El autoritarismo de Alberto Fernández: decretazos e insultos

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Por Carlos Claá

En lo que va de la gestión de Alberto Fernández, ya firmó más decretos de necesidad y urgencia que cualquier otro presidente: son 32, por ahora. Y serán muchos más si el Congreso sigue virtualmente paralizado.

La oposición ya se manifestó con dos pedidos: el primero es poder analizar el contenido de los DNU firmados por el Presidente, una de las funciones principales del Poder Legislativo, servir de contralor. En esa solicitud, que fue enviada por carta al diputado oficialista Marcos Cleri, se embanderaron Luis Petri por el radicalismo y Pablo Tonelli por el PRO, entre otros. Pero además, Patricia Bullrich se puso a la cabeza de otro reclamo: poder reabrir el recinto, al menos de forma virtual. En un momento clave como este, cruzado por la pandemia, los senadores y diputados deberían estar en pleno ejercicio de sus funciones.

Mientras tanto, el oficialismo decidió volver al expediente en papel, para dejar de lado (al menos en parte) la digitalización de los actos de Gobierno. La explicación de Alberto Fernández fue muy preocupante: el Presidente señaló que intentaron hackearlo y hasta dijo que había funcionarios de la gestión anterior que le trababan los decretos. Si un fiscal escuchó sus declaraciones, podría iniciar de oficio una investigación, dada la gravedad del asunto. Alberto tendría que aportar pruebas de lo que aseveró.

La suma del poder público puede generar confusiones. Incluso puede envalentonar a un presidente a avalar el insulto a un periodista, como sucedió con Jonathan Viale. Más allá del tibio pedido de disculpas de Alberto Fernández, lo que pasó no hizo más que dejar marca de su estilo. No era la primera vez que el actual primer mandatario maltrataba a un periodista: hace poco tiempo atrás lo hizo con Mercedes Ninci, Rodrigo Jorge y Diego Leuco, entre otros.

Alberto Fernández habló en diversas oportunidades de cerrar la grieta. Pero si lo que busca es concentrar mayor poder y no tener control de la oposición, además de poder insultar libremente a quien lo critica, está muy lejos de lograr su presunto cometido.