Ni olvido ni perdón por la fiesta de Olivos

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Hoy hace exactamente tres años, en la Quinta de Olivos, Alberto Fernández perpetraba un delito grave y una inmoralidad descomunal. El peor presidente de la historia democrática celebraba en forma clandestina una festichola por los 39 años de su pareja, Fabiola Yañez. Hubo champagne del mejor y una torta de alta gama. Ella apagó las velitas pero encendió un repudio social generalizado contra Alberto que, de esa manera violó un decreto que el mismo había firmado prohibiendo este tipo de encuentros en plena pandemia. Los 14 de julio, siempre será un aniversario amargo para la pareja presidencial. Miles de ciudadanos de a pie no pudieron despedir a sus seres queridos y quedaron con un agujero negro en el alma por eso. Pero el presidente no se privó de nada y de esa manera humilló a miles de víctimas del maldito covid. Todas las encuestas serias registran un nivel de imagen negativa estratosférico del Presidente. Y también señalan que la gran caída de su prestigio, se dio en el momento en que nuestra colega Guadalupe Vázquez dio a conocer esa fotografía histórica.

Las críticas y los insultos a Fernández se multiplicaron hasta el infinito, sobre todo en las redes sociales. No era por una medida económica fallida o por una postura ideológica. Era y es, por su falta obscena de decoro.

Ese cumpleaños provocador marcará de por vida a la pareja que habita en Olivos. Allí empezó una serie imparable de mentiras, que desnudaron la catadura ética del presidente que no preside. Hoy directamente habría que hacerle un juicio por abandono de su puesto de trabajo. O descontarle del sueldo los día que no tiene ninguna actividad.

De arranque, quisieron desmentir la realidad de esa foto. Es una fake news, decían los funcionarios, con la cara de piedra. Es un fotomontaje, argumentaban groseramente. Cada falacia duraba un par de horas y se caía a pedazos. Pero las chanchadas ilícitas, no se detuvieron. Alberto juró por su hijo que no había participado. ¿Se entiende? El presidente mintió descaradamente y juró por su hijo, que seguramente es lo más sagrado que tiene. No conforme con arrastrarse en ese barro, después le echó la culpa a “su querida Fabiola”, como la definió.

Esa muestra de cobardía y falta de honor cayó como una bomba entre la gente común.

Alberto “entregó a su compañera en la primera de cambio, con el solo objetivo de salvar el pellejo”. Esta acusación gravísima fue realizada por escrito, por Sergio Berni, un soldado de Cristina.

Pero no fue el único que disparó fuego amigo. Víctor Humo Morales, el relator del relato, dijo que “esta vez la oposición tenía razón”. Hebe de Bonafini, otra dirigente talibán de Cristina dijo que le pareció “repugnante lo que hizo el presidente. No es un error, se burló de nosotros. La gente está muy enojada”.

Luis D’Elía, furioso, cuando todavía no se había pasado al bando albertista, se quejó porque no pudo velar a su madre. Nadie podrá decir que estos personajes son antikirchneristas.

Aníbal Fernández salió a defender a Alberto y lo tiró debajo de un camión. Su violento lenguaje fue terriblemente machirulo y troglodita. Frente a la opción de que Alberto se haya enterado del festejo en el momento de soplar las velitas, se preguntó que tendría que haber hecho Alberto: “¿cagarla a palos o pegarle dos piñas?

Alberto había amenazado a medio mundo con aplicar todo el peso de la ley porque se había terminado el tiempo de los vivos que pasan por encima de los bobos. “No voy a permitir que hagan lo que quieran. Se trata de la salud de la gente. Si lo entiende por las buenas, me encanta. Y si no, me han dado el poder para que lo entiendan por las malas” ¿Se acuerda ese dedito acusador?

Pregunta chicanera. ¿Cómo se autopercibe Alberto, después de haber cometido el delito que repudiaba? ¿Está en el campo de los vivos o de los tontos?

¿Lo entendió por las buenas o por las malas?

Porque siguió haciendo todo tipo de mamarrachos legales. Llegó a decir que porque nadie se había contagiado, no había delito. En las redes lo atormentaron con los memes. “¿Quiere decir que si alguien ametralla una multitud y no hiere a nadie, no hay delito?, le preguntaban con ironía.

Alberto se convirtió en un mentiroso serial. En un presidente mitómano. ¿O tal vez desconocía el artículo 205 del Código Penal, a pesar de ser docente y no profesor de Derecho? Dice textualmente: “Será reprimido con prisión de 6 meses a 2 años el que violare las medidas adoptadas por las autoridades competentes para impedir la introducción o propagación de una epidemia”.

Se propagó la figura de un presidente atontado y contra las cuerdas que demostró que es capaz de decir cualquier cosa para zafar aunque le falte el respeto a los argentinos en general y sobre todo a los familiares que perdieron seres queridos.

Alberto se pasó la cuarentena estricta por donde usted ya sabe. Perdió autoridad y su credibilidad pasó a ser menos diez.

Sus maniobras en la justicia lograron el objetivo y con 3 millones de pesos en concepto de reparación, cerró la causa que llevaba adelante el juez Lino Mirabelli. Un sobreseimiento que es una vergüenza por donde se lo mire. Alberto pidió un crédito bancario que le salió a la velocidad de la luz y pagó. Con ese solo movimiento, se sacó la responsabilidad penal de encima. Pero la mancha no se borrará jamás. Fue muy grave lo que pasó hace dos años en Olivos. Y muy contundente el rechazo que generó.

Alberto se siente tan impune, tan por arriba de los mortales, que no sabe ni mentir. No sabe hacer bien ni el mal. Ni olvido ni perdón.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre