Andahazi: “Foucault, Foucault qué grande sos”

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La sociedad aún no se ha repuesto de la bofetada que significó la liberación masiva de presos, celebrada por sectores del gobierno como una suelta de palomas blancas. Todavía resuena el eco de las cacerolas de anoche, extensión de la furia por la impunidad y el temor a la convivencia forzada con asesinos y violadores durante la cuarentena.

El Kirchnerismo no actúa por convicciones sino por conveniencias. Hoy puede decir una cosa y mañana la contraria a la hora de justificar sus negocios.

Así como en 1982 el estudio jurídico de los Kirchner defendió en Santa Cruz a un violador serial, el represor de la dictadura Gómez Ruoco, con el argumento de que el forzamiento al sexo oral no constituye violación, con el mismo énfasis Cristina Kirchner usurpó la bandera feminista, apropiándose de la lucha de otras mujeres que jamás habrían defendido a un violador.

Ahora bien, en qué fuentes abreva este sentimiento abolicionista, empatizante e incluso simpatizante con los que abusan de mujeres y niños y que, de hecho, ni siquiera lo consideran un delito en su fuero íntimo y no tanto. Un conocido comunicador hace no mucho tiempo, defendió al aire la pornografia infantil.

Este despliegue fervorosos a favor de la delincuencia en general y de los delitos sexuales en particular no es espontáneo; al contrario, tiene una larga historia. El pensamiento francés, encandilado con la prosa y las escenas del marqués de Sade, ha encontrado un enorme goce en la descripción del sufrimiento y el sometimiento sexual.

Para Sade, en su “Filosofía en el tocador”, el bien supremo es el placer sexual y si para alcanzar el placer se necesita del sufrimiento del otro, en la medida en que no existe ningún otro bien moral superior al goce propio; nada me impide violar, torturar o matar si eso me conduce al bien supremo.

Todo esto sería motivo de una esgrima intelectual, de un floreo de salón, si no fuera porque, en efecto, hay quienes, como Sade, dedican su vida a violar, torturar y matar.

He podido ver con sorpresa que el nombre Michel Foucault ha sido tendencia en Twitter. En efecto, parece que quienes se manifiestan a favor de la liberación de presos han mandado a leer a Foucault a quienes ellos consideran “el populacho vindicativo”, según el Dr. Zaffaroni.

Sería bueno que quienes lanzaron este saludable consejo, se dedicaran ellos mismos a leer a Michel Foucault. Se encontrarían, así, con argumentos que ninguna feminista se atrevería a suscribir, ni mucho menos, a pronunciar en público.

Si estos mismos difusores del pensamiento del ilustre francés se dedicaran a asomarse a algunas de sus páginas, se encontrarían con varias sorpresas incómodas; por ejemplo, que Michel Foucault defendía el consumo y la producción de pornografía infantil, con similares argumentos que los de nuestro pedante comunicador.

Acaso algunos espíritus amplios podrán decir, como dijo al aire nuestro reputado periodista, que mirar pornografía de niños no es un hecho activo, sino un nada condenable acto pasivo, como si el hecho de consumir pudiera ser independiente del de producir. Pero Michel Foucault fue mucho más allá: sin que le temblara el pulso ni la voz se pronunció en más de una oportunidad a favor de la pedofilia.

Tal vez los defensores de Michel Foucault deban ellos mismos superar la pereza intelectual y seguir la cadena de hechos que llevó al filósofo a pedir al parlamento que deje de considerarse delito el sexo con menores. Si se tomaran ese trabajo, se encontrarían con una perla.

En enero de 1977 los diarios de francia publicaron una solicitada que exigía la liberación de tres hombres que fueron encontrados culpables de abusar de menores y de haberlos fotografiado en medio de actos aberrantes. ¿Qué argumentaba la carta abierta? que se trataba de “un simple caso de moral”.

Decía la nota que los niños no habían sido víctimas de violencia y que, al contrario, tanto las relaciones sexuales como las fotografías, habían contado con el consentimiento de los menores.

Igual que ahora, los firmantes consideraban que los abusadores debían quedar libres, que ya habían tenido demasiado con la injusta prisión preventiva y la estigmatización: “Tres años de prisión por besos y caricias es suficiente”, se quejaban los firmantes.

¿Quienes fueron los autores de la carta abierta que pedían la liberación de los tres violadores de menores? Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Roland Barthes y Louis Aragon entre muchas otras luminarias.

El camino iniciado por el manifiesto, fue pavimentado luego con la fundación del FLIP (Frente de Liberación de Pedófilos). ¿Cuál era el noble propósito de esta agrupación? Exigir que la pedofilia fuera una práctica legal, promover el desarrollo de la “cultura de la pederastia” y pedir la liberación de los pedófilos encarcelados o encerrados en instituciones psiquiátricas.

“Es muy difícil establecer barreras a la edad del consentimiento sexual, puede suceder que sea el menor, con su propia sexualidad, el que desee al adulto”, dijo el propio Foucault en una entrevista.

“En ninguna circunstancia debería someterse la sexualidad a algún tipo de legislación. Cuando uno castiga la violación debería castigar sólo la violencia y decir que sólo es un acto de agresión: que no hay diferencia, en principio, entre introducir un dedo en la cara de alguien o el pene en sus genitales”.

El mismo año de la solicitada a favor de los tres pedófilos detenidos, Michel Foucault pidió al parlamento francés la anulación del criterio de minoría y la despenalización de las relaciones sexuales con menores hasta los quince años. La nota estaba firmada también por Jacques Derrida y Louis Althusser.

El mismo Louis Althusser que asesinó a su esposa. Pero la historia de ese feminicidio es otro capítulo que te voy a contar en la semana.