Crónicas de guerra: De Hipócrates a Favaloro

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Parte diario: 820 contagiados. 23 muertos. 228 recuperados.


Le confieso que cada día que pasa siento más admiración por lo médicos y por todos los trabajadores de la salud. Hay un video que me conmovió hasta las lágrimas. No sé si lo vieron. Un médico regresa a su casa. Se lo ve agotado, después de una jornada interminable y estresante. Llega con su guardapolvo celeste y su hijito de 4 o 5 años va a buscarlo corriendo con los brazos abiertos para abrazarlo. “No, no”, le grita el médico para evitar que su hijo lo abrace. El nene se queda paralizado del susto. No entiende nada. Se congela su alegría por la llegada del padre al que seguramente ve muy poco. El padre se pone en cuclillas y se larga a llorar. Es desgarrador. Después de dar una batalla desigual y descomunal, ese doctor no puede tener ni siquiera el bálsamo de un abrazo y un beso de su hijito.

Guillermina Peralta es enfermera de cuidados intensivos del hospital San Martín de La Plata. Llega a su casa, se saca los zapatos, los rocía con alcohol y los deja en el patio. Coloca su uniforme en una bolsa y se mete en la ducha sin tocar a sus dos hijos. Deja que el agua caiga sobre su cabeza y muchas veces, se quiebra y llora. Tiene miedo de quedarse sin insumos o elementos para protegerse. Siente temor de contagiar a los chicos y por eso ya decidió que si se contagia, la cuarentena la va a hacer lejos de Milagros y Matías. La desgarra cuando ellos llorando le piden que no vaya a trabajar. Pero ella dice yo estudié para esto, esta es mi vocación, no puedo aflojar en el momento que más me necesitan.

O, el caso de la doctora Nancy Trejo, la directora del hospital Perrando en Chaco. Peleaba con todas sus fuerzas contra el maldito Covid-19 y ahora se contagió ella. Pasó de atender enfermos a ser una enferma a la que hay que atender. En esa provincia hay 63 contagiados y 12 trabajan en ese sanatorio. Pero no todo es doloroso. Anoche vivimos algo absolutamente esperanzador. La doctora Yael Zaín que tiene 28 años, contó en Ezeiza que 121 médicos y otros profesionales de la salud habían llegado desde Suiza. Estaban repartidos en varios países de Europa pero básicamente en España. Todos quisieron volver a ayudar a su gente. Sintieron el llamado de su tierra y de su sangre. Y decidieron volver. Algunos estaban haciendo post grados en universidades, otros estaban aprendiendo especialidades en los mejores sanatorios del mundo, todos jóvenes que estaban en Europa para ser mejores y no de turismo. Se comunicaban mediante un grupo de Wasap. Se dieron manija. No era fácil pero encontraron un embajador en Zurich como Luis María Kreckler que negoció que un vuelo que venía a repatriar suizos, en lugar de viajar vacío, llevara a estos muchachos y muchachas, mayoritariamente médicos que querían sumarse a la lucha contra el virus.

La Corporación América de Eduardo Eurnekian fletó un vuelo chárter para que fueran desde Madrid a Zurich. Hay médicas, enfermeros, bioquímicas, obstetras, anestesistas, kinesiólogos que hacen reanimación o maniobras en el respirador artificial. Todos querían hacer patria. Y lo lograron. Llegaron anoche. Van a tener que ir a la cuarentena obligatoria de 14 días y después, cada uno a su salita de primeros auxilios, sanatorio, hospital o cualquiera de las trincheras que encuentren para sumarse al ejército de la Salud. Contaron que nadie los obligó ni se los pidió. Volver a su país a colaborar es lo que les salió del alma. Por eso nos provocan mucho orgullo. Llegaron alegres, con sus camperas y sus valijas de colores.

Luciano Castro, María Echeverría y Ernestina Angarola participaron con Yael de la conferencia de prensa anunciando esta maravillosa y luminosa noticia. Los periodistas, que siempre son tan escépticos y duros, terminaron aplaudiendo y desatando las lágrimas de todos. No es la primera vez que en esta pandemia le hablo de los médicos y seguramente no va a ser la última. Hace unos días le comenté que después que termine la batalla, hay que encarar la jerarquización económica y profesional de esta gente a la que tanto le debemos. No quiero caer en patrioterismo barato ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Ojalá esta siembra directa de compatriotas con vocación y amor al prójimo permita una cosecha de muchos Favaloros. Ojalá.

La leyenda del doctor René Gerónimo Favaloro es la que inspira a muchos. Por ejemplo al doctor Alberto Crescenti. Tiene 67 años de los cuales, 40 son de médico y lleva 21 al frente del SAME que seguramente debe ser el organismo estatal más eficiente de la Argentina. Todo el mundo conoce y vio en acción a las ambulancias del SAME, las siglas del “Sistema de Atención Médica de Emergencia”. Están en operaciones las 24 horas, como siempre, pero ahora son una especie de avanzada, de infantería. Son los primeros que llegan. Estuvieron entregando todo en las peores calamidades que tuvimos que sufrir. Sacando heridos de los escombros en los atentados a la embajada de Israel y la AMIA; jóvenes quemados en Cromagnon, asfixiados y fracturados en el siniestro de Estación Once y bomberos heridos de gravedad en Iron Mountain. No tienen horarios. Crescenti no es un general de escritorio.

Siempre está en el terreno y va al frente de su equipo. Por eso tienen tanta mística. Por eso soportan tanto dolor de ver tanta gente muerta. Y ahora están a full. Muchos, ni siquiera vuelven a sus hogares para no contagiar a su familia. Crescenti es el capitán de un equipo de médicos, enfermeros, radio operadores, choferes. Hace mucho que vienen sumando los últimos avances en emergencias. Y eso se nota ahora con la pandemia. Tienen 25 ambulancias y ya compraron 6 más con pintura nano tecnológica y luz ultravioleta que les permite desinfectar el habitáculo en 15 minutos y estar separados del chofer. Cuentan con el escuadrón aéreo, dos helicópteros que aterrizan en cualquier lado para salvar vidas. Crescenti en situaciones como estas, no puede ni dormir. A toda hora le suena el celular y el alerta rojo. Pero cuando alguien llama al 107, todo se pone en marcha como un mecanismo de relojería. Nada puede fallar.

Crescenti, mirando lo que pasa en Italia y España, tiene una pesadilla que no quiere que se haga realidad: que un día tenga que tomar la cruel decisión de elegir a quien lleva al respirador y a quien lleva a la morgue. Están siempre de guardia en la vigilancia epidemiológica. Trabajaron horas y horas a destajo cuando llegó el Buquebus con el joven infectado, según contó el colega Sebastián Clemente. Trasladar, asistir, revisar, comprobar la gravedad, son todas tareas ineludibles. La emergencia es cuando alguien llama con extremas dificultades respiratorias. Ese es un síntoma clave del Coronavirus. “Me ahogo, no puedo respirar”, dice la gente desesperada. Y allí parte la brigada de Crescenti. Para tomar la fiebre y hacer un hisopado. Para evitar que el coronavirus se confunda con una neumonía o una bronquitis severa. Reciben 6 mil llamados por día. ¿Escuchó? Seis mil llamados por día. Viven a tres metros del suelo. Pero es una vocación profunda y valiente, Como la del bombero o el policía. Crescenti perdió a su padre cuando tenía apenas 10 años y desde entonces se mira en el espejo de Favaloro, como si fuera un padre adoptivo, un ejemplo.

Ama las novelas policiales de Sherlock Holmes y Agatha Cristhie, que le ayudaron en el arte de la observación, las deducciones y las pesquisas. Creo que Favaloro e Hipócrates estarían muy orgullosos de Crescenti, de los médicos que vinieron de Europa, del que llega a su casa y no puede abrazar a su hijo, de la enfermera de la Plata y la directora del hospital de Chaco y de todos los exponen su vida para salvar la nuestra. Se considera a Hipócrates como el médico más grande de toda la historia.

Su juramento fue cambiando de palabras con el tiempo. Pero alguno de sus viejos párrafos sigue teniendo una vigencia ética conmovedora. Uno dice así: Respetaré a mi maestro de medicina tanto como a los autores de mis días, compartiré con él mis bienes y, si es preciso, atenderé a sus necesidades; consideraré a sus hijos como hermanos y, si desean aprender la medicina, se las enseñaré gratis y sin compromiso”.

O este: “Dirigiré el régimen de los enfermos en provecho de ellos, según mis fuerzas y mi juicio, y me abstendré de todo mal y de toda injusticia. Pasaré mi vida y ejercitaré mi arte en la inocencia y la pureza”. Si cumplo este juramento sin infringirlo, seré honrado siempre por los hombres; si lo violo y soy perjuro, que mi suerte sea la contraria”.

Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.