en la
diversidad. O cuando el doctor Antonio Cafiero se puso al lado del presidente
Raúl Alfonsín en el balcón de la casa Rosada para enfrentar juntos el levantamiento
golpista de los carapintadas.
Perón,
Balbín, Alfonsín y Cafiero demostraron que se podía. Néstor y Cristina echaron
sal sobre las heridas y produjeron lastimaduras más profundas. Y encima las
inundaron de una corrupción nunca vista.
En
las urnas se resuelven los temas irreconciliables. Basta de insultar o perseguir al que piensa
distinto. Todo lo contrario, enriquecerse con el pensamiento del otro. No nos
podemos permitir volver a transitar momentos terribles y horrorosos como la
quema de iglesias o que alguien pinte
“Viva el cáncer” sobre el sanatorio donde se estaba muriendo Evita. Hubo un
troglodita que llegó a decir hace horas que la muerte le sentaba bien a Claudio
Bonadio. No aprendemos más.
Basta
de intolerancia. Tenemos que construir en común. Estoy seguro que más temprano
que tarde lo vamos a lograr.
Tal
vez Cristina sea el mayor obstáculo.
Como
muchos jóvenes setentistas, Cristina no votó a Perón. Le decía “viejo de
mierda” y puso la boleta de Jorge Abelardo Ramos. Ella creía que ser “evitista”
era más revolucionario.
Según
infinidad de pruebas y testigos fue junto a Néstor la que diseñó el sistema de
corrupción más colosal de la historia democrática. Fue maltratadora con su
propia gente, altanera y se enriqueció ilícitamente como pocas personas. Tiene
9 procesamientos, 7 elevaciones a juicio oral, 4 pedidos de prisión preventiva,
uno confirmado por la Corte Suprema y embargos por 12.320 millones de pesos.
Pero
si entender al peronismo es complicado, explicar a Cristina es directamente
imposible. Son misterios muy difíciles de descifrar aún para personas tan
brillantes como Angela Merkel. ¿No le parece?