Una implosión emocional por tantas muertes

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Los economistas, sociólogos y politólogos, apenas pueden analizar las consecuencias concretas y más evidentes que están en la superficie de la tragedia que estamos atravesando. Los sicólogos y sicoanalistas registran la dimensión individual del drama y, a lo sumo, el impacto que se genera en el núcleo familiar. Pero en el subsuelo de la humanidad, están ocurriendo movimientos tectónicos que solo pueden ser detectados por los especialistas en tendencias que suelen tener una formación multidisciplinaria. Uno de los más brillantes se llama Guillermo Oliveto. Y esta columna va a intentar rescatar o descifrar algunos de los conceptos más esclarecedores de su última columna en el diario La Nación, titulada: “Las implosiones silenciosas de la sociedad”. Me cuelgo de sus ideas y reflexiones porque creo que nadie miró con una lupa tan grande y precisa el terremoto que estamos atravesando. Arrastramos los pies, casi en silencio y resignados, por un túnel macabro y oscuro en el que, por ahora, no vemos la luz al final. Es doloroso y triste decirlo, pero es la verdad. Si negamos las tinieblas será más difícil encontrar la salida.

Por ahora, el instrumento más eficaz que Oliveto propone es la “esperanza sin optimismo”. Mucha gente cree que son sinónimos. Pero apoyado en un autor, Oliveto asegura que el optimismo vacío es banal y hasta improductivo. Pero la esperanza, es proyectarnos con la imaginación hacia un futuro posible. Y eso nos obliga a la acción. A construir ese camino. A no bajar los brazos ni decir “y bueno, que sea lo que Dios quiera”, como dice demasiada gente. La esperanza es un arma contra la parálisis que suele producir el pánico. Es deseo más entusiasmo. Es recuperar la alegría, en medio de la batalla.

El talento de Guillermo Oliveto dice que hay una sola manera de mirar lo que nos pasa y es por la ventana de la condición humana. Otro libro que cita, sugiere que consciente o inconscientemente, la sociedad se autoimpuso un límite. Como los chicos, buscamos un freno, una restricción frente a un estilo de vida acelerado, ansioso, desbocado que se nos había ido de las manos. Interesante para pensarlo. O para querer creer que eso es cierto. De hecho, los virus y las vacunas, son creaciones humanas. Como el veneno y el antídoto.

Estas conjeturas son subproductos del relevamiento cualitativo y el análisis antropológico del laboratorio de tendencias sociales que dirige Oliveto.

Allí se dice que mucha gente siente que está contra las cuerdas y que no puede hacer nada para solucionarlo. Puertas adentro de los hogares afloran situaciones de angustia, depresión y enojo permanente. Esa implosión emocional silenciosa es una consecuencia lógica de tanta muerte cotidiana que nos abruma. Vamos rumbo a los 100 mil fallecidos y semejante duelo no del todo elaborado no puede ser inocuo. Es la medida de la catástrofe sanitaria. Por eso el gobierno debería tener mucho cuidado con lo que hace y dice. La cabeza y el corazón de muchos argentinos es un polvorín y cualquier chispa lo puede hacer estallar. Hay que ser muy  respetuoso frente al horror de la muerte real y de la muerte potencial. Son balas que pican demasiado cerca todos los días cuando desde los medios anunciamos la cantidad de decesos. Las pesadillas masivas tienen orígenes comunes. La gente tiene miedo por lo que le pueda ocurrir y por lo que le espera a sus hijos y nietos. Los muertos nos interpelan y la falta de explicaciones de la ciencia nos hace temblar. El mundo está atravesando por primera vez, por una situación de semejante magnitud en la que la experiencia acumulada sirve muy poco.

Podemos hacer un control de daños. La caída del producto bruto, precisa Oliveto, es la segunda más grave de la historia. El año pasado fue de casi el 10% y la peor fue en el 2002 que fue casi del 11 %. La cuarentena eterna y prematura produjo una hecatombe económica. El crecimiento veloz de la pobreza, la indigencia, la desocupación y el cierre (o la muerte) de empresas y comercios fue demoledor.

Pero sin dudas que esta no es una crisis económica como tantas que hemos atravesado. Y tampoco hay que reducir esto a un siniestro sanitario. Hay que buscar más abajo. Más en profundidad para encontrar las causas y afrontar las consecuencias.

Oliveto habla de “tristeza comunitaria”. Dice que más que cansados o agobiados estamos hastiados.

El enojo y la agresividad aparecen en un minuto. Cualquier pavada suele ser motivo de conflicto. Todos estamos más irascibles y menos tolerantes.

Hay como una suerte de efecto Titanic. Aunque intentemos disimularlo, por momentos sentimos que nos estamos hundiendo, que es irremediable y que los salvavidas y las balsas no alcanzan para todos. Por eso irritan tanto la gestión mediocre, los vacunatorios vip y los traficantes de vacunas como Carlos Zannini y Horacio Verbitsky o las inexplicables decisiones de un chanta como el ex ministro Ginés González García.

Todos perdemos todo el tiempo pero hay algunos que ganan con su inmoralidad y oportunismo. Cada uno sabe por dónde le están entrando las balas. Unos porque tuvieron que cancelar la medicina prepaga. Otros vendieron el auto. Muchos sectores de clase media están viendo regresar a los hijos a vivir en la casa de los padres, se cambian los hábitos alimenticios hacia la baja y se postergan todo tipo de consumo placentero.

Son las implosiones silenciosas de la sociedad. Por ahora, explotan hacia adentro. Se desmoronan en carne propia. La esperanza que nos empuja a la acción, nos va a permitir construir nuestro propio camino de salida. Y debe ser en forma cohesionada con nuestros compatriotas. Construcciones e innovaciones en equipo, apuesta generacional a los cambios y protestas pacíficas y colectivas como las que están en marcha para el 9 de julio. “No podemos más” dicen los carteles en Córdoba. Nos movilizamos en defensa de la producción y el trabajo, plantea otra convocatoria.

El terremoto económico, sanitario, político y emocional, todavía no terminó. La batalla es larga y no hay que bajar los brazos. La esperanza es lo último que se pierde. Y esperanza es deseo más entusiasmo para construir un futuro para nosotros y para nuestros hijos. En eso estamos. Retroceder nunca, rendirse jamás.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra por Radio Mitre