Crónicas de guerra: Los inconscientes y los médicos

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Hay dos cosas que a esta altura conviene consolidar. Por un lado, el encarcelamiento de los inconscientes que sabotean la salud pública y por el otro, los aplausos y abrazos en el aire para la heroicidad de los médicos y el resto de los trabajadores sanitarios.

Son dos caras de la misma moneda. Puño cerrado con la ley en la mano contra los que conspiran contra el bienestar general y hacen lo que se le canta las pelotas. Y mano abierta para homenajear a los que se juegan la vida para defender nuestra vida. Por estos dos caminos no nos vamos a equivocar demasiado.

La firmeza de Alberto Fernández quedó clara esta mañana. Igual que Diego Santilli, estaba enojado con la caravana de autos que todavía no entienden la gravedad de lo que pasa dijo que “lo que no entra por la razón, va a entrar con la fuerza”. Y les avisó que “les vamos a sacar el auto y los vamos a meter presos porque son inconscientes”. Y tiene toda la razón. La inmensa mayoría de los argentinos está haciendo un esfuerzo colosal y mancomunado para evitar la muerte de compatriotas y estos hijos de mala madre solo se miran el ombligo en el espejo de su frivolidad. No hay que tener contemplación con los que violen la cuarentena. No hay que permitirles que le mojen la oreja o humillen a los que sufren por falta de trabajo, de comida o de agua. No les pueden faltar el respeto a los que cumplen con la ley pese a que sufren el encierro, la lejanía de sus hijos y la ansiedad de la incertidumbre.

En estas últimas horas pudimos ver a este grandulón pavote de 27 años que se llama Federico Llamas. Es el de rulos colorados que tenía las tablas de surf en el techo de su camioneta y estaba con traje de baño, bolsos, musculosa y un nivel de soberbia insoportable. Lo pararon en la Panamericana. Mintió una y otra vez a los uniformados. Se negó a firmar el acta. Se burló de los periodistas que estaban trabajando y lo obligaron a regresar a su casa del pasaje Fabre en el barrio de Flores. Fue escoltado por un móvil y dos motos de la Prefectura Naval. Y en dos minutos, arrancó de nuevo y se fugó hacia Ostende. Hoy, un juez dictó una orden de captura para que pague por lo que hizo. No fue una travesura. Violó dos normas: evitar la propagación de epidemias y desobedeció a la autoridad. Yo también le cobraría todos los gastos que ocasionó al estado que tanto necesita los fondos para los que más necesitan. “Me gusta el bochinche”, les había dicho desafiante a los movileros.

Dicen que ahora está preso. Se creía el más pícaro y resultó el más boludo. Veremos si le gusta el calabozo.

Estos inconscientes antisociales son la contracara de los médicos y de todos los trabajadores de la sanidad. Están poniendo el pecho en la primera línea de combate contra este enemigo desconocido y criminal. Y no les resulta gratis. Se juegan la vida y muchos de ellos, pierden la vida para cuidar la nuestra. En el principal hospital de Chaco, en Resistencia, hay diez contagiados por cumplir con su misión y su juramento hipocrático. Ese maldito virus se ensañó con 6 médicos, 2 enfermeras, un bioquímico y un empleado administrativo del hospital Juan Perrando. Por eso Chaco ahora, tiene 10 combatientes menos. Quedaron fuera de combate y pasaron de cuidar la salud de los demás a enfermos que deben ser cuidados.

La mayoría de la gente identificó rápidamente a quienes son los escudos que nos protegen. Los aplausos de las 21 horas en todas las ventanas y en todos los balcones, fue a imagen y semejanza de lo que pasó en Italia pero como buenos argentinos le sumamos nuestro propio sello con cantitos de hinchada para alentarlos. Los bomberos y las fuerzas de seguridad también se tienen que dar por aplaudidos. En los concursos televisivos de la tele se popularizó eso de “Aplauso, medalla y beso”. Por ahora y hasta que le quebremos el espinazo a la pandemia, habrá solamente aplausos. Pero la medalla y beso se la ganaron para más adelante. Los argentinos somos aplaudidores. En algo que provoca calor en las manos y en los corazones. Que levanta el ánimo. En el fútbol se canta: “Aplaudan/ aplaudan/ no dejen de aplaudir/ los goles de fulano que ya van a venir”. Y en el rito de identidad de nuestra comida colectiva solemos pedir: “Un aplauso para el asador”. Este reconocimiento no se tiene que quedar en aplausos. Solo es el primer paso. Después que termine la batalla, hay que encarar la jerarquización económica y profesional de esta gente a la que tanto le debemos. No quiero caer en patrioterismo baratos ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Ojalá esta siembra directa de compatriotas con vocación y amor al prójimo permita una cosecha de muchos Favaloros. Ojalá.

Es que estamos asistiendo a la peor hecatombe de la historia. El hundimiento de la economía va a generar más pobreza, más desocupación y más miseria. Pero en esto no hay duda posible. Lo primero es la salud, como decían nuestras madres. La vida por encima de todo. Norberto, un amigo que vive en Miami me lo dijo con lenguaje coloquial de barrio: “Vivos y pobres, podemos discutir cómo sigue la cosa. Muertos y ricos, no hay nada que discutir”. Me contó además que en Estados Unidos hay problemas serios.

El sistema de salud, tan elitista y frágil, está sin respuestas contundentes frente a lo que se viene y ya impactó de lleno en Nueva York. Un test de coronavirus tarda más de 12 días en arrojar el resultado. El desarrollo no parece haber llegado a este desafío. Hay mil doscientos argentinos todavía en el aeropuerto de Miami. Muchos jóvenes de intercambio estudiantil que no tienen un peso para comprar remedios o comer algo. Y no saben si alguna vez los van a repatriar. El cónsul argentino trabaja las 24 horas para asistirlos pero está desbordado.

Pero el gran drama ahora está sacudiendo a España mientras sigue taladrando a Italia. Las historias son horrorosas. El extraordinario periodista Julio Algañaraz contó que hay miles de médicos contagiados y la triste crónica de dos enfermeras que se suicidaron en medio de la depresión y desbordadas por las dimensiones bíblicas de la pandemia. Daniela Trezzi tenía 34 años y trabajaba en la sala de terapia intensiva del hospital de Monza. Allí llevan a los pacientes más graves. Se contagió el virus como tantos de sus compañeros, estaba sin fuerzas, exhausta y tenía miedo de contagiar a sus compañeros. No aguantó más, y Daniela se ahorcó. Hoy sus compañeros dicen que jamás la olvidarán y llevan la foto de Daniela en el pecho. Arriba del barbijo titilan sus ojos bellos y curiosos.

Silvia Luchetta se arrojó al mar. Bajó los brazos y abandonó la lucha por la vida de los demás y su propia vida. Se inmoló en el hospital de Jesolo en el Véneto. Tanto Daniela como Silvia eran obsesivas en la atención de los enfermos y honraron su condición de amar a su prójimo más que a ellas mismas. Entregaron todo, hasta la última gota de sangre. Padecieron la frustración de la derrota. Hoy son un emblema de la lucha de los trabajadores de la salud. Llevaran sus nombres hasta la victoria contra el virus asesino. Ambas solían decir: “Es desgarrador ver morir a tanta gente, sola, sin caricias ni despedida”.

En Italia vive uno de los mayores intelectuales de la actualidad. Hablo de Loris Zanatta, ensayista y profesor de historia de la Universidad de Bolonia. Puso luz con su escritura al oscurantismo de los populistas y los supersticiosos de todos los colores: “Hoy todo pinta negro y los pájaros de mal agüero tienen su momento de gloria. Así será por un tiempo. Pero yo no desesperaría. De a poco, los hechos se abrirán camino. Demostrarán que no son las oraciones o las ideologías las que derrotan a las pandemias, sino la ciencia y los médicos, la responsabilidad de los ciudadanos y la solidez de las instituciones”

Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.