Samid, el rey del odio racial

667

A esta hora, todavía no hubo ninguna reacción del Inadi. A esta hora, el presidente de la Nación, que además es el titular del Partido Justicialista, no abrió la boca y eso que lo hace con mucha facilidad. Hasta este momento, ni Victoria Donda ni Alberto Fernández han salido a repudiar, amonestar o aunque sea a tomar distancia de la salvajada discriminatoria de Alberto Samid. El Instituto contra la discriminación tiene como tarea principal salir a cruzar este tipo de delitos. Alberto debería decir algo sobre un afiliado e histórico militante del justicialismo como Samid. Fue diputado y además, vicepresidente del Mercado Central en el gobierno de Cristina.

 La reiteración y la magnitud de sus insultos cargados de odio racial deben tener su castigo. Samid es un delincuente que está preso. Apenas estuvo dos meses en el penal de Ezeiza porque la justicia lo premió con una detención domiciliaria. Y eso que tuvo que ser recapturado en Belice por Interpol y la Policía Federal. Está condenado a 4 años de prisión por asociación ilícita y evasión impositiva.

Semejante malandra, cuatrero y xenófobo se dio el lujo, por enésima vez, de escupir su antisemitismo sobre los judíos. ¿Hasta cuándo el estado argentino y la justicia le van a permitir ese atropello?

¿Qué pasó?

La embajadora de Israel en Argentina, anunció algo lógico. Dijo que iban a tener que buscar otro proveedor de carne si Argentina seguía interrumpiendo la exportación con el cepo.

Samid respondió con el siguiente tuit: “Lo mejor que nos puede pasar es que los judíos no nos compren carne. Que esta “amenaza”, la realicen. El mundo no les quiere vender nada. Son un desastre como clientes. Se los garantizo yo, el rey de la carne”.

En su fobia irracional, tal vez, Samid ni siquiera sepa que en el estado democrático de Israel, no solamente viven judíos. Y que un partido árabe acaba de sumarse a la coalición de gobierno. Pero eso es un detalle. Lo importante es su desprecio permanente a todo lo que le parezca judío. Porque no es la primera vez que vomita estas palabras. Hace dos meses, lo hizo contra tres empresarios. A uno le dijo que “este moishe no tiene límites, no se cansa de robarnos. Estos paisanos son todos iguales.” Como si esto fuera poco, además convocó a bloquear el edificio donde está la sede de su industria. Y a otros dos los acusó porque “hicieron la guita acá y se van a vivir a Uruguay”. Evito los nombres para no re victimizarlos.

En octubre del 2020 hizo algo muy parecido que no vale la pena repetir. Alberto José Samid, peronista hasta el caracú, desde el 26 de mayo ya tiene colocadas las dos dosis de la vacuna Sputnik. Pertenecer tiene sus privilegios. Sus vínculos con el peronismo son muy variados y estrechos y por eso, se siente absolutamente impune.

Insisto: estoy atento y espero escuchar la voz del Presidente del país y del justicialismo con algún tipo de condena o de inhabilitación partidaria hacia Samid. No se pueden dejar pasar ni naturalizar a estos venenos explosivos.

¿Es correcto que Samid tenga el privilegio de la detención domiciliaria pese a que tuvieron que decretarle la captura internacional porque se había escapado del país? No es que intentó fugarse: se fugó.

 “No me voy a entregar, estoy en una provincia peronista”, dijo en ese momento. Y era cierto. Porque desde Formosa, gobernada por su amigo Gildo Insfrán, cruzó a Paraguay y de allí a Panamá y directo a Bélice. Patricia Bullrich era ministra de Seguridad y lo hizo traer de las pestañas.

Samid se declaró un perseguido político. El invento del Lawfare da para todo. La querellante fue la AFIP y Samid fue condenado porque había armado una organización delictiva para evadir más de 28 millones de pesos. A los gritos chillones decía que era un preso político. Si Samid es un preso político, yo son Hemingway.

Cuando lo sacaron de una comisaría en Belice, salió desafiante, haciendo la ve de la victoria peronista. Pero se ve que

no comprendió del todo la frase histórica de Perón: “De todos lados se vuelve, menos del ridículo”. Samid, con su voz de pito y su prominente abdomen hizo absolutamente de todo para quedar en la historia bizarra y despreciable de la política argentina. Tiene algunos momentos memorables que están en todos los archivos de la televisión argentina. Los más recordados son su pelea en vivo y en directo a las trompadas con Mauro Viale. Y esa provocación antisemita de repetirle una y mil veces que dijera su verdadero apellido. Viale lo había acusado de avalar el atentado terrorista de la AMIA y el matarife se puso a su lado, cara a cara, y le dijo “Te voy a matar” y le pegó un derechazo cortito en la cara. Después vino el revuelto de puñetazos, patadas, productores que intentaban separar e insultos. Se cayó al suelo Mauro pero no fue por toda la cuenta. Logró levantarse y seguir tirando sus patadas voladoras.

Le había dicho “judío de mierda” y la pelea después siguió en la calle.

Samid envió toneladas de carne a Irak durante la guerra del Golfo pese a que Argentina había adherido al embargo decretado por Estados Unidos al régimen de Saddam Hussein.

Samid será ridículo pero no come vidrio. Siempre se pegó como estampilla al poder peronista. A Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Daniel Scioli, con quien solía compartir largas partidas de ajedrez en las tardes aburridas de La Ñata. Y ya le dije que con Cristina, fue vicepresidente del Mercado Central.

Anduvo con una carnicería con rueditas por todos lados tratando de chuparle las medias a Cristina con el lema de que “El Rey de la carne” como se autotitula, podía vender mucho más barato que otros.

El matarife matancero tiene varias cuentas pendientes ante la justicia. En el sector lo acusan hasta de abigeato (es decir de robar ganado) y hasta Felipe Solá cuando era gobernador de Buenos Aires, hizo esa denuncia.

Ayer, Samid siguió haciendo declaraciones en medios de comunicación K y ratificó sus dichos. 

Está claro que en algún momento Alberto Fernández, Victoria Donda y la justicia, van a tener que condenarlo sin privilegios. Porque no es el rey de la carne. Es el rey del odio racial.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre