Este no es un país de mierda

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Este no es un país de mierda. En todo caso, a este país, lo hicieron mierda. O lo hicimos mierda. Me involucro, porque creo que todos los argentinos tenemos una cuota parte de responsabilidad. Por supuesto que los dirigentes y funcionarios, son mucho más culpables que los ciudadanos comunes. Los que manejaron y manejan el poder desde la política, las empresas, la justicia, la educación o los gremios, son los primeros que tienen que ir al banquillo de los acusados. Porque tuvieron y tienen las herramientas para cambiar las cosas y en general, por acción u omisión, permitieron o facilitaron que este país se fuera hundiendo cada vez más. Los habitantes de este suelo, seguramente habremos contribuido con nuestras propias agachadas.

Insisto con la idea que le comenté el otro día. No creo que haya una sociedad de ángeles y que sus dirigentes sean demonios. Los funcionarios de todos los niveles no vienen de Japón ni los trae la cigüeña de Paris. Son mucho más parecidos a nosotros de lo que creemos. Tienen nuestras mismas miserias y grandezas. Insisto con esta obviedad: no tendremos mejores gobiernos si no tenemos una mejor sociedad.

Este no es un país de mierda. En todo caso, lo hicieron mierda. Estamos entre los pocos países del mundo que vienen cayendo sin prisa pero sin pausa, hace décadas. Vamos para atrás y para abajo. En un momento jugamos en primera y éramos admirados por nuestros recursos naturales y por nuestros recursos humanos. La riqueza del campo y de nuestra educación pública, nos permitía estar en las ligas mayores. Brillaban nuestros científicos, nuestros profesores e investigadores, los premios Nobel que no tiene cualquier país, el progreso y la excelencia, la movilidad social ascendente. Hoy nos fuimos varias veces al descenso. Hemos destruido riqueza, multiplicado por cien la pobreza y el hambre y participamos de una comunidad cargada de odios, revanchismos y mezquindades. Las redes sociales son cloacas donde todos los días aparecen grietas cada vez sembradas de insultos.

Este no es un país de mierda. En todo caso, lo hicieron mierda. Lo digo porque en los últimos tiempos me cansé de escuchar esa frase. “Este es un país de mierda. Argentina es inviable. Hay que irse a vivir a otro lado”. ¿No le pasó lo mismo, señor oyente? ¿No escuchó eso de sus amigos, familiares, compañeros de trabajo y estudio o en el supermercado o en la cola del colectivo?

La única salida que tiene este país es Ezeiza. Que vengan los alemanes o los uruguayos a gobernarnos. Esto no se aguanta más. Son quejas reiteradas que se generalizan. Por supuesto que en muchos casos, estas palabras, están en el plano de la fantasía o de la catarsis. Son pocos los que están en condiciones de irse a otro país. Por idioma, por capacidad técnica o por no alejarse de la familia, no es un tema tan sencillo. Incluso, nada nos garantiza que en otro lugar encontremos mejores condiciones para vivir dignamente y tratar de ser felices. El arraigo, las raíces, nuestro ADN, son muy importantes para saber quiénes somos, que queremos y donde estamos parados. Hay mucha gente exitosa en el exterior que vive añorando su tierra y sus afectos más profundos y que nunca deja de ser un extranjero.

Ojo que con esto no quiero hacer un ensayo sociológico. Porque no me da el cuero y porque este no sería el lugar más adecuado. Solo estoy tratando de que pensemos juntos que nos pasa y porque nos pasa. Y no pretendo tener la verdad revelada ni mucho menos. No soy quien para levantar el dedito y dictar cátedra. Cada uno sabrá cuál es su mejor camino hacia su felicidad y la de sus seres queridos. Porque ese es el gran desafío. Para algunos será peleando en esta tierra para cambiarla, expulsar a los que dinamitaron este país y tratar de ser mejores ciudadanos para tener mejores gobernantes. Y otros preferirán huir despavoridos y probar suerte y construir un destino en otro lado.

Este no es un país de mierda. En todo caso, lo hicieron mierda. Hay un sector importante de la población que está harta. Vamos a decirlo en criollo: muchos compatriotas tienen las bolas por el suelo. Están podridos y por momentos caen en la tentación de bajar los brazos. Es que a cada rato se presentan montañas inmensas que subimos con un esfuerzo terrible y cuando llegamos a la cima, extenuados, resulta que hay un estado que te pone delante otra montaña gigantesca y otra más, y uno no termina nunca de subir la cuesta pese a que las piernas ya no le responden. Cada uno cuando se levanta a la mañana, tiene su propia montaña. Y los dirigentes de todos los ámbitos en lugar de facilitar las cosas, potenciar a los emprendedores e incentivar el trabajo, el esfuerzo y la creatividad, son como decía algún político, una máquina de impedir.

Esto no se puede, señor. Tiene que hacer 150 trámites. Ese expediente no sale, señora. Tiene que dejar plata para los muchachos. El abuso del estado llega a la asfixia brutal: hay 165 impuestos en la Argentina. Una locura. Hay sectores del gremialismo que pisan todos los brotes y no dejan crecer a nadie. Se abusan con sus exigencia y al final se funde o cierra la empresa en la que trabajan. Pan para hoy y hambre para mañana. No son todos, por suerte, pero hay una mayoría de dirigentes que se hacen millonarios con el dinero del pueblo. Son ladrones y mafiosos. Crece el hambre, crece la desocupación y los delitos cada vez son más sanguinarios.

“La inseguridad es una sensación”, nos decía un lenguaraz. “Argentina es un país de tránsito”, repetía y ahora a los narcos los tenemos adentro, bien adentro, prostituyendo todo lo que tocan. Incluso, las respuestas desesperadas de muchos ciudadanos son defenderse como pueden, a los tiros, con rejas por todos lados. Y muchos despreciables, encima, defienden a los delincuentes. El estado te arranca la cabeza con impuestos, te aturde la vida con burocracias y papeles y no es capaz de brindarte los mínimos servicios de seguridad y educación. Otro tema: el desplome de la calidad educativa también resume múltiples causas. Pero el rol del gremialismo docente, castigando todo lo que sea innovación y blindando sus privilegios, son la madre de todas las dificultades que ahora, además, han multiplicado en muchos casos, adoctrinando chicos y jóvenes en lugar de despertarle curiosidad y amor por el estudio.

Este no es un país de mierda. En todo caso, lo hicieron mierda. Si vamos a la historia, seguramente encontraremos hitos de nuestra implosión, de nuestro suicidio colectivo. Los que amamos la democracia, pondremos el acento en aquél golpe de estado de 1930 del teniente general José Félix Uriburu que fue el comienzo de muchas dictaduras posteriores. Los que amamos la República, no podemos desconocer el populismo peronista que sumó derechos, pero que también potenció los autoritarismos, el facilismo, la venganza y las persecuciones. Los que amamos el progreso y la carrera por superarse a sí mismo, observamos que concepciones religiosas masivas fueron poco a poco consolidando el clientelismo, el combate a los que generan riqueza y el resentimiento hacia los que encabezan la locomotora del crecimiento.

Los falsos progresismos de los últimos años, vienen satanizando incluso la meritocracia. Son tan burdos y dogmáticos que creen que el avance social siempre debe ser colectivo e impulsado solamente por el estado que reparte prebendas y planes. Así nos va. Han edificado un drama conceptual que está en las convicciones de muchísimos argentinos: solamente tenemos derechos y ninguna obligación. La obligación es del estado que nos tiene que proveer todo. Y eso ha generado un achatamiento en la curva de los emprendedores y un castigo insólito hacia los que crean fuentes de trabajo. Son tan jurásicos que creen que una sociedad más igualitaria es igualar hacia abajo. En lugar de distribuir la riqueza, como dicen, potencian la pobreza. Se puede ver en todas las estadísticas.

Este no es un país de mierda. Este es un país maravilloso que recibió con los brazos abiertos a mis abuelos que huían del hambre, los nazis y las guerras. Les dio respeto y un lugar para que pudieran pelearla. Desde los conventillos, pudieron convivir en paz y sin discriminaciones con otras clases sociales, razas o religiones. Mis abuelos eran muy pobres y rompiéndose el lomo trabajando pudieron enviar a algunos de sus hijos a la universidad. Y eso que uno vendía pan y facturas por las calles de Córdoba y el otro tenía una mercería en la calle Pasteur, en el corazón del barrio de Once.

Este no es un país de mierda. Este en un país maravilloso que fue un faro en muchos aspectos. No estoy seguro, pero tal vez en algún momento nos comportamos como esos hijos inútiles que funden la empresa próspera que le dejaron sus padres. Nos subimos al pedestal de la soberbia. Nos creímos de verdad que Dios era argentino y que siempre nos iba a salvar una buena cosecha. Nada es para siempre. Hasta los países y las empresas más ricas quiebran si no se les sigue poniendo el combustible del esfuerzo, del sacrificio, de la excelencia, de la honradez, de la solidaridad.

Ningún país, ninguna empresa y ninguna familia, aguanta mucho tiempo la corrupción, la envidia, el revanchismo resentido, la falta de incentivos, la insensatez cotidiana del estado, la mezquindad y la altanería de creernos los más vivos del mundo. Tenemos que recuperar esos valores de nuestros abuelos y nuestros padres. Ellos no merecen que tiremos a la basura de la historia el ejemplo que nos dieron. Este país no debe ser gobernado. Debe ser refundado. No hace falta que miremos modelos extraños ni de otro planeta. Miremos con ojos de hoy y con modernidad, como fue que ellos lograron poner este país de pie y cómo fue que nosotros, lo acostamos en la lona. Refundemos el país desde la periferia al centro. En el interior profundo, los valores, todavía no están tan contaminados.

Mucha gente se quiere ir porque dice que este es un país de mierda. Muchos se quedan y bajan los brazos y dicen: “Yo no me meto más, que se arreglen”. Yo no juzgo a nadie. Cada uno se arregla como puede y hace lo que quiere. Pero tengo la impresión de que la epopeya de refundar la Argentina con los valores de nuestros mayores, puede ser apasionante. Nos puede cargar de épica y energía productiva. Es un trabajo duro, a mediano y largo plazo. No se puede cambiar todo de la noche a la mañana. Son décadas de despropósitos y de creer que la Argentina es de goma y resiste todas las tropelías de los delincuentes, los vagos, los autoritarios y los incapaces.

Pero creo que vale la pena empezar cuanto antes. Tengo la sospecha o la ilusión de que este, no es un país de mierda. Y que podemos hacer mierda a los que lo hicieron mierda. ¿No le parece? Es ahora y es acá.

Soledad Pastorutti suele cantar un tema hermoso llamado “Entre a mi pago sin golpear” que dice: “Fue mucho mi penar/ andando lejos del pago/ Tanto correr/ Pa’ llegar a ningún lado. Estaba donde nací/ lo que buscaba por ahí”.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre