Belgrano, a 250 años

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Esta columna está dedicada a los dos bomberos voluntarios que murieron ayer. Ariel Vázquez y Maximiliano Firma Paz, entregaron su vida sin pedir nada a cambio. Su valentía y solidaridad hacia los demás, fue el corazón de su vocación y su máxima entrega. En momentos terribles como estos nos abrazamos con sus familias y sus compañeros, compartimos su dolor y comprendemos el nivel de patriotismo de algunos servidores públicos que no valoramos lo suficiente.

Hoy en homenaje a Ariel y Maximiliano, va esta reflexión sobre uno de los más grandes patriotas que ha pisado esta tierra. Hablo de Manuel Belgrano. Y de paso le digo que hoy se cumplen 250 años de su nacimiento y sin embargo, creo que lo necesitamos más que nunca. En nuestra patria hay una grieta cargada de odio que hace necesaria la presencia o el recuerdo vivo de los imprescindibles, como don Manuel Belgrano.

Son tantas las mentiras de los ladrones y autoritarios que vienen por todo, que vale la pena aportar una mirada sobre la dimensión política de patriota que tuvo Belgrano. Mucha gente no lo recuerda pero Cristina llegó a comparar el venerable general Belgrano con Néstor, su marido que fue el jefe de la asociación ilícita del robo del siglo al estado. Un verdadero despropósito. Son justamente lo opuesto.

Por eso, si me permite, Don Manuel, me gustaría decirle una vez más que usted es el espejo en el que todos los funcionarios argentinos deberían mirarse. Porque usted hizo el camino inverso de tantos políticos corruptos. La mayoría llega pobre a la función pública y sale rico. La mayoría se enriquece ilícitamente. Su biografía demuestra que usted hizo todo lo contrario. Nació rico. Nació en cuna de oro porque su padre era un importante comerciante.

Por eso pudo acceder a la educación a la que accedió. Por eso Salamanca, Valladolid. Pero se pasó la vida repartiendo su fortuna entre la gente común. Y murió pobre. Se empobreció lícitamente. Se convirtió en una bandera de austeridad republicana. Usted, justo usted, que es el creador de la bandera convirtió su trayectoria en una bandera y su cuerpo en el abanderado de los mejores valores que debe tener un hombre público que está obligado a servir a su comunidad. Por eso creo que llegó la hora de pedirle perdón.

Mil disculpas, Manuel Belgrano. Ojalá nos perdone. Y si me permite, como una manera de desagravio, me gustaría decirle gracias por todo lo que hizo por nosotros. Le decimos gracias por haber protegido siempre a los más desprotegidos, a los más humildes, a los ancianos, a las mujeres y a los indios. Por haber impulsado siempre el progreso y el bienestar de la gente. Por darle a la tierra el carácter de generadora de riquezas y haber inventado el impuesto a las tierras improductivas. Progresismo puro. Ética republicana.

Gracias por grabarnos a fuego en nuestra identidad esa frase maravillosa que dice que el sentimiento de libertad es capaz de transformar en héroes a los ciudadanos más simples. Gracias por su combate permanente contra los monopolios y todo tipo de autoritarismo. Por haber sido miembro del primer gobierno patrio. Por defender la libertad de prensa y la modernización. Por haber traído de Europa las ideas más avanzadas de soberanía y emancipación y las tres vigas maestras de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Gracias por la inmensidad de su cultura. Por hablar y leer perfectamente en inglés, francés, italiano y latín. Gracias por haber redactado junto a Mariano Moreno el Plan Revolucionario que se presentó a la Junta. Gracias por decir que la patria es educación.

Por haber donado sus sueldos para construir la biblioteca pública y varias escuelas que se construyeron 170 años después. Gracias por el coraje de haber combatido en las invasiones inglesas como sargento mayor del regimiento de Patricios y por convertirse en general de la Nación cuando su formación era de abogado, economista, diplomático y periodista. Pese a todo no dudó en tomar las armas y las estrategias militares para defender esta bendita tierra.
La patria que Belgrano nos legó. Jorge Luis Borges lo sintetizó con su genialidad: Nadie es la patria. Todos lo somos. La memoria de Manuel Belgrano debería ayudarnos a construir un país mejor, más justo, más igualitario, con menos pobres y desocupados y con más honradez y diálogo. Un país en el que solo queden afuera los corruptos y los golpistas. ¿Es tan difícil comprender lo simple? Millones de argentinos de buena voluntad quieren construir ese país.

Con el respeto sagrado a la división de poderes para no pisotear la Constitución que es nuestra Biblia laica. Eso es independencia. No depender de nadie, no ser cliente de nadie y no dejarse extorsionar por nadie. No arrodillarse ante nadie y no hacer arrodillar a nadie. Para eso se me ocurre jurar por tres compromisos:

1) Extirpar el cáncer de la intolerancia. Sacarlo de nuestro cuerpo social antes que haga metástasis y se convierta en odio eterno. Comprender que la diversidad de miradas es un activo, que el pensamiento del otro nos hace mejores y que no es un enemigo el que piensa distinto. Debemos disfrutar de ese aprendizaje permanente que es la convivencia pacífica entre nosotros y con otros pueblos del mundo.

2) Ser solidarios hasta que duela, como decía la madre Teresa. Comprender que nuestro vecino es nuestro hermano, nuestro compañero de ruta, la persona con la que debemos edificar, codo a codo, un mejor barrio, una mejor ciudad y un mejor país que lata con orgullo en nuestro pecho. Ojo que no hablo de caridad, hablo de justicia social. De igualar las oportunidades educativas para lograr esa famosa movilidad social ascendente que nos hizo reconocidos en el mundo.

3) Pensar la patria no solo como padre. Como pertenencia. Una patria que no sirva como escudo de los fanáticos y mentirosos. A esos que dicen que hacer patria es matar a alguien. A esos que Dios y la Patria se lo demanden. Que sean expatriados y nunca repatriados. Yo no quiero la patria dividida en adjetivos ni en corporaciones. Que sea la patria de nuestros padres y la de nuestros hijos. Que los patriarcas nos ayuden. Que nos sostengan como lo vienen haciendo desde el origen de la patria en aquella Plaza de Mayo o en la casa tucumana de doña Francisca Bazán. Belgrano nos dio una sola bandera como el cielo refulgente, ostentando sublime majestad, después de haber cruzado el continente, exclamando a su paso: ¡¡Libertad, Libertad, Libertad!!

Don Manuel Belgrano, gracias porque le salvó la vida a la esposa y a la hija del general San Martín. Ojalá alguna vez nos perdone que lo hayamos dejado morir en la más terrible de las miserias. Vencido por las enfermedades y con el único tesoro de su reloj personal para recompensar al médico que lo asistió hasta el final. Le confieso que me produjo un desgarro en el alma cuando leí que su cuerpo estuvo ocho días sin poder ser sepultado por falta de dinero. El mármol de una cómoda de su casa sirvió de lápida para identificarlo.

Sus restos descansan en el atrio del convento de Santo Domingo y su monumento fue construido con el aporte del pueblo. Manuel cohesiona a los argentinos detrás de su ejemplo. Es una figura casi indiscutida como emblema del país que queremos. La etimología de la palabra bandera lo dice todo: viene de banda, de lazo que amarra, que nos liga y nos mantiene estrechamente abrazados. Nos une en nuestra identidad.

Siento vergüenza histórica retroactiva. or todo lo que no hicimos a su imagen y semejanza y porque aquel reloj de oro y de bolsillo que usted recibió del rey Jorge III de Inglaterra y que se lo entregó en su lecho de muerte al médico escocés Joseph Redhead fue robado hace 13 años del Museo Histórico Nacional.

Por eso perdón y gracias, don Manuel Belgrano. Gracias por la escarapela y por la bandera. Y sobre todo gracias por enseñarnos con la enseña que Belgrano nos legó que la lucha por una patria más justa es la verdadera bandera idolatrada…

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre