Un año sin la alegría de Sergio

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El sábado, a las nueve menos veinte de la mañana, Guido Valeri me mandó dos fotos y un mensaje. “Un año, hoy”, decía como epígrafe de una de las imágenes donde Guido y yo estábamos con Sergio Gendler. Era una cena de compañeros de trabajo que disfrutábamos de un canje, como corresponde. Estamos riendo y, por supuesto, con una copa de vino en la mano. Esa noche contamos las mismas anécdotas de siempre, nos intercambios chismes del ambiente, nos abrazamos y nos despedimos con besos y cargadas. La maldita pandemia no estaba ni en nuestras peores pesadillas y podíamos abrazarnos y darnos besos en las mejillas como hacíamos la mayoría de los hombres argentinos.

De inmediato subí un comentario a mis redes. Con una foto en la que Sergio está con muletas y ambos jugamos con dos botellas de Fernet. El texto decía así:” Querido Sergio Gendler. Hace un año que nos falta tu risa y tu picardía de rusito bien porteño. Nos quedan tus grandes notas de periodista deportivo, y tus códigos de barrio y amistad. Abrazo inmenso a tu familia”.

Era un humilde homenaje. Pero explotaron las redes certificando una vez más el afecto multitudinario que Sergio había cosechado en vida. En Instagram hubo más de 7.300 likes, en Twitter 73 mil personas dejaron una flor con su mirada y en el tuit del diario de Leuco, hubo 2.300 más. Muchos de ellos pedían que reprodujera la columna que escribí hace un año. Radio Mitre la subió a su página y cuando la escuché, me escuché, confieso que no pude aguantar las lágrimas por su recuerdo.

Muchos me aseguraron que la gran mayoría de los miles y miles de oyentes que por suerte tenemos, no utilizan las redes sociales y que por eso, era necesario que la adaptara apenas para darle actualidad y la pusiera nuevamente en el aire.

Ahí va: Yo veía la cara pícara de Sergio Gendler multiplicarse en TN por mil coberturas periodísticas donde mostraba su carisma y calidez y me resistía a creer que fuera cierto. Aquel día, con un agujero en el alma, hablé temprano con Marcelo Longobardi y no sé cómo pude contener el llanto y el hilito de mi voz. Miré una y otra vez la pantalla de mi teléfono celular y quería borrar para siempre ese mensaje que aún hoy, me hiela la sangre: Sergio falleció a la madrugada.

Sé que Sergio Lapegue se quebró al aire y no pudo seguir al frente de su programa. Son muchos años de ser compañeros de laburo y compinches de sus transgresiones.

En medio del horror terrible que sentimos por la muerte de nuestro querido compañero Sergio Gendler, tengo que agradecerle al Pollo, Sebastián Vignolo. Aquel domingo, subió a recibir su Martín Fierro y le dedicó el premio a él. Dijo lo que todos decimos: que es un amigo que se lo extraña, que es un gran compañero y uno de los tipos más generosos del ambiente. A Sergio lo extrañamos todos los días.

Y lo vamos a seguir extrañando. Bajaba por la escalera con dificultad por el dolor de sus piernas desde la FM 100. Y aparecía en este querido estudio, después de mi columna, cuando habían pasado unos 20 minutos de las cinco de la tarde. Siempre con una sonrisa. Siempre con esa mirada celeste de atorrante simpático y entrador de barrio. Lo cargábamos porque se olvidaba de poner en silencio su celular que chillaba al aire o porque ni sabía dónde había dejado los anteojos. Andahasi alguna vez le prestó sus lentes. Marcela le acercaba la computadora para que chequeara los últimos resultados de la Champion y el aprovechaba para tirarle los galgos por deporte nomás, sin buscar nada más que eso, una galantería para el ego de la Giorgi.

Sergio era un periodista de raza. Desde la cuna. El destino quiso que entrara al mundo del periodismo de la mano de su viejo a la vieja agencia Noticias Argentinas, conocida en la jerga como “Eneá”, a secas. Ahí se formó entre telex y teléfonos. Ahí le picó ese bichito maravilloso del oficio que nos permite estar en el ring side de la historia. Entró al mundo del periodismo de la mano de Felix, su viejo y se acaba de ir del mundo una semana después de la muerte de su viejo. Son extraños los caminos misteriosos que toman la vida y la muerte. Absolutamente desgarradores e imprevisibles.

Me consta que sintió orgullo por su padre cuando le hicimos un humilde homenaje al aire. Fue mi compañero en la revista Goles donde brillaban don Osvaldo Ardizzone y Horacio García Blanco entre otros próceres. Muchas veces me tocó cubrir el vestuario de Boca y Felix Gen hacía el de River. Una vez discutió fiero con Mostaza Merlo y todos los periodistas salimos a defender a un tipo tan noble como Felix Gen. Recuerdo que por radio Rivadavia, solía estar micrófono en mano, Marcelo Tinelli. Era el detrás de la escena de la relación tan cercana con los ídolos del deporte. Sergito enseguida fue Sergio y demostró que sabía encontrar una noticia y un título. Que se ganaba la confianza de los futbolistas por su lealtad a la verdad y por el respeto a su intimidad. Maradona lo tuvo de ladero durante un tiempo oscuro de Diego. Pero Sergio jamás se drogó.

Una vez me dijo: “vi tantos muchachos quebrados por la falopa que no podían comer ni coger y me dio terror”. Juan Román Riquelme se sentía su amigo. Tanto que un par de semanas antes de su muerte, fue a visitarlo al Instituto Alexander Fleming y apareció en el aire de Mitre. Fue una sorpresa, una travesura de esas que le gustaban a Sergio. “Te paso con un amigo”, me dijo y puso al teléfono a Román. De hecho en dos entrevistas que le hizo Gendler, Román renunció a la selección nacional y esas primicias sacudieron el mundo del fútbol. Eran tiempos de Boca. Ahí Sergio conoció de cerca al ex presidente Mauricio Macri que recordó con afecto esos momentos y saludó a su familia. Ivan Pavlovksy, el ex vocero presidencial fue compañero de Sergio en NA.

Sergio fue una estrella durante 20 años en TN y Canal 13. Recorrió el mundo, tomó 600 vuelos, cubrió mundiales, hizo notas memorables: una de las más recordadas fue con el parco y serio Roger Federer. Había sido padre en ese momento y Sergio lo convenció para mostrarse ante las cámaras cambiando los pañales de su bebe. La televisión suiza no podía creer semejante logro.

También demostró su imparcialidad pese a ser un hincha de Boca cabal. Muchas veces lo veía en la platea, en el sector B. Nos sacábamos una selfie con él y mi hijo Diego y decíamos en voz baja: “Aguante boquita”. Era un personaje querible. Por eso lo extrañamos tanto. En los últimos tiempos el maldito cáncer le fue quitando aire en los pulmones y fuerza en su cuerpo. Le costaba ordenar las ideas al salir al aire pero se las rebuscaba muy bien con un esfuerzo titánico. Tuvo unos huevos y un coraje que hay que rescatar. Peleó contra la muerte hasta el último día. “Está enganchado Sergio”, me dijo Mariana y me hizo la seña de entrelazar dos dedos como símbolo. Lo notamos muy frágil y algo confuso.

Después me enteré que tenía unos dolores terribles y que estaba bombardeado de morfina que era lo único que lo calmaba. Sergio iba sembrando alegría por donde caminaba. Con Ronnie Arias en la FM 100, con los chicos de la producción o los muchachos de seguridad o la limpieza. Siempre una broma. En el grupo de Whats App que utilizamos para trabajar el siempre metía algún video en joda. Y si tenía el doble sentido del sexo, mejor.

No quiso decir nada sobre el maldito cáncer de intestino que lo asesinó. Le dijo a un médico amigo: “No quiero que me tengan lástima”. Fue un ejemplo de dignidad ante la adversidad que quedará para su familia. Para Nancy, su joven esposa y para sus cuatro hijas hermosas: Bárbara de 19 años, Ivana de 17, Malena de 8 y Agustina de 6. Me estalla la cabeza de solo imaginar aquel domingo del día del padre con las 4 nenas sin su padre.

Ni ellos ni nosotros todavía lo podemos creer. Nos falta Sergio por todos los costados. El corazón nos late triste y las lágrimas no paran de brotar. Se fue uno de los nuestros. Se sentaba todos los días al lado de Marcela, al frente de Federico y me miraba de frente para hablar de deportes. Pero siempre terminaba con alguna travesura de algún deportista que había producido alguna trampa o alguna picardía con una o varias señoritas. El sobreactuaba su apoyo a esas fiestas eróticas y yo sobreactuaba mi rechazo fingiendo ser más serio de lo que soy. Era un jueguito que hacíamos como meter alguna palabra en hebreo en medio de la charla. Pavadas que suman y potencian un buen clima de trabajo que la gente percibe del otro lado del micrófono.

Nunca supe que desde hacía 19 años tenía una enfermedad de mierda e incurable como el Chrone. La pasó mal en el mundial de Japón porque se olvidó de llevar los corticoides. Eso le fue limando las paredes de los intestinos y lo llevó primero a un cáncer de Cólon pero que Sergio pudo doblegar después de bajar 17 kilos. Pero el maldito cáncer contragolpeó con los intestinos. Me consta que lo combatieron con la mejor medicina y con los sistemas más modernos que tiene un lugar de excelencia como el Instituto Fleming. Pero no hubo caso.

Sergio tenía 52 años, una hermana que vino de Israel y un millón de amigos. Todos fueron muy respetuosos y reservados con la información. Era su deseo y es lo que corresponde por respeto a su familia. Una semana antes, recuerdo que hice la columna de vivir bien para morir bien, porque tenía a Sergio en terapia intensiva en mi cabeza. El vivió bien. Seguramente murió bien. Pero demasiado pronto para nuestro cariño. Tuvo amigos, amores, 4 hijas, un padre del que heredó su oficio y una sonrisa eterna bajo una parva de rulos rubios.

Tiene razón el Pollo Vignolo, extrañamos mucho al Ruso Gendler. Era uno de los nuestros. Se nos fue y se fue algo de todos nosotros también. En el cielo de la buena gente tal vez pueda comer un asado después de los partidos, celebrar un gol de emboquillada y seducir a su esposa. Y si le queda un tiempito, ojalá pueda escuchar este programa de radio que también es y será su programa. Es el director del suplemento de deportes de Le Doy Mi palabra.

Tal vez se encuentre con Felix, su viejo, y otra vez lo lleve de la mano por otro mundo de aventuras. Tal vez se den el abrazo más fuerte del mundo. Y nosotros con ellos. Chau Sergio. Te extrañamos mucho.

Dicen que sus restos descansan en el cementerio de La Tablada. Pero en estos micrófonos, se quedará para siempre.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra por Radio Mitre.