Un sobreviviente del hundimiento del Belgrano

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Ahora no tengo ni idea, pero, en algún momento Santiago supo ser un oyente respetuoso de mis columnas. Tiene una historia estremecedora.

Santiago Elías Belozo es un ex combatiente del Crucero General Belgrano. Mire, se lo digo y me corre un frío por la espalda. Se lo digo con la voz más firme que pueda. Santiago es uno de los 770 sobrevivientes del hundimiento del Belgrano, tragedia de la que ayer se cumplieron exactamente, 39 años.

Son momentos conmovedores de nuestra historia que no debemos olvidar jamás. 

Hace 39 años el submarino nuclear Conqueror lanzó dos torpedos ingleses que sepultaron para siempre al Belgrano a 3.000 metros de profundidad con la vida de 323 hermanos argentinos adentro. Estamos hablando de la mitad de los muertos argentinos en Malvinas. Santiago siempre se conmueve cuando piensa en aquel día. Se le calienta la sangre. Aprieta los puños. Pero cuando se encuentra con sus compañeros sobrevivientes siempre tiene una preocupación especial. La de encontrar a Serrucho, otro colimba como él que le dio la mano y le salvó la vida. Es que literalmente lo izó del mar hasta la balsa salvadora. Santiago estaba a punto de morir congelado. Santiago no olvidará jamás a Serrucho ni a su mano solidaria. Fue el instante más dramático de su vida porque nunca estuvo tan cerca de la muerte.

Santiago solo sabe que a Serrucho le decían Serrucho. Y que era del interior. Nada más. No sabe otro dato pero le gustaría encontrarlo para darle un abrazo y decirle: “gracias, hermano”.

¿Se imaginan ustedes esa situación terrible? Las olas de diez metros de alto, la tormenta criminal, el humo blanco y el fuego del crucero. El olor y el horror de la muerte. Santiago primero fue un eslabón de la cadena humana que se hizo para ayudar a los heridos y a los que tenían el cuerpo bañado de quemaduras de petróleo ardiente. Sin pánico y en orden. Pero con la angustia rebotando en la panza, los vómitos y el llanto, la lucha por vivir. Cuando llegó la orden de abandonar el barco, Santiago se tiró arriba del techo de la balsa. Pero tuvo tanta mala suerte que justo una ola gigante reventó la balsa contra los hierros retorcidos de lo que quedaba del Belgrano. El teniente Damico y Santiago cayeron al agua y juntos nadaron como pudieron a otra balsa. Dicen los médicos que ningún ser humano podía aguantar más de 5 minutos en ese hielo líquido. Estaban agotados, sin un gramo de energía para subir. Y allí fue cuando apareció la milagrosa mano de Serrucho como si fuera la mano de Dios. Y aún a riesgo de su propia vida, Serrucho lo subió a bordo.

La balsa estaba preparada para 20 personas pero aguantó bien a 32. Lo primero que vieron fue hundirse aguas adentro y para siempre las 9 mil toneladas del  Crucero General Belgrano. Se hundió lentamente, y ese fue el  último servicio que les prestó esa nave que tanto querían. El gran temor era que se fuera a pique de golpe. Hubiese generado un vacío tan inmenso que se podría haber tragado las balsas que estaban cerca.

El viejo crucero había navegado 220 mil kilómetros, es decir cinco veces y media circunvalaciones a la tierra. En una hora, dijo basta, dejó de flotar y se fue al fondo.

Los muchachos se abrazaron, lloraron, gritaron viva la patria carajo, cantaron el himno a los alaridos por los vivos, se desgarraron por los muertos. Las pastillas de glucosa ayudaron a recuperarlos. Asistir a los heridos fue la gran tarea. Esas linternas inquietas en medio de la noche y de ese oleaje espantoso hablaban entre sí. La lucecitas de vida, temblorosas, se deseaban suerte. Había que combatir contra el congelamiento, ese asesino que se mete entre los huesos. Usaban como bolsas de agua caliente, las mismas bolsas donde habían orinado. Alguien sintió el ruido de un avión y muchos miraron al cielo en agradecimiento. Dios era argentino. Llegó el Aviso Gurruchaga y los llevó, literalmente a Tierra del Fuego. Santiago Elías Belozo, se había salvado. Regresó a Puerto Belgrano pensando en aquel día del sorteo. Cuando cantaron el novecientos y pico, pensó: ¡ Marina!. Y se dijo a si mismo: “va a ser dura la colimba pero por lo menos voy a conocer el mar”. Porque Santiago, ni siquiera conocía el mar. Su infancia fue en un hogar muy pobre y muy decente. Nunca pudieron juntar unos pesitos para ir a Mar del Plata de vacaciones. Armando, su viejo, era portero de un edificio y Adela, su madre, enfermera. Pero un día maldito Armando se quedó ciego y la familia tuvo que mudarse a una casita más chica y más humilde todavía. Y a sobrevivir con el sueldo de la madre y los tres hermanos que salieron de golpe a trabajar. Finalmente Santiago conoció el mar. Y bien desde adentro. Jamás imaginó que iba a ser protagonista de uno de los sucesos más dramáticos de la historia criolla. Que iba a ser artillero, que iba a disparar misiles antiaéreos. Santiago jamás olvidará algo que fue premonitorio. El 16 de abril de 1982, poco antes de zarpar, el jefe reunió a la tropa y con tono marcial les dijo lo que había que decir:
– Vamos a la guerra. No vamos a ningún tipo de baile. El nuestro es un buque viejo y por eso tenemos muchas posibilidades de que nos hundan o que nos den un golpe muy fuerte.

A Santiago se le cortó la respiración. Estaba en el puente de comando y leyó una chapa de bronce con un lema: “Irse a pique antes que rendir el pabellón”. Era la proclama del Almirante Brown, antes de su combate en 1826 y además, era otra premonición.

Santiago Belozo quería conocer el mar y lo conoció. De golpe se enteró que el mar es como el cielo pero abajo. Se salvó por un pelito porque un minuto antes se fue de la proa a tomar unos mates y por ese lugar entró un torpedo, una bola de fuego tremenda que desparramó la muerte por todos lados.

Santiago no aparecía en las primeras y confusas listas. Sus padres vivían con el corazón en la boca y el llanto a flor de piel. El no los llamó por teléfono porque no tenía un peso. Cuando finalmente llegó al barrio se hizo la luz. Vio a su vieja caminando por la vereda de Pompeya, con la bolsa del mercado en la mano y fue como volver a nacer. Como la mano de Serrucho. Se le puso al lado, respiró profundo y le dijo simplemente:

-Hola, Mamá.

Se abrazaron y lloraron como nunca. Se aferraron a la vida. Como si fuera una balsa.

Editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi Palabra por Radio Mitre