Andahazi: “Vacuna y negocios chinos”

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La semana pasada, envueltos todavía en el entusiasmo por la noticia de que el laboratorio Astra Zeneca y la Universidad de Oxford ingresaron en la Fase 3 de la vacuna para Covid 19, iniciamos un recorrido a través de la historia de las vacunas en nuestro país.

No es casual que la Argentina sea uno de los países que tendrá a cargo la producción de la vacuna. Tenemos una extensa tradición en materia de vacunación pública y prevención de enfermedades infecciosas desde hace más de 200 años, antes inclusive de que este país fuera independiente.

Tal como dijimos, la ciencia entró en una carrera en la que hay colaboración pero también una gran competencia internacional. Encabezar el podio de los países que salvaron a la humanidad de la pandemia del 2020 es un trofeo muy atractivo para las principales potencias del mundo.

Vladimir Putin se quiso colar delante de la sociedad anglo-sueca, y levantó la mano para anunciar la vacuna del laboratorio ruso Gamaleya, que, pequeño detalle, evitará la fundamental y trabajosa fase 3. Pero el líder ruso usó a su propia hija como cobayo, sin saber aún si tiene efectos adversos y si es realmente eficiente.

La otra potencia que anunció dos vacunas en fase 3 es China. Cuna del Covid19, China fue la primera en decodificar este particular coronavirus, aunque demoró en darlo a conocer a Occidente, y hoy se presta a testear en voluntarios argentinos dos preparados: uno desarrollado por el laboratorio SinoPharm y otro que ingresa al Anmat para su aprobación, elaborado por el laboratorio Cansino.

La vacuna de Sinopharm viene del epicentro del desastre: Wuhan, y a juzgar por el precio, los chinos no esquivan el negocio. Mientras Alberto Fernández anunció en conferencia de prensa la semana pasada que la vacuna de AstraZeneca le costaría al Estado argentino 3 o 4 dólares, la vacuna china de SinoPharm tendría un valor 5 mil por ciento mayor, o sea casi 150 dólares.

Xi Jinping se frota las manos: Latinoamérica es uno de los territorios más castigados por el Covid, ahora será por este motivo el mejor lugar donde testear las vacunas, y luego, por supuesto, se convertirá en un mercado cautivo, en muchos casos con gobiernos dispuestos a hacer negociados opacos.

En tanto, en Wuhan ya celebran fiestas electrónicas masivas en piletas de natación multitudinarias, mientras nosotros todavía no podemos visitar a nuestros padres o abuelos.

Pero volvamos al siglo 19, cuando las cosas eran mucho más difíciles. La semana pasada contamos el fallido primer intento del Dr. Cosme Argerich, el primer científico argentino en importar vacunas británicas contra la viruela en 1805.

Argerich abrió las puertas de su casa-consultorio para vacunar gratis a sus compatriotas, pero tanto era el temor, que sólo acudieron doce personas. 1810 fue un año crucial para nuestro país. Las vacunas eran en ese momento una promesa del pensamiento iluminista contra el oscurantismo medieval, vivo a pesar de los siglos.

La viruela se multiplicaba conforme crecían los centros urbanos. Entonces fue una prioridad establecer un plan de vacunación según las nuevas tecnologías que llegaban de Europa.

Pero claro, en medio de las luchas por la Independencia era complicado educar a una población a la cual el principio de la vacuna le era completamente desconocido.

Superados los años más convulsionados, el incipiente Estado volvió a tratar el tema de la vacunación. La viruela no solo mataba a muchísima gente sino que eran cientos de miles los que quedaban ciegos o con terribles secuelas de por vida.

En 1813 el cura médico Saturnino Segurola publicó en la Gaceta de Buenos Aires el reglamento en el que le explicaba a la gente el peligro de la viruela y la necesidad de acudir a las “Casas de vacuna” para recibir el “fluido vacuno”.

Así y todo, la resistencia era enorme; las personas de a pie no confiaban en esas extravagancias modernas y evitaban ser inoculados. Algunos años después Rivadavia, por entonces ministro de Martín Rodriguez entre 1821 y 1827, le dio un verdadero impulso a la vacunación.

Rivadavia reemplazó el viejo Protomedicato por instituciones de peso y prestigio: creó la Facultad de Medicina, el Tribunal de Medicina, el Hospital de mujeres y la Casa de Partos.

Otra medida fundamental de Rivadavia fue la descentralización de la vacunación: cada gobierno de provincia debía contar con una oficina vacunatoria. Aún así resultaba dificilísimo llegar a toda la población para inmunizarla.

Poco tiempo después el país entró en una lucha interna que hizo más complicada la instalación de una política de salud pública y eficaz.

Por ahora dejamos acá, mañana te sigo contando como sigue la relación de la Argentina y las vacunas que nos permiten hoy contar con uno de los mejores programas de vacunación gratuitos del mundo cuando todavía Alberto Fernández ni siquiera había nacido.

Y, no, los planes de vacunación tampoco fueron un derecho legado por Perón.