Andahazi: “El camino para salir de la pandemia”

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La columna de Federico Andahazi en Le doy mi Palabra, por “Radio Mitre”.


La historia de la ciencia y la medicina nos permite vislumbrar una esperanza en medio de la catástrofe. Las tragedias sólo se superan con inteligencia, con conocimientos, con audacia, con miradas nuevas, no con superstición, ignorancia, terquedad o miedo.

Todos hablan hoy de la epidemiología. ¿Pero qué es esa ciencia que muchos no habían siquiera escuchado nombrar antes? La epidemiología es una rama de la medicina que estudia la distribución, la frecuencia y las características de las enfermedades en las poblaciones.

Los epidemiólogos no se quedan en el estudio del paciente: van a la población, al entorno, a las condiciones socioambientales, al desarrollo en el tiempo y las geografías de tal o cual germen. Por eso son las grandes estrellas en estos momentos en los que el COVID19 plantea tantos interrogantes.

Romper paradigmas, poner en duda el sentido común, eso fue lo que hizo el primer epidemiólogo, el que fundó esta ciencia en la que confluyen estudios rigurosos y una mirada transversal y analítica de la realidad. Escuchen esta apasionante historia.

John Snow nació en Londres en 1813. A los 20 años ya era médico y demostraba una especial capacidad de observación para abordar los problemas en forma novedosa.

Produjo avances notables en la anestesiología y descubrió que los gases que emanaban los productos químicos usados en las autopsias eran los responsables de las graves enfermedades que sufrían los estudiantes de Medicina.

Por aquellas épocas reinaba la llamada teoría miasmática. Esta teoría databa del siglo 17 y 18 y encontraba sus antecedentes en Grecia. “Miasma” significa contaminación. En Grecia creían que el miasma era un vapor maligno, un aire viciado enviado por los dioses para castigar a los hombres.

El miasma causaba pestes y no se encontraba solución hasta que no se reparaba el daño de alguna manera. La teoría miasmática, muchos siglos después, ya no atribuía este poder de daño a los dioses, sino a los gases de la podredumbre: los malos olores, los vahos.

Los cadáveres contaminaban el aire y el aire enfermaba a la gente. Recordemos que por esos años las ciudades tenían olores de todo tipo y problemas sanitarios importantes.

En 1848 se desató una epidemia de cólera que arrasaba con la población. Se imponían dos teorías y cada una marcaban un protocolo distinto. Como vemos las discusiones científicas siempre han existido y es bueno que así sea.

Los miasmáticos decían que el cólera estaba en la atmósfera y lo movía el viento, mientras los contagionistas sostenían que el contagio era persona a persona y postulaban la cuarentena de enfermos, la quema de sus pertenencias y el aislamiento.

Había que ser guapo para discutir con los popes de la ciencia de aquella época. Pero Snow tenía con qué: un poder de observación que iba mucho más allá de lo que veían los demás.

A Snow se le ocurrió estudiar donde se concentraban las muertes. La peor parte, por lejos, se la llevaba el sur de Londres. La gente del sur tomaba agua del Támesis, el mismo río en el que vertían los desechos los del norte.

El Dr. Snow escribió un artículo fundacional donde explicó que la “materia mórbida” que venía en el agua desde el norte contaminaba a los habitantes del sur y les producía diarreas, deshidratación y muerte.

Las comunidades médicas se burlaron de Snow y desestimaron su teoría, pero años después un nuevo y tremendo brote volvió a castigar a Londres.

Ciertos cambios en la distribución del agua y la vertiente de desechos le permitió a Snow verificar con exactitud la relación de la materia mórbida en el agua que la gente bebía y el cólera. Además otros datos fueron clave: los obreros de una cervecería cercana mostraron una salud de hierro.

Snow inauguró la metodología de las entrevistas a enfermos y sanos. Los cerveceros le explicaron que no bebían agua (no hagan esto en casa), solo cerveza. Otros habitantes muy humildes de una hostería un poco más lejana en la que nadie moría dijeron que no retiraban agua de la bomba pública. Un pequeño arroyo silvestre que por ahí pasaba les quedaba más cerca.

Snow dibujaba mapas, marcaba zonas donde los muertos se contaban de a miles y zonas donde no había cólera, hacía cuadros matemáticos con progresiones numéricas de enfermos y muertos, estudiaba el agua, las bombas, los desechos.

La mortífera bomba de Broad Street fue clausurada, pero cuando cesaron las muertes la gente olvidó y volvieron a hacerla funcionar. Nadie escuchaba a Snow quien daba vuelta los despachos explicando su teoría de la “materia mórbida”.

En 1858 Snow murió ignorado, los infatuados doctores seguían hablando de los vahos que traían el cólera y otras pestes. Ocho años después llegó una nueva ola de cólera. Pero ahora sí el gran Luis Pasteur correría a salvar la memoria de Snow.

Koch cultivó en laboratorio al Vibrio cholerae, y así Koch y Pasteur determinaron la teoría microbiana y demostraron que Snow había hecho un riguroso mapeo del cólera, su origen de contagio, su incidencia en la población… 20 años antes, pero nadie lo había escuchado.

John Snow… este es el padre de la epidemiología moderna. A la memoria de Snow, quién se volvería a morir si vieran esos mercados de China en los que mezclan murciélagos y serpientes muertos con con perros vivos.