Alberto, perdido entre los argentinos de bien

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En medio de la inquietante confusión y mediocridad que transmite su gobierno, Alberto Fernández inauguró una nueva categoría política: el gorilismo peronista. O la oligarquía justicialista. La historia reconoce el insulto de “gorila” como la definición de alguien que desprecia al pueblo y sus expresiones. Gorila es alguien que se opone a las multitudes populares. Un elitista discriminador. Siempre se asoció ese agravio al antiperonismo.

Pero Alberto Fernández, en uno de los tiros en los pies que se pega cotidianamente, fundó el gorilismo peronista. Porque dijo que estaba ansioso de que se terminara la cuarentena para organizar un banderazo de “los argentinos de bien”. Por lo tanto discriminó y humilló las gigantescas movilizaciones republicanas, populares y patrióticas que representan el pensamiento de por lo menos diez millones de personas. Para el presidente formal, argentinos del mal son los que no piensan como él y ocupan el 45% de las bancas en el Congreso de la Nación. Alberto tiene atragantadas esas marchas colosales. No las puede digerir. Todavía le producen dolor de panza.

Es que esos miles y miles de argentinos, le robaron las calles y los símbolos patrios al peronismo. No se lo esperaban. No entienden bien lo que pasa con ese tema. Salvo las grandes movilizaciones que despertaba Raúl Alfonsín en la recuperación de la democracia, en general, los actos callejeros masivos eran solo del peronismo y los más modestos, de la izquierda dura. Y como si esto fuera poco, esas reacciones, esas respuestas pacíficas le pusieron freno a las acciones más disparatadas del gobierno de los Fernández. Cacerolazos, banderazos, bocinazos, y militancia en las redes, cerraron, las puertas de las cárceles que habían abierto con irresponsabilidad criminal los más zafaronianos del cristinismo. Esa gente del mal, según Alberto, abortó la jurásica expropiación de Vicentín y viene demorando al atropello brutal a la justicia con el objetivo de domesticarla.

¿Quiénes son los argentinos de bien para Alberto? ¿Los intendentes patoteros como Mario Ishii que denuncian que las ambulancias transportan falopa y después, ni lo llaman a declarar? ¿Los sindicalistas mafiosos que bloquean el progreso de las empresas más innovadoras y productivas del país como su líder fetiche, Hugo Moyano? ¿Los gobernadores feudales que fueron incapaces de generar empleo privado y dependen solo del estado como su admirado Gildo Insfrán? ¿Los empresarios que se enriquecieron de la noche a la mañana con sobreprecios, coimas y otras corrupciones como Lázaro Báez o su cliente Cristóbal López? ¿Esos son los argentinos de bien, según el Presidente? ¿Sus compañeros del Partido Justicialista de la Capital que son perdedores seriales de elecciones? ¿Quiénes? ¿Los que piensan como usted y dicen que los medios y los periodistas ametrallan su gestión?

La división entre argentinos del bien y del mal agrega más odio a la grieta y muestra un rechazo visceral a las sufridas y generosas clases medias argentinas. Esos sectores sociales son mayoría en los banderazos y en las urnas opositoras. Pero no son los únicos. También participa gente humilde que se quedó sin trabajo o que padece en carne propia la inseguridad y la impunidad de los ladrones, asesinos y narcos en los barrios. No es solo clase media. Pero si así lo fuera, ¿Qué tiene de malo? Esa parte de la sociedad es la que cree en la meritocracia y el esfuerzo cotidiano para generar progreso y bienestar. Esa clase media no vive del estado, al contrario, lo mantiene pagando fortunas de impuestos asfixiantes y casi que no recibe nada a cambio. Tienen que ir a las prepagas a buscar salud o a la agencias de vigilancia, para conseguir algo más de seguridad y a las escuelas privadas ante el deterioro educativo fomentado por gremialistas que reportan a este cuarto gobierno kirchnerista.

Esas clases medias que, cuando pueden y los dejan, llenan los cines y los restaurantes, son consumidores que mueven la rueda económica y evitan la recesión. Son los que sostienen el alimento de 11 millones de personas y los planes sociales para los más necesitados. Pagan, trabajan, no cortan calles, no tiran piedras, no toman tierras, aportan creatividad en la producción y como si esto fuera poco, hace un tiempo han tomado la extraordinaria decisión de defender las instituciones republicanas, la justicia independiente y la libertad de prensa. Son los que dejaron la comodidad del control remoto en el living, y le ponen el pecho a una exigencia fundacional de la democracia: no queremos corruptos ni golpistas. Juicio, castigo, condena y basta de impunidad para Cristina y los ladrones de estado.

Esos no son los argentinos del mal, señor presidente. Usted dijo semejante barbaridad, tal vez entusiasmado por la presencia de sus compañeros del Partido Justicialista. Los mismos a los que Cristina dijo que “nunca le daban bola” y a los que ordenó que “se suturaran el orto”. Tal vez su metida de pata sea porque en Olivos hay una burbuja que le impide ver más allá o porque desde su torre de marfil de Puerto Madero no puede ver más que una ciudad opulenta que le da culpa.

No entiendo como no le dá culpa o vergüenza La Matanza, que es la capital del peronismo. Nunca gobernó otra fuerza política en 37 años de democracia recuperada. Y ese distrito es un muestrario de los dolores más terribles. Porque se encargaron de repartir los planes y el dinero suficiente como para mantenerse en el poder. Pero llenaron el distrito de pobreza, exclusión, marginalidad, inseguridad brutal, narcotraficantes, usurpaciones, ausencia de agua, asfalto y cloacas. Ese municipio es la síntesis del peronismo de todos los colores ideológicos, desde el menemismo ortodoxo y liberal hasta el chavismo autoritario y sin embargo es una herida abierta en el corazón de todos los argentinos. Eso es lo que hicieron sus argentinos de bien con La Matanza después de 37 años de gobierno. Y la ciudad, que podría ser la capital del “No peronismo” y es todo lo contrario. Aunque según las últimas encuestas, Mendoza ya superó a Córdoba entre las provincias que más rechazan a Cristina.

Por supuesto que la Ciudad no es perfecta y todavía tiene que mejorar. Pero aporta mucho más de lo que recibe en coparticipación y ahora el gobierno de los Fernández tiene un plan para sacarle parte de sus recursos. No pueden soportar que una buena administración de años y un correcto manejo de la pandemia, esté arrojando resultados bastante positivos o si quiere mucho menos malos que los del gobernador que no gobierna: Axel Kicillof. Así lo definió ayer, Jorge Fernández Díaz. Los responsables de la salud de su distrito, han mostrado una gran ineficiencia. Casi nunca anunciaron medidas concretas para combatir la pandemia. No testearon como corresponde. Fracasaron estrepitosamente al darles 500 pesos a los bonaerenses que tuvieran síntomas suaves para que se internaran en lugares extra hospitalarios. Solo se anotaron 1667 personas.

Y como si esto fuera poco, se pasaron estos meses mirando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Tanto Gollan como Kreplak le echan la culpa de la multiplicación de los contagios a la flexibilización que hubo en la ciudad. Gollán habló de ruleta rusa, Kreplak de los peligros de tomarse una cerveza. No pueden explicar lo que les pasa en su distrito y nos quieren hacer creer que la situación se les complica por lo que ocurre en la ciudad que tiene estabilizado sus números y con leve baja de contagios y utilización de camas de terapia intensiva. La ciudad mejora y la provincia empeora. Por eso nadie cree que un distrito en los que bajan los casos pueda hacer que suban en otro lugar. Esto produjo respuestas chicaneras en las redes. Uno escribió: “Si te tomás una cerveza cometes un delito, pero si tomás un terreno es un derecho humano”.

La gestión Kicillof es un desastre. Le dan a Horacio Verbitsky casi 700 mil pesos de publicidad oficial, los intendentes se quejan y se siguen tomando terrenos ante la inacción y en algunos casos la simpatía y el apoyo de los sectores más radicalizados del kirchnerismo. El conurbano muestra a miles de personas en las calles, sin cumplir el aislamiento ni la utilización del barbijo. Y acusan a los bares de Palermo. No tienen vergüenza.

Con semejante panorama, Alberto Fernández no está en condiciones de levantar el dedito triunfalista. No tiene autoridad moral para dividir más a los argentinos estableciendo como si fuera Dios, donde está, el bien y donde está el mal.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra, por Radio Mitre