Los banderazos de San Martín

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Todos los 17 de agosto son especiales para quienes sentimos devoción patriótica por don José de San Martin. Pero este lunes, será particularmente trascendente. No solamente porque se cumplen 170 años desde su fallecimiento. También porque una parte importante de nuestros compatriotas, van a protagonizar la historia con un banderazo que será de una masividad pocas veces vista. Como lo decía al comienzo en su convocatoria el querido Luis Brandoni.

Por supuesto que un alarido colectivo de repudio a los atropellos autoritarios y a la búsqueda de impunidad por parte de Cristina, la dueña del poder real en Argentina. Esta manifestación tendrá características únicas. Las imágenes en los libros de historia mostrará a la gente con barbijos para cuidarse y cuidar al prójimo, con distanciamiento social y alcohol en gel en la mano pero con pancartas repletas de exigencias y muchos conceptos que dejó grabado a fuego San Martín en el ADN de la patria.

No habrá banderas partidarias ni gente obligada a participar. No habrá aparatos clientelares ni consignas pre cocidas. Habrá libertad absoluta para que todos digan lo que les dicte su corazón. En la ocasión anterior, el presidente Alberto Fernández dijo que “era gente confundida”, cuando en realidad el confundido es el. Fue el propio presidente el que le pidió a la gente que si tomaba por un camino equivocado, salieran a la calle a decírselo. Y eso está haciendo una inmensa porción de los habitantes de este bendito país. Porque están hartos ya de estar hartos.
“Han encerrado bajo llave el porvenir de la gente”, dijo Santiago Kovadloff en su convocatoria.

“Convirtieron la reclusión en una mordaza de los derechos y de la libertad y han envilecido la palabra con la indecencia”. El filósofo y escritor que mejor analiza lo que nos pasa y porque nos pasa, dijo que estos banderazos “son la puerta de entrada a un civismo nuevo y han convertido a las fechas patrias en algo distinto a un mero feriado.” Kovadloff dijo que esta participación ciudadana viene a traer simbólicamente al general San Martin de su exilio y a tratar de pagar la deuda que tenemos con los padres fundadores de la República.

En las redes, las invitaciones que circulan, que son decenas, en su mayoría citan al padre de la patria que nos puso un sello de identidad cuando dijo que: “Seamos libres, lo demás no importa nada”. Es el cierre de ese extraordinario legado de don José de San Martin. Hablo del corazón conceptual de la Orden General a “sus compañeros del Ejército de los Andes”, en 1819. En este momento, esas palabras, cobran un valor extraordinario: “Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco, no nos va a faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos, los indios: Seamos libres, lo demás no importa nada”.

También dijo San Martín que él y sus oficiales iban a dar “el ejemplo en las privaciones y el trabajo y que prefería la muerte a ser esclavo”. Con ese espíritu parte del pueblo se está auto convocando para el lunes que viene. Con la firmeza de saber que: “Cuando la patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla” y con ese combate al silencio cómodo y cómplice porque todos aprendimos que “Hace más ruido un hombre gritando que cien mil que están callados”.

Esta vez no será un hombre gritando. Serán miles y miles. A lo largo y a lo ancho de toda el mapa nacional.

Las demandas están muy claras:

• Libertad absoluta, sin autoritarismo patoteros y mafiosos.
• División de poderes y basta de atropello a la justicia.
• No a la impunidad de ningún delincuente. Juicio, castigo y condena para Cristina, su familia y sus cómplices del Cartel de los Pingüinos.
• Basta de defender y liberar a los delincuentes mientras aumenta la crueldad de los crímenes y los robos.
• Volver con responsabilidad y protocolos a la actividad económica y educativa que evite que la gente se derrumbe por el hambre y que sus sueños de progreso se evaporen en el aire.
• Respeto por los que piensan distinto y límites para los que estigmatizan con mentiras cualquier disidencia.
• Final de la asfixia impositiva que no permite la movilidad social ascendente y que nos estanca eternamente en la emergencia de la dádiva.
• No a la reforma judicial que la mayoría de los jueces y fiscales rechazan y que tiene un solo objetivo: evitar que Cristina vaya a la cárcel.
• Respeto por la integración de la Corte Suprema y frenar los intentos chavistas de buscar mayorías automáticas para hacer lo que se les de la gana.

Don José de San Martín es, por lejos el argentino más grande de todos los tiempos, el padre de la Patria. Cruzó la imponente cordillera de Los Andes a un promedio de 3.000 metros de altura y con 5.200 soldados llenos de coraje y patriotismo pero con graves dificultades de todo tipo. Fueron constantes los problemas de alimentación, de traslado y de vestimenta que padecieron. Tenían 10 mil mulas, 1.600 caballos, 600 vacas, 22 cañones, 5 mil fusiles, 900 mil cartuchos, 1.100 sables y unos corazones así de grandes. Es que el motor emancipador fue más fuerte. Liberar al continente era una utopía en marcha.

Por eso hoy lo necesitamos más que nunca. ¡Qué bien que nos vendría en estos tiempos de cólera y twitter su sabiduría y su coraje patriótico! Qué bien que nos vendría que bajara del bronce o se escapara de los libros para darnos cátedra de cómo ser un buen argentino sin robar ni perseguir a nadie ni sembrar el odio entre los hermanos. Porque todavía vive en el corazón de los argentinos. Porque todavía lo necesitamos para recuperar la confianza en nosotros mismos.

Hablaba un poquito con la zeta producto de los 25 años que pasó entre españoles y, por pedido de la tropa, no era extraño verlo al lado del fogón, cantando y pulsando la guitarra. Se hacía respetar y ejercía el mando con firmeza porque daba el ejemplo de valentía y como estratega. Pero nadie le quitaba el placer de comer un puchero, charlando con el cocinero sobre los secretos de los aromas y los sabores o comer un asado a cielo abierto en plena cordillera de los Andes. Mientras, la cruzaba en mula, en caballo o en camilla en la más grande epopeya americana que se recuerde. Solía abrir los bailes con el minué porque era un prócer de carne y hueso. Tanto que don José, tenía fama de don Juan. San Martín, al revés de los Kirchner, era austero y honrado hasta la obsesión. Incluso le hizo quemar a su esposa Remedios los fastuosos vestidos de Paris que tenía porque decía que no eran lujos dignos de un militar. Manejó cataratas de fondos públicos y murió sin un peso.

En su testamento se negó a todo tipo de funerales. La muerte lo encontró en el exilio, casi ciego, muy lejos de Puerto Madero en todo sentido. Permítame un comentario dolorosamente irónico: igual que ahora, ¿No? Usted me entiende. Don José de San Martín fue un ejemplo de rectitud cívica en tiempos de traiciones, corrupción y contrabando. Enseñó a no discriminar predicando con el ejemplo: creó el regimiento número 8 de los negros y después les dio la libertad tal como se los había prometido a sus queridos faluchos.

Estamos hablando de alguien que como primer acto de gobierno en Perú aseguró libertad de prensa y decretó la libertad de los indios y de los hijos de esclavos y encima redactó el estatuto provisional, un claro antecedentes de nuestra Constitución tan humillada durante demasiado tiempo. Su gran preocupación fue no concentrar el poder y por eso creo el Consejo de Estado y se preocupó para que el Poder Judicial fuera realmente independiente.
Qué bien que nos vendría ahora ese San Martín convencido de que la educación era la forma más profunda de soberanía. Decía que la educación era más poderosa que un ejército para defender la independencia. Es que San Martín era un militar y un guerrero de una capacidad extraordinaria. Pero también un demócrata cabal.

El principal lema de la Logia Lautaro que el redactó dice textualmente: “No reconocerás como gobierno legítimo de la patria sino a aquel que haya sido elegido por la viva y espontánea voluntad del pueblo”. San Martín era el que se bancaba con una valentía increíble su solitaria lucha contra el asma y el reuma. El que se levantaba tempranísimo para poder tolerar sus úlceras gástricas que lo llevaban a fumar opio para calmar los terribles dolores que tenía.
San Martín es el padre de la patria y nosotros, sus hijos, debemos honrar su memoria tratando de multiplicar sus valores y de construir una Argentina a su imagen y semejanza.

Llegó la hora de ponernos de pié. Ya pasaron 170 años de su muerte. Tenemos que hacernos cargo y juramentarnos. Es la ley de la vida. Sin nuestro padre tenemos que construir una patria justa para nuestros hijos. Ese espíritu flotará el lunes entre los banderazos celestes y blancos. Y, como dice la Marcha de San Lorenzo, “nuestros granaderos aliados de la gloria, inscriben en la historia, su página mejor”.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre.