Un nuevo Leuco, porque la vida continúa

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De Jorge Fernández Díaz, para su amigo Alfredo Leuco

En este año que se termina resolvió en un santiamén cerrar todo, aplazar su vida y marcharse a la guerra. Fue un acto sin tiempos para la meditación seria, apenas un impulso de periodista congénito que le dictaban las entrañas. Los instintos de Alfredo Leuco provienen de esa zona del cuerpo: una noche del siglo pasado vio “Cinema Paradiso” y su moraleja de jugarse por los sueños propios, y sintió literal o simbólicamente en la panza la necesidad de abandonar el diario “Clarín”, donde había trabajado once años vibrantes de deporte y de política, y empezar todo de nuevo.

Con esa convicción irreflexiva pero paradójicamente infalible, Leuco se lanza hacia aguas profundas, elude tiburones y naufragios, y nada a contracorriente hasta que llega a destino. Lo hizo muchas veces, probándose a sí mismo, y es así que se plegó al equipo radial de Jorge Guinzburg; fue secretario de redacción del diario “El Cronista”, dirigió el semanario “Somos” y fue subdirector de aquella gloriosa revista “Gente”, y regresó con equipaje y todo a la radio con Fernando Bravo, y fue uno de los pioneros del periodismo de cable y convirtió su cara curtida en sinónimo de rigurosidad y valentía, y su latiguillo –le doy mi palabra- en una marca indeleble de la opinión fundada. Asegura un amigo suyo que detrás de todo gran periodista hay algo más que un periodista; a veces, hay un detective, un abogado, un científico, un servidor público.

Detrás de Alfredo Leuco hay otro periodista más, y al final, un político agazapado. Es que Leuco, en este oficio, vale por dos. Es capaz de levantarse al alba y dedicarse hasta la medianoche, sin descanso, a la información línea a línea y minuto a minuto, leyendo los diarios con una fineza genial y una obsesión de perfeccionista. Y ese radar es capaz de registrar con idéntico rigor todos y cada uno de los capítulos de la actualidad caliente y los fenómenos populares más diversos. A su vez, Alfredo siente en la sangre una preocupación genuina y febril por sacar a la Argentina de su postración, y por mejorar la democracia.

Si no hubiera sido periodista, habría sido un político de fuste. Esas vocaciones, ese oído atento a la calle y a la cultura del pueblo, están amalgamadas en un hombre esencialmente noble y bueno, que sin embargo es capaz de mostrar los dientes cuando tocan duelo o batalla.

Enterado del siniestro ataque terrorista de Hamás, Leuco sintió el llamado a una misión sagrada: debía viajar a Israel y registrar día y noche las consecuencias de esa masacre. Corrió allí grandes riesgos, que prefiere no hacer públicos, por una simple razón: no permaneció encerrado en un hotel de lujo simulando que era un audaz corresponsal de guerra, como hicieron otros, sino que se internó en el llamado “territorio comanche”, esas regiones donde no hay resguardos, donde un francotirador puede meterte una bala o una bomba puede borrarte para siempre de la faz de la Tierra. Por allí anduvo, sobre vidrios rotos y objetos humeantes, haciendo una cobertura ejemplar, aquel veterano que parecía un joven. Y de allí regresó con gloria, pero con la mirada triste de los lúcidos que han visto demasiado.

Ese Alfredo Leuco, el mismo que cada tarde sacude el aire de radio Mitre con su voz única, se retira de este espacio, que deja en manos de su gran discípulo y su obra maestra: Diego Leuco. Las entrañas le han dicho ahora que es necesario cambiar para seguir siendo él mismo, y allí va a hechizarnos los domingos de Mitre, donde será el Leuco de siempre y, a la vez, afortunadamente será otro.

Un nuevo Leuco, porque la vida continúa. Sus compañeros de la tarde siempre recordarán su profesionalismo, su generosidad, su humor, sus sablazos políticos, sus historias enternecedoras. Alfredo, créenos, por favor: sos inolvidable. Te damos nuestra palabra.