“Apocalipsis y relativismo cultural”, por Federico Andahazi

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La tragedia más grande que podría sucederle al mundo cuando esto pase, es que el mundo siga siendo tal cual era antes de esta pandemia. La peor catástrofe que podría ocurrir en el futuro es que la humanidad decida esconder debajo de la alfombra las causas que generaron esta pesadilla global. 

“Esto va a pasar cada vez con más frecuencia”, se escucha decir al iluminado del momento. “Hay que acostumbrarse a este tipo de episodios”, dice  alguien con actitud de sabio y su voz apocalíptica se multiplica en los medios como una letanía. De acuerdo con esta filosofía de la resignación, los voceros voluntarios o involuntarios del actual statu quo, nos advierten que las potencias no están dispuestas a cambiar absolutamente nada de la forma demencial de producir, de consumir y de avanzar sobre cada rincón del planeta. 

Como en una distopía tantas veces narrada, hemos podido ver cómo florece la tierra sin la actividad humana: las aguas se aclaran, las nuevas generaciones ven por primera vez el cielo diáfano y reaparecen animales en las ciudades. Lo que nos parece una distopía es, en realidad, el orden natural de las cosas. ¿Es tan difícil verlo?

 Nos hemos convertido en una plaga. Después de someter al exterminio a centenares de especies, ahora, por fin, nos encontramos frente al cadalso que nos hemos construido. Se llama ecosistema. Cuando una especie se vuelve una amenaza para la naturaleza, la naturaleza se encarga imponer el equilibrio. ¿Qué parte no se entiende? 

En la base de este desastre está el pacto diabólico que Occidente firmó con China. China, un régimen totalitario en el que convive lo peor de la historia de la humanidad: una cultura de tradición dinástica, monárquica, con inspiración feudal que se ha convertido en el motor del capitalismo salvaje, pero dominada por los dictados del Comité Central de un Partido Comunista único.

 ¿Es casual que el virus haya aparecido en China? Una y otra vez surgen en China distintos tipos de virus: SARS, Gripe Aviaria, coronavirus de diferentes cepas y otras que hoy mismo están mutando. Superpoblada, insostenible, contaminada y controlada con una mano de hierro tan narcisista que supuso que, incluso, podría dominar la naturaleza. 

Hay que decir las cosas como son: la gente no se está muriendo; a la gente la está matando un sistema de producción y consumo demencial. La rueda de la economía enloqueció. No ahora. Lo que sucede ahora nos permite ver la locura en la que vivimos. Nos hemos vuelto esclavos de las incontables porquerías que producimos y consumimos: si dejáramos de fabricar esas baratijas la economía colapsaría y se volvería inviable lo único y verdaderamente esencial para la supervivencia: la producción de alimentos, agua potable y energía.

 En estas épocas se cae la mascarada de una de las farsas más grandes de la antropología amateur: el concepto de relativismo cultural y la condena del mal llamado “eurocentrismo”. A menos que decidamos vivir en aldeas inconexas, hay prácticas que el mundo no puede seguir tolerando. Por ejemplo, que en parte del mundo islámico sea legal lapidar mujeres, obligarlas a andar cubiertas de pies a cabeza o violarlas en manada si alguien decide que fueron infieles. O, para ir al ejemplo concreto del origen del virus que hoy nos tiene encarcelados: las autoridades chinas creen que los controles bromatológicos son una frivolidad de Occidente que atenta contra su honorable tradición de devorar murciélagos, ratones vivos y perros.  Tal vez muchos hayan visto en estos días un video que muestra a un grupo de hombres muy divertidos, mientras comen ratones vivos sentados a una mesa bien servida. Fue esa fantástica tolerancia al relativismo cultural lo que produjo esta peste y sería bueno que los antropólogos sociales o como se llamen tomaran debida nota.

Lo mismo sucede con la democracia. La democracia es un valor relativo, dicen, y las diferentes formas de gobierno, monárquicas, dictatoriales, totalitarias, mesiánicas, personalistas, teocráticas, tribalistas, etc., son todas legítimas en nombre del relativismo cultural. Esa aberración antropológica es el certificado que autoriza “científicamente” a Occidente a negociar con regímenes no democráticos. Por ejemplo, China. Parece que debiera ser natural que las democracias del mundo toleren a la dictadura China, mientras China mantenga encendida la máquina de la felicidad que produce la riqueza eterna y la fuente de dinero: producir barato con carta blanca para contaminar y explotar a los trabajadores y luego vender caro. Pero ahora descubren que China no quedaba en otro planeta y que cuando China estornuda, literalmente, el mundo necesita un respirador artificial.

 Hay algo más preocupante todavía. China no sólo ha sometido a su propio pueblo al terror. Todo el mundo siente un pánico reverencial hacia el “gigante asiático”, ese Frankenstein que ha alimentado Occidente y al que ahora se ha sometido de rodillas. Estoy harto de participar en mesas de debate en las que, cuando uno expresa estas definiciones sobre China, los economistas ponen cara de pánico y ensayan absurdas defensas de la dictadura más grande del planeta. Ahora mismo, nos cansamos de escuchar elogios a China por la forma en que ha encarado la lucha contra el virus, la disciplina férrea, las virtudes de un régimen fuerte, la resolución del gobierno y el acatamiento del pueblo… ¡como si el virus no se hubiese gestado en China precisamente por esos mismos motivos!

Cada vez que un sesudo analista repita con gesto de sabio griego “Tenemos que acostumbrarnos a esto” debemos saber que consciente o inconscientemente, pretende que nada cambie para que unos pocos hagan grandes negocios a costa de la salud mundial.

¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por vivir en un mundo de baratijas chinas? Los gatitos de plástico dorado que saludan maníacamente con el brazo hacia arriba y hacia abajo tal vez sean los sobrevivientes que despidan a esta especie inexplicable que decidió su propio exterminio. 

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