Andahazi: “El miedo y el virus”

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En las columnas de psicología de los martes venimos hablando de las nuevas situaciones que impone el aislamiento y las amenazas de la pandemia. La vida de todos cambió; por más que estemos trabajando en algún rubro exceptuado, nuestra vida se modificó en cientos de aspectos.

Desde las rutinas cotidianas, hasta las cosas que pensamos y nos preocupan. Nuestras preocupaciones cambiaron, desaparecieron o al contrario, se intensificaron. De esto me quiero ocupar hoy: de los temas nuevos que de pronto nos ocupan el pensamiento y despiertan emociones intensas.

Veremos si la cuarentena tiene bien puesto su nombre o excederá los 40 días. Todavía no lo sabemos. Muchos se encontraron con un nuevo tiempo “libre” durante el cual desarrollar intereses tantas veces postergados: leer, ver películas y algunos hobbies que ocupan a tanta gente. Pero muchos otros, sienten que no es tiempo libre, sino tiempo muerto.

En medio de series, gente que no se saca las pantuflas, clases de yoga online y tareas virtuales de los chicos también surgen sentimientos difíciles de gestionar, por lo que he recibido muchas consultas y comentarios.

Hoy como nunca, la gente se está enfrentando al miedo. Y el miedo tiene muchas caras, porque cada uno se sensibiliza de una manera particular frente a tanta incertidumbre. Te voy a leer pequeños mensajes al azar que recibí y extractos de conversaciones que vengo teniendo con personas de diferente edad, género y posición económica.

Fijate la cantidad de veces que aparece la palabra miedo o algún sinónimo: “Yo estoy bien pero me da miedo mi papá, vive sólo y tiene 86 años”. “Trabajo igual desde mi casa como siempre, pero cuando salgo a pasear al perro y veo todo cerrado y la gente con barbijo, me da impresión, me pone triste”.

“No sé cómo sigue esto, tengo miedo que sea así para siempre, que la vida cambie, los viajes, el teatro, el fútbol, los amigos, las fiestas”. Sí, me da miedo la enfermedad, que se enferme alguien de mi familia o enfermarme yo”. Son unos pocos ejemplos, con los cuales todos nos sentimos un poco identificados.

Es natural, estamos frente a algo desconocido, que es esta cepa de coronavirus, pero hay algo aún más excepcional: la manera cómo se está gestionando esta pandemia a nivel global.

Las redes, el acceso a Internet, la cuarentena de más la mitad del planeta y ese nuevo esquema completamente diferente al de la última pandemia, la de la gripe A, provoca una respuesta emocional muy distinta.

El miedo más arcaico es el miedo a la muerte. Sobre el miedo a la muerte se erigen los múltiples temores más o menos fundados que podemos experimentar.

En épocas como esta, que “la enfermedad”, “la pandemia”, “el virus desconocido” son nuestros temas más frecuentes, el miedo a la muerte, que no está todo el tiempo presente en tiempos normales, de pronto cobra protagonismo.

Y en contraposición, sentimos una intensa pulsión a la vida, al disfrute, al placer. Extrañamos los días de sol, las caminatas, los asados, las plazas, todas esas cosas cotidianas que nos parecen sinónimo de vivir.

“Cuando termine todo esto voy a hacer una fiesta”, escuché decir varias veces, como si fuera la manera de exorcizar al demonio: la fiesta, el baile, alejan la idea de la muerte.

Tener presente la idea de la muerte en todo momento, como una amenaza real y latente, es muy estresante, son situaciones que a la larga pueden resultar traumáticas.

Esto se comprueba en grupos de personas que por alguna razón estuvieron expuestas a la posibilidad de la muerte como algo inminente y por tiempos prolongados. Hay estudios en casos de naufragios, guerras, cautiverios.

Por supuesto no es comparable a lo que nos toca vivir ahora, pero sí es importante advertir que el miedo y el manejo de la comunicación del miedo deben apuntar a acentuar los cuidados pero no exponer a la población a padecer esos niveles de estrés porque resultan resultan nocivos, desmoralizantes y paralizantes.

La gente, normalmente, identifica el miedo ubicándolo en un determinado aspecto de su vida que irradia a lo demás.

Por ejemplo, un amigo dueño de una pyme me dice: “no tengo tiempo de tener miedo al coronavirus, me la paso pensando cómo voy a hacer para seguir trabajando y pagar sueldos”.

Su miedo está centrado en la situación económica y la responsabilidad que tiene hacia las familias que dependen de su empresa. Un temor empaña al otro, sin decidirlo, seleccionamos el foco donde padecemos la incertidumbre.

Una señora muy mayor me escribió: “tengo miedo de no volver a ver a mis nietos”.

Cada uno vive una realidad personal en medio de este padecimiento colectivo, intentamos darnos fuerzas y advertimos que todos estamos hablando de lo mismo aunque digamos cosas diferentes.

Es el miedo a un futuro que vemos con mucha incertidumbre pero que como nunca nos convoca a cuidarnos y mantenernos en alerta, comunicados aunque no podamos vernos.

Por ahora vamos a dejar acá. El viernes vamos a retomar el tema del miedo para escuchar a los oyentes.