Andahazi: “Alberto, la imagen de un padre cruel”

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El sábado, durante la conferencia de prensa que compartieron el presidente Alberto Fernández, Axel Kicillof y Rodríguez Larreta, pudimos advertir que el presidente está, él mismo, no ya la cuarentena, pasando a una nueva fase.

Se lo vio incómodo, desajustado, y aunque intentó mostrar señales de convivencia amable con el alcaldeporteño, reaccionó de manera destemplada a la pregunta de Silvia Mercado sobre la angustia de la población.

Alberto Fernández no pudo dar una respuesta empática, comprensiva, porque él mismo está superado por la angustia y la ansiedad, aunque lo quiera disimular. Y es razonable. Debería saber que esa misma angustia se multiplica por la cantidad de ciudadanos que debe soportar el aislamiento, la pobreza y la incertidumbre.

Pasan los días. La cuarentena argentina será de las más extensas del planeta, pero con una de las economías más débiles del mundo. Fernández sabe que el manejo temprano de la cuarentena se tradujo en picos de 80 % de imagen positiva al inicio del aislamiento. Pero la situación se va tornando insostenible.

Crecen los contagios, los focos son los barrios más vulnerables de provincia y capital, las economías familiares están exhaustas, la recaudación cayó estrepitosamente y el cansancio de la población se refleja en estados emocionales que el presidente prefiere ignorar.

La respuesta de Fernández en la conferencia fue pre-freudiana; dijo literalmente que “lo angustiante es que el Estado te abandone, lo angustiante es enfermarse”. A juzgar por lo que estamos viendo en los asentamientos de provincia el abandono del Estado se verifica a lo largo de todos estos años y se comprueba en momentos críticos como este.

Fernández parece ignorar la dimensión anímica del ser humano: la angustia enferma, las emociones que no se pueden tramitar efectivamente se somatizan y la población está dando serias señales de colapso.
La ansiedad es un mecanismo que se adelanta al peligro y genera una cantidad de respuestas positivas que buscan la autopreservación y la defensa del grupo.

Debe ser efectiva en tiempos breves de gran exigencia, por eso su exteriorización es exaltada, inflamatoria. Si la ansiedad se prolonga indefinidamente es muy nociva. El presidente debería tener algún especialista en salud mental cerca que le señale que la incertidumbre que están viviendo los argentinos no favorece en nada.

El sistema inmunitario es de los primeros en verse afectados por esta inquietud generalizada que provoca la falta de horizontes.

El comentario destemplado de Fernández tiene varios aspectos: por un lado profundiza la nueva grieta que politiza la tragedia: la de los militantes de la cuarentena contra los que piden que se empiecen a considerar las particularidades de cada zona geográfica, grupos etarios, necesidades especiales, etc.

La semántica no es inocente: quiere verse como el garante de la “vida”, mientras en las villas los más humildes quedan encerrados en guetos infecciosos. Hoy un referente de Barrios de pie declaró: “A la gente hay que escucharla y contenerla emocionalmente, no ponerle un patrullero en la puerta de la casa”.

Si a esta nueva forma de contener la enfermedad le sumamos la escasez de alimentos en los barrios pobres y los tres muertos por violar la cuarentena, el panorama muetra que la angustia que tanto aborrece el presidente es una respuesta natural a una situación de trauma colectivo difícil de gestionar.

Hay un relato edulcorado de la cuarentena en el que las personas se quedan en sus casas, con vínculos familiares equilibrados, con un sueldo, haciendo gimnasia, bricolaje con los chicos, y reparten su tiempo entre las series de netflix y un poco de home office. Esa no es la realidad de la mayoría de los argentinos.

Muchas personas no tienen asegurado el ingreso mínimo, la educación virtual no es fácil, los chicos están cansados y estresados, un importante porcentaje de argentinos vive en espacios reducidos donde cohabitan personas de distintas edades y condiciones. Esto da lugar a problemas en los vínculos que en otra situación se disiparían con facilidad, y hoy, en el encierro, se potencian y complican la calidad de vida.

Hemos hablado mucho de las consecuencias de la cuarentena extendida, sin horizontes. En esta misma columna tratamos las recaídas en adicciones, el desgano y la apatía de los adolescentes que no pueden tener el contacto imprescindible con sus pares, la soledad de los ancianos, la sensación de abandono y depresión; la irritabilidad, el insomnio, la sobre ingesta.

Pero todo esto toma un tinte aún más dramático cuando comprobamos que los que sufren no están en la agenda presidencial. El sufrimiento emocional parece, en palabras del presidente, una preocupación superficial y vacía de gente ingrata que no advierte que le están salvando la vida.

El riesgo del paternalismo, es que la gente perciba al supuesto padre como un tirano. Basta con ver al padre Maduro en Venezuela.