La última muerte de Maradona

1978

El mito y la leyenda de Diego Maradona nacieron aquél día en que una enfermera lo retiraba de la Selección para siempre. Lo dejaba sin fútbol, su gran amor y sin motivos para seguir viviendo. Que descanses en paz.

Por Rodrigo Calegari (*)

Después de la conmoción, viene el sentido común. La pérdida es demasiado grande y como toda pérdida grande tendrá que convertirse en duelo. Los que tuvimos la suerte de verlo jugar jamás vamos a olvidar lo que Diego Armando Maradona fue adentro de la cancha, eso nadie lo discutirá jamás, ese mito viviente nació hace más de 25 años cuando una enfermera rubia se lo llevaba del brazo y lo dejaba sin la Selección para siempre.

Diego Maradona se despidió así de la Selección. Le cortaron las piernas y se le rompió el corazón.

Aquel día no sólo le cortaron las piernas, también le mutilaron el corazón que ya no soportaría la presión de millones y millones de argentinos que nos descansábamos en Maradona para cumplir nuestros sueños. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha” , dijo en su despedida oficial de la Bombonera y que “quisiera que este amor no terminara nunca”. Y ese amor nunca terminó, se ve en las multitudes que pasan frente al féretro para decirle gracias, gracias, gracias.

Esa fue para mí la verdadera muerte de Maradona. La que lo que convirtió en mito y en una leyenda. Sin la Selección, Maradona nunca más pudo volver a ser feliz, ni con el buzo de técnico, ni con Messi en el equipo.

Después llegó la seguidilla de excesos que lo pusieron cara a cara con la muerte.  Pero una y otra vez pudo gambetearla.  En Punta del Este, en el Güemes, en la “pocilga” de Ituzaingó o en Cuba. Maradona jamás volvió a sonreír como cuando tenía el brazalete con la C de capitán bien grande, al único que le quedaba chica y apretada.

Ese día del doping fue el mismo día que murió mi papá, me avergüenza decirlo, pero el dolor fue paralelo, equiparable. Ese amor tan grande había generado Maradona en mi vida y la de mis amigos que era como uno más de la familia. No para el afuera, pero sí en mis adentros: con ese doping se moría también una parte importante de mi historia, se moría el hombre que nos había demostrado que nada era imposible, que se podía regresar de cualquier adversidad. Que, con esfuerzo y fe en nosotros mismos, podíamos dejar desparramados al puñado de rivales que nos pusiera la vida. Que se podían cumplir los sueños, fueran uno o dos.

Me costó amigarme con Maradona después de esa frustración. Como otros 30 millones de argentinos yo también tenía toda mi fue puesta en esa zurda, en ese carácter inigualable que contagiaba al resto. Primero le eché la culpa a la FIFA, después a la AFA, pero con los años entendí también que el culpable de los destinos de Maradona era Maradona. Que la pelota no se mancha, pero se embarra, se moja y se nos escapa.

Lo vi jugar en cancha de Vélez, de Ferro, de River, de Independiente, de Boca. Disfruté como nadie viendo sus gambetas y sus lujos. Me olvidé de los colores para seguir la campaña del 81. Lloré cuando lo rompieron todo en Barcelona, me emocioné con el amor de los napolitanos y en México, me hizo el hincha más feliz del mundo. Su reinado era nuestro reinado, éramos los mejores del mundo gracias a Diego. Maestro inspirador de los sueños de todos.

Me volví a enojar con la FIFA en el 90, porque estaba convencido de que nos habían robado, pero nunca fui capaz de reconocer que un gol con la mano es trampa y una mano en el área propia, es penal, como la de Maradona contra Rusia en las narices del árbitro. Diego estaba más allá del bien y del mal porque era el bien y el mal al mismo tiempo.

La profesión nos puso cara a cara, en la etapa del Diego triste. El genio del fútbol mundial se convirtió en un mortal, que estaba solo, triste y deprimido. Que no podía vivir de los recuerdos ni convivir con sus fantasmas. Y que le tenía pánico al olvido.

Varias veces estuvo al borde de la muerte, en Punta del Este, cuando llegó al Güemes en ambulancia, cuando lo salvaron en una salita de Ezeiza porque “se nos iba”, como me dijo esa noche el doctor Cahe.

Lo vi morir y resucitar muchas veces, pero cada muerte le iba dejando más signos de tristeza. Y más certezas de que el final estaba cerca. No queríamos verlo morir, queríamos que siguiera gambeteando a la parca. Pero se le hizo difícil la vida con el corazón roto.

Por eso, aunque me duela, no me sorprende esta última muerte. Las depresiones, los excesos y las miserias de sus entornos, la fueron convirtiendo en anunciada. Porque el barrilete cósmico, el más grande, ya era para mí una leyenda, un mito viviente, un inigualable, desde aquella tarde triste que una enfermera rubia se lo llevaba de la cancha para siempre.

Habrá solamente que acostumbrarse a las ausencias. Y agradecer por haber tenido la fortuna de ver al artista, al mejor Diego. Ese que es inmortal desde hace tiempo.

(*) Columna publicada por Rodrigo Calegari en Notas de Actualidad.