Crónicas de guerra: Aprender en cuarentena

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Parte diario: 589 contagiados, 76 recuperados y 13 muertos. Siento que debemos aprovechar esta cuarentena para aprender. Para sacar las mejores conclusiones y reinventarnos como mejores personas. Ahora no tenemos excusas, nos sobra tiempo para pensar. No necesitamos correr a ningún lado, ni meternos entre los semáforos y las bocinas de la selva de cemento. Hoy estamos protegidos por nuestras paredes y por nuestros afectos. Afuera hay una tormenta criminal que mata a nuestros semejantes. Adentro, estamos atrincherados, resistiendo.

Siento de fondo a Sui Géneris que me susurra que aprendimos a ser formal y cortes. Nito Mestre y Charly García en “Aprendizaje” hicieron una radiografía de la educación por afuera de las instituciones. De la vida y la calle como maestras. Siento que me cantan al oído mientras escribo esta columna:
Viento del sur o lluvia de abril
Quiero saber dónde debo ir,
No quiero estar sin poder crecer
Aprendiendo las lecciones, para ser.

Yo también me siento aprendiendo las lecciones para ser. Porque no quiero estar sin poder crecer. Y creo que la propuesta vale para todos. Aprender las lecciones para ser. Es la mejor manera de transitar la cuarentena.

Siento que alguien, que algunos llaman Dios padre y otros madre naturaleza, mandó a desenchufar el mundo que andaba descontrolado a mil por hora y sin frenos. Y todo se paró de golpe. Y hubo que barajar y dar de nuevo. Y asimilar que todavía nos faltan muchos días para superar este ataque del virus.

Siento que el aprendizaje refundacional es valorar a las cosas realmente importantes que muchas veces no le dábamos ni la hora. La profundidad de la poesía de Antonio Machado dice: “Solo el necio confunde valor y precio”. ¿Cuánto cuesta el abrazo profundo de un hijo? Es lo que más extraño. Con Diego nos damos abrazos de gol. No son saludos formales o livianos. Son abrazos fuertes, con palmadas en la espalda, golpeando nuestros pechos, como si estallara la Bombonera en la alegría de un grito. Ese abrazo que se había convertido en algo hermoso pero casi rutinario. De pronto, se vino la noche y hoy solo nos podemos saludar por teléfono o por Skype y si nos cruzamos en el canal, apenas nos podemos rozar los codos. ¿Se entiendo lo que estoy diciendo? Antes había miles de abrazos. Ahora solo codazos. Es toda una metáfora de lo que nos pasa. Estoy seguro que a partir de ahora vamos a valorar mucho, pero mucho más cada abrazo que nos demos con nuestros seres queridos. ¿Se acuerda de Facundo Cabral? El admirado Indio Gasparino. Con su sabiduría nos legó que: “solamente lo barato se compra con el dinero” y con mucho respeto, me permito agregarle que lo más maravilloso y emocionante de la vida es absolutamente gratis.

No tengo que pagar nada para acariciar las canas de mi madre o la pelada de mi padre. Yo soy toquetón. Entro en contacto con la gente. A mi padre que tiene 95 años, le paso mi mano sobre sus mejillas y él se ríe, un poco avergonzado. Le beso la cabeza. Le tomo la mano a mi madre para hablar y no se la suelto. Ahora no puedo ni siquiera ir a verlos personalmente a Córdoba. Es peligroso para ellos y es desgarrador para mí. Y además no puedo viajar. Está prohibido. Y cumplo las reglas. Hablo por teléfono varias veces por día, pero no veo la hora de subirme a un avión, aterrizar en mi tierra y correr a verlos. Ese encuentro extraordinario no cuesta un centavo. Pero ahora vale una fortuna. Porque no se puede hacer.

Siento que soy un privilegiado. Porque tengo a mis padres y a mi hijo aunque no los pueda abrazar. Muchos han perdido a sus padres, o a sus hijos y otros los tienen muy lejos, en otros países y quien sabe cuánto tiempo pasará para que los vean. Me siento un privilegiado porque estoy reformateando mi cabeza. Escribo esto y tengo frente a mis ojos, detrás de la computadora a un árbol frondosamente verde. Siempre lo valore. Me gustó este departamento del tercer piso porque los árboles llegan hasta el balcón y las calles son tranquilas. Pero ahora vale oro ese árbol y ese balcón. Son los pulmones por donde respiro sol y vida cotidiana. Es el lugar de los aplausos a los médicos y a todos los trabajadores de la salud. Es el lugar para homenajear a las fuerzas de seguridad que nos cuidan arriesgando su vida y la de su familia. Es el escenario de un tenor que canta para los vecinos. O el teatro de un chico que nos despierta con su saxo.

Parece mentira. Siento que hay un clima de tristeza pero que también flotan magias navideñas en el trato a la gente. Todos se desean lo mejor. Porque saben que lo mejor para el otro, siempre, pero hoy más que nunca, es lo mejor para uno. Vecinos que hablan y se conocen y hasta hace 15 días ni se saludaban. Todos expresan sus buenos deseos. Que esto termine pronto. Que nuestro vecino se cuide. Adrián, el encargado del edifico me llama todos los días para saber si necesito algo. Es un fenómeno.

Siento que soy un privilegiado porque puedo transitar por los pasillos, yendo de la cama al living. No es una mansión. Pero ahora lo valoro mucho más que antes porque todos hemos comprendido lo que significa quedarse por semanas las 24 horas adentro de un ambiente o lo que es peor, en una casilla llena de hijos. Siento que los chicos ya no se quejan si la madre los manda a comprar dos kilos de manzanas y uno de tomate. Antes refunfuñaban, molestos por tener que dejar la play o levantar la vista de teléfono y las redes. Hoy se pelean por ir a hacer las compras. Es como respirar un poco. Como irse de vacaciones a dos cuadras y por media hora. Estábamos viviendo profundamente equivocados. Tal vez no nos interesábamos por las actividades de nuestros hijos o padres y perdíamos el tiempo discutiendo las boludeces que tuiteó una modelo o el contrato de un futbolista.

Siento que esta cuarentena y la presencia de un enemigo común a todo el planeta, nos obligó a respetarnos un poco más entre todos, a pensar soluciones en forma conjunta y plural y a diluir los odios y las peleas. Siento que esta situación inédita y traicionera nos puede empujar para que coloquemos casa cosa en su lugar. Que cambiemos nuestras prioridades. Que no perdamos tiempo en codicias que se miden en lujos y en dólares y que ganemos la belleza de los ojos y los besos de nuestra amada, el aroma fresco de la mañana y una canción bien cantada. Todo eso lo teníamos a disposición y no le dábamos la suficiente importancia. Era como que venía de arriba. Que nos correspondía por el solo hecho de existir. Hoy sabemos que nada es fácil. Y que la felicidad es algo muy sencillo repleto de satisfacciones, pero que tenemos que construirla todos los días. Nada cae del cielo si no somos capaces de apreciarlo. Solamente cae agua, si no advertimos el misterio de la lluvia. ¿Dónde van los besos que no damos?, se pregunta Víctor Manuel.

Siento que ahora vamos a saborear cada detalle y cada instante que la vida nos regala. Estudiar o trabajar con nuestros compañeros al lado. Protestar y celebrar juntos. Tomarnos un cafecito o una birra. Decirle buen día a los tacheros o al colectivero. Tratar de ser menos egoísta. Saber que mucha gente que muere hoy no tiene ni siquiera la sepultura ni el adiós de sus seres queridos. Está prohibido que la gente se junte, incluso para elaborar el duelo junto a un féretro para dar el pésame como dios manda. En España algunas personas no saben dónde fueron enterrados sus padres. Es un agujero negro en el alma. La gente se casa o celebra su cumpleaños en estricta soledad.

Destilamos demasiado odio, contaminamos mucho todo lo que tocamos. Llenamos de basura el mundo. Vivimos estresados y sobre exigidos. La ansiedad no nos permitió saborear los mejores platos. Nos tragamos todo de un saque. Y así, nos va. Siento que todo tiene solución, menos la muerte. Y que nada vale más que la vida. Tal vez lo estemos comprendiendo de golpe y a los golpes. Siento que Oscar Wilde tenía razón: hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada. Siento todo esto. Siento, luego existo.

Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos.

Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.