Celebración del locutor

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Hoy es el día del locutor. Y a nuestros hermanos de radio les quiero agradecer por tanto. Todos los años me gusta insistir, corregido y aumentado, con este humilde homenaje. Primero el reconocimiento para ella, la mejor: Marcelita. Ella decía que era la Mascherano de Leuco. Desde que ganó el Martín Fierro fue, es y será, para mí, la mejor locutora argentina. La que con su alegría borra todo lo malo. Ella, está bancando este proyecto llamado “Le doy mi palabra” desde el primer día. Y gran parte del éxito es gracias a su talento. Por eso me toca a mí decirle, gracias Marcelita. Por la buena onda, la buena voz y la buena mina que sos. Hoy me siento el Mascherano de Giorgi. Ella es la joya, nuestro arsenal, la nave insignia como me gusta decirle. Siento que jugamos de taquito. Yo digo: “fíjese Marcela la hora que se hizo y nosotros hablando tantas pavadas” y cien guiños radiales más y ella devuelve la pared redonda como si fuera Bochini. O su admirado Kun Agüero.

La negra, la tana, Rita Mansur, la doctora Cristina, la diputada Diana No escuchen a Lanata, la que es capaz de llevar a radio Mitre en su garganta, igual que el glorioso y certero Héctor Norberto Tricinello al que ya le hicimos un homenaje o ese genio de los tonos y los matices que hace lo que quiere con sus cuerdas vocales y se llama Marcelo Elorza. Confieso que me alegra la vida cada vez que lo escucho decir: “Fuuuutbolll” o “Casanellllo”.

Y me gustaría que este abrazo radial le llegara a todos los locutores porque, insisto, son nuestros hermanos del aire. Son los que alguna vez sintieron algo que les decía que su voz no iba a ser más su voz. O mejor dicho, que sus voces, iban a ser voces por donde otras multitudes de voces se iban a expresar. La voz iba a seguir siendo una voz propia, tal vez la más profunda, pero también la voz de otros. Hoy quiero ratificar esta declaración de amor a los locutores y las locutoras.

La voz de un locutor debe ser clara, precisa y segura. Con eso alcanza, según el manual, para ser lo que se dice, un buen locutor, un buen profesional. La garganta atenta y educada, la modulación correcta. Para leer noticias, mensajes, temperaturas, encuestas, correos electrónicos, tuits, pedidos de sangre, para presentar discos, chivos, reportajes, invitados, columnistas. Todo eso hace un locutor. Pero con eso no alcanza para ser locutor. Para ser duendes de la radio, la radio les pide más.

Por eso le dan a las palabras alas y colores.
Por eso le dan a las palabras aromas y sabores.
Por eso le dan a las palabras volumen y texturas.
Son voces amigas que se alegran y entristecen junto a todos nosotros. Nos hacen compañía, nos dan una mano. Nos soportan a los que integramos ese extraño e incomprensible mundo de los no locutores.
Por eso le dan a las palabras angustias y carcajadas.
Por eso le dan a las palabras dolores y esperanzas.
Por eso le dan a las palabras magia y sorpresas.

Le quiero contar que yo conozco a los locutores. Los espío desde hace años, me siento cerca de ellos. Los he visto nerviosos por algo que no sale. Sanateando porque se colgó la máquina y las noticias que no llegan. Los he visto tentados de risa por un furcio o por un blooper. Los he escuchados decir pavadas. Los he escuchado decir genialidades. Hablo de la asamblea de ratones que convocan con sus cuerdas vocales de terciopelo Nora Perlé o Marcela Labarca, del estilo filoso y chispeante de María Isabel Sanchez, la Negra Verón, Paola Agostino, Mariel Di Lenarda que como Mitre, siempre informa primero y Natalia López, un lujo que juega en todos los puestos y que prácticamente parió a su hija Esperanza acá en la radio. Y aprovecho para decir una vez más la felicidad que me produjo reencontrarme en el aire de Mitre con Andrea Estevez Mirson. Ella reemplazó a Marcela durante sus vacaciones y sembró el estudio de sonrisas y campanas.

Hay que ponerse de pie y sacarse el sombrero para nombrar a los que hacen escuela, como Juan Carlos Pascual. O la personalidad y autoridad de Betty Elizalde, que falleció y se transformó en una leyenda. Celebro la transparencia solidaria de Alicia Cuniverti que aparece en nuestro libro “Cuidáte changuito”. Son todas herederas de Rina Morán, las salieris de Beba Vignola.

Hay tantas voces que han quedado grabadas en la memoria colectiva de la oreja nacional. Y tantos maestros como nuestro bendito Cacho Fontana, el de la perfección del acero, o la sabiduría enciclopédica de don Antonio Carrizo que hoy da cátedra en el cielo de las voces o ese socavón que me estremecía del negro Edgardo Suarez cuando decía: “Hola pariente”. Como envidio esos caños esos verdaderos ductos transformados en parlantes como los de “tero” Ricardo Martínez Puente o del querido Negro Luis Garibotti y las ampollas para el cabello o las pulsaciones milimétricas del Negro Albornoz o el legendario Pancho Ibañez, lo que daría por decir: “Alfajor leuquito… Ya probaste el chiquito, ahora proba el grandote”. O “Señor instalador”.

Son los militantes de la tanda, los que hablan desde las tripas con el tono sobrio cuando una noticia es una tragedia, son los maestros de ceremonia que conducen los programas y dicen lo que sienten y sienten lo que hacen. Nos aceleran el pulso cuando viene un último momento. Nos abren las ventanas con el tono luminoso cuando anuncian el ganador de un viaje, dos entradas para ver a Palito, un campeonato, cualquier nacimiento.

Le hablan a nadie a través del micrófono y la hablan a todos. Multiplican las voces amigas. Andrea Montaldo que es locutora y amiga entre otras miles de cosas, del queridísmo Juan Alberto Badía que tanto extrañamos desde que nos clavaba sus flechas a toda la juventud con Graciela Mancuso haciendo escuela.

Conviví y aprendí durante 15 años con el más grande. Un tal Fernando Bravo que siempre está llegando de San Pedro y que hace 40 años que juega en primera creando los climas más emotivos que conozco. Fernando es orgullosamente locutor. Defiende el carné del ISER con uñas y dientes. Años de viajar en tren y de estudiar para lograr ese bendito título habilitante que logró con Julio Lagos de compañero de banco. Son nuestros hermanos de la radio. Hoy quiero darles un abrazo a todos ellos. Sin ellos no hay radio. Y uno muy especialmente a dos titanes de la comunicación. Por un lado a ese negro inmenso llamado Hugo Guerrero Martinheitz que está en el cielo y al que le voy a agradecer toda la vida que me haya arrancado del periodismo gráfico. Cuando saqué mi primer libro, me hizo tres entrevistas consecutivas de una hora en su programa de televisión. Al final, miró a cámara y dijo: señores empresarios que están esperando para contratar a Leuco para la radio y la tele. Este señor habla con copete. Que ya mismo deje los diarios y las revistas”. Jamás lo olvidaré. Semejante prócer logró torcer el rumbo de mi vida profesional.

Pero ahora me enteré que el Negro querido también fue decisivo para el destino de otro gigantesco locutor que admiro y que lleva en sus tonos el ADN de radio Mitre. Hablo de Juan Carlos Del Missier. Le confieso que me regocijo escuchando a Juan Carlos en “Vivamos la vida”. Hace una impresionante exhibición de recursos para comunicar. Te hace la vida más placentera, reparte el juego con la pelota al pié y juega con las pausas y el volumen de su voz hasta convertirla en un show radial imperdible. Con los mismos malabares y la misma magia que instala en ese horario misterioso de las madrugadas, “De la noche a la mañana”.

Los alumnos del ISER o de las facultades de periodismo deberían escuchar a Juan Carlos Del Missier para saber cómo se fabrica un gran programa en el aire puro de una radio. Tiene un estilo muy popular y para nada chabacano. Me enteré que un día le hizo una entrevista a Martinheitz en su querida provincia de Santa Fé y después, el Negro le dijo que se subiera a su Ford Falcon y lo llevó derechito a la victoria de vivir haciendo radio, lo que más amaba y lo que más ama. Juan Carlos tenía 20 años en ese momento. Se podría decir que Martinheitz lo descubrió. Otro motivo para admirar al Negro y a Juan Carlos en el día del locutor. Guerrero decía que la radio es el teatro de la mente. Es como decir la radio que respira o el micrófono que late.

Feliz día, compañeros. Gracias por todo. Y hasta la próxima tanda. Y hasta la próxima magia.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.