Diana Wang:”¿Cómo confiar en los demás si no respetan las leyes fundamentales?”

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¿Cómo sentirse seguro si los que obran mal no lo reconocen ni se arrepienten ni son castigados ni lo reparan?..”


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Por Diana Wang

Mi ídolo de la infancia era el Llanero Solitario, el gran justiciero, el que reparaba atropellos en defensa de los débiles sin esperar nada a cambio. La vida me puso a prueba a los 10 años.

Era una tardecita de verano en Floresta y los chicos jugábamos a las escondidas. ¡La “piedra libre” a la vista! ¡ya estaba ahí! y por el rabillo del ojo apareció Raquelita corriendo…la frené tomándola del vestido y ¡llegué antes! Mi alegría se desplomó cuando escuché su llanto “¡mi mamá me mata! ¡me rompiste el vestido!” y, sí, la pollera colgaba separada de lo de arriba.

“Esperá, ya vengo” dije, resuelta, mientras corría a mi casa. Saqué la tijera del costurero y volví a la calle. Tomé del medio mi pollera, como en un rito sacrificial se la ofrecí a Raquelita y con la otra mano le di la tijera. “Cortá ahí” le dije ante la mirada atenta de los demás. Ni corta ni perezosa, pegó un tijeretazo y mostró satisfecha el redondel recortado.

“¿Estamos a mano?” pregunté, “¡sí!” dijo y lo rubricamos con un apretón. Volví a casa feliz con la tijera para contarle orgullosa a mamá lo que había hecho. Cuando vio el agujero en el centro mismo de la pollera empezó a los gritos “¿qué pasó? ¿quién te hizo eso?” y le conté, triunfante, mi hazaña justiciera. Hoy, décadas después, me sigue doliendo su incomprensión. “¡Tonta!” dijo “a Raquelita no le rompiste el vestido, lo descosiste, eso se arregla… en tu pollera quedó un agujero que no tiene arreglo”.

No solo no me felicitaba, ¡me retaba! “Pero mamá, hice trampa, quería llegar antes y no me importó romperle el vestido, merezco que lo mío sea peor”. A los 10 años, mi código de valores indicaba que mi mala acción solo se pagaba si mi castigo era mayor que el daño.

Pero mamá no me comprendía, nada menos que mamá que era el documento vivo de las consecuencias concretas de las injusticias. Soy hija de personas que han experimentado la maldad y crueldad extremas durante el Holocausto, midiendo sus conductas minuto a minuto para seguir vivos y sobrellevar al mismo tiempo tantos dilemas a los que estuvieron expuestos manteniéndose humanos y decentes.

Mi noción de la justicia no era improvisada ni ligera. Sabía de qué estaba hablando. Sabía lo que había en juego en cada conducta, en cada actitud, en cada palabra. Había entendido desde muy chica, tal vez sin las palabras precisas, que vivir bajo el imperio de la ley es hacerse responsable de las consecuencias de nuestros actos y a los 10 años lo puse en práctica por primera vez del modo en que mi entendimiento lo permitía.

Sé que La Justicia es más compleja que una aventura del Llanero o una anécdota personal. Pero aquella conducta infantil, intuitiva e ingenua merece ser un principio universal del contrato social básico que requiere que cuando uno haya hecho un daño lo reconozca, se arrepienta, asuma el castigo y compense lo hecho.

¿Cómo confiar en los demás si no respetan las leyes fundamentales? ¿Cómo sentirse seguro si los que obran mal no lo reconocen ni se arrepienten ni son castigados ni lo reparan? Creen que se saldrán con la suya pero la mancha es indeleble aunque parezca que a nadie le importa.

Tanto después sigo avergonzada por haber “roto” el vestido de Raquelita. Las tibias tardecitas de Floresta ya me olvidaron pero mi último y adicional castigo es que yo no, yo lo sigo recordando. Pero lo puedo contar porque también recuerdo, tanto o más orgullosa que entonces, la tijera y el pedazo de pollera que entregué como castigo, pedido de perdón y ofrenda de paz.