Andahazi: “Una metáfora argentina, el Trinche en coma a manos de la marginalidad”

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Hoy es un día triste para Rosario, un día muy triste para el fútbol y un día tristísimo para mí. Una noticia que no ocupó los grandes titulares, ni generó miles de declaraciones y, lo sé, probablemente no sean muchos los que conozcan a su protagonista.

Hablo del mejor futbolista argentino de todos los tiempos. Y no me refiero a Maradona ni a Messi. En medio de los debates por la liberación de presos con la excusa de la pandemia, comprobamos una vez más que las principales víctimas de la delincuencia marginal, con la que tanto simpatiza parte de este gobierno, son en su gran mayoría, los que viven de su trabajo en barrios humildes de todo el país.

Desde ayer, el más grande de todos, el Trinche Carlovich está peleando por su vida, en coma inducido, con pronóstico reservado en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez de Rosario. Un grupo de los tan admirados marginales lo atacaron a palos hasta bajarlo de la bicicleta que se acababa de comprar.

El Trinche no tenía auto; le quitaron el único medio que tenía para moverse y que le servía, además, para ejercitar las articulaciones, tan castigadas a fuerza de esquivar rivales y recuperar pelotas. Lo dejaron tirado en la calle, desangrándose sobre el pavimento a los 74 años. El Trinche estuvo muy cerca de morir. Un vecino llamó a la ambulancia.

Tal vez los camilleros que lo auxiliaron no sabían que estaba levantando en andas al más grande todos, el jugador más espectacular de todos los tiempos y de cuyas jugadas sólo pueden dar testimonio quienes lo vieron en las canchas, porque no quedaron registros fílmicos.

El Trinche tejió leyendas a fuerza de caños y gambetas, pero jamás tuvo la ambición de alcanzar un contrato multimillonario en Europa. Ni siquiera le interesó mudarse a Buenos Aires para jugar en los grandes clubes. Su paraíso era ese pedacito de pasto en Rosario, en el central Córdoba.

Tomás “el Trinche” Carlovich nació en 1946, es el cuarto hermano de una familia muy humilde de Santa Fe, descendiente de yugoslavos, gente de campo y trabajo. Tomasito jugaba al fútbol en el potrero con sus hermanos y amigos y desde chiquito demostró un don. Alto, con buena contextura, un poco desalineado y con la melena setentista al viento; así lo recuerdan todos.

En Rosario es un mito, lo veneran hasta los rivales que pedían, incluso, que saliera a la cancha. Era un placer verlo matar las pelotas altas con el pecho y bajarlas como con la mano. No hay videos; todo ha quedado en la tradición oral que narran sus proezas y alguna que otra crónica gráfica de la época.

La carrera del Trinche es curiosa: su partido más inolvidable se convirtió en leyenda. Corría el año 1974, la selección nacional jugaba partidos en el interior con selecciones provinciales, amistosos previos al viaje que la llevaría al mundial de Alemania, en épocas de la cortina de hierro.

La expectativa por ver jugar a la selección nacional, que iba a mostrar la estrategia contra un combinado rosarino, era enorme. El combinado rosarino estaba formado por 5 jugadores de Rosario Central, 5 de Newell’s Old Boys y… el Trinche Carlovich, de Central Córdoba.

Contra toda previsión, el combinado rosarino le dio un tremendo baile a la selección nacional. Resultaba humillante; no podían permitirse semejante goleada. A los 15 minutos el DT de la selección pidió que sacaran al Trinche. Era demasiado: su despliegue los dejaba reducidos a un equipo de potrero. El Trinche salió ovacionado, jugó los 15 minutos más recordados del fútbol rosarino.

Cuenta la leyenda que Menotti lo vio en la cancha y lo convocó para el Mundial 78, pero el día de la convocatoria el Trinche no apareció, se había ido a pescar. Así era él, su sueño era jugar a la pelota en central Córdoba, así era feliz. Las anécdotas abundan, las cuentan los abuelos, las repiten los nietos.

Una vez lo expulsaron y el árbitro tuvo que volver a incorporarlo, la hinchada no paraba de gritar, todos hasta los rivales querían verlo gambetear, generaba récords de recaudación, ir a ver a jugar al Trinche era el programa más esperado de todo Rosario.

El Trinche nunca dio el salto a las grandes ligas, le dio la espalda a la fama, no le interesaron los lujos ni los contratos exorbitantes, él jugó su propio partido. Dicen los que saben que el Trinche era el mejor, pero no jugaba al fútbol, jugaba a la pelota, era un zurdo único, temible, pero sólo un par de años jugó en primera división, era un diamante en bruto, un bohemio.

El Trinche llegó, se equivoca quien piensa que no llegó. El año pasado se emitió el programa que hice sobre el Trinche en la serie “Vas a viajar en mi sidecar”. Tuve el enorme placer de conocerlo y vi a un tipo en paz consigo mismo, ni siquiera se percibe él mismo tan genial, “exageran” dice, “exageran”…

Hoy volví a ver esa emisión y un nudo me cerró la garganta. Cuando hablamos de liberar presos, no hablamos de una entelequia, de un floreo dialéctico, de una discusión universitaria, sino, nada menos, de la diferencia entre la vida y la muerte.

Hacemos llegar nuestros votos y nuestro afecto al Trinche, para que se recupere y pueda seguir viendo los partidos de su equipo desde el lugar que él eligió: un rincón modesto en la cancha de Central Córdoba en Rosario.