Fernández Meijide, 90 años de dignidad

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Es tan tóxica la realidad que muchas veces uno se siente asfixiado. La catástrofe económica anuncia todos los días, la multiplicación imparable de la pobreza, la desocupación y la inflación. El brutal fracaso sanitario se resume en casi 52 mil muertos y más de dos millones de contagiados y, a pesar de tanta propaganda mentirosa, recién se colocaron las dos dosis de la vacuna, apenas el 0,59 % de la población. Los traficantes de vacunas para privilegiar a los amigotes del poder y los bloqueos de los Moyano como si fueran dueños de la Argentina, completaron un panorama desolador en los últimos días.

Por eso es tan necesario encontrar siempre una vía de escape. Una puertita de esperanza o ilusión para seguir creyendo en el futuro de la Argentina sin morir en el intento.

El pulmón colectivo donde la sociedad puede respirar, en general, se expresa en las protestas callejeras como los banderazos de mañana o en las expresiones críticas en los medios. Pero la ilusión individual, se puede fortalecer con los ejemplos inspiradores de grandes hombres y mujeres como en este caso.

Quiero hacerle un humilde homenaje y poner como ejemplo a imitar a Graciela Fernández Meijide. Mañana cumple 90 años de dignidad. Hace un par de días la vimos haciendo la cola y esperando su turno como corresponde para ser vacunada. Privilegios, cero. Acomodo, cero. Graciela solo se coloca primera en la fila para ir al frente y levantar las banderas de la libertad, la igualdad y los derechos humanos.

Mañana, tal vez alguna pancarta se acuerda de su cumpleaños y en la calle codo a codo, celebran su ética de la responsabilidad ciudadana.

Mañana Graciela cumple 90 años. Ella fue presidenta de mesa en 1951 cuando las mujeres votaron por primera vez. Hija de padres radicales, ella votó por el socialista democrático Alfredo Palacios que juntó apenas 55 mil sufragios.

Mañana cumple 90 años y tiene una energía asombrosa para combatir todo tipo de autoritarismo y para fortalecer todo tipo de avance republicano. Es la presidenta del Club Político Argentino que en su documento fundacional, lo dice todo:” nos convoca una viva estima por las ideas y por el debate público, por el pluralismo y la diversidad”.

En junio de 2017, la designaron ciudadana ilustre. Siempre militó a favor de la vida y la libertad. Era muy chiquita y andaba por las calles de Avellaneda recogiendo papeles metálicos de chocolates y atados de cigarrillos. Los hacía una pelota y los enviaban a los aliados para ayudarlos a derrotar a todos los fascismos. Su cerebro funciona a mil por hora como si fuera una adolescente. Es inteligente, lectora voraz, coqueta e incansable. Madame Graciela, la profesora de francés, vive en el barrio de Belgrano y tiene dos gatos que la acompañan.

Todos le dicen simplemente Graciela. Su historia personal es un poco la historia de esta Argentina con sus dolores y alaridos más profundos y sus alegrías más fugaces. Muchas veces las arrugas de su cara representaron un país cansado de vivir espasmódicamente, sin planificación y con un grado de infantilismo que asusta. En tiempos de cirugías estéticas por millones, de urnas llenas de botox y de siliconas mentirosas, sus ojeras son medallas que la vida le colgó por haber pasado por tantos túneles y por haber sufrido tanto. Ella viene del horror y no de la política. Fue su segundo nacimiento.

El primero fue un 27 de febrero de 1931 en Avellaneda. Pero el segundo fue hace 43 años, en una madrugada desgarradora que no olvidará jamás. Cinco civiles armados que llegaron en tres autos secuestraron a su hijo Pablo que estaba en el quinto año del secundario y nunca había militado en política ni tenía actividad gremial. Pablito Fernández Meijide tenía 17 años y no apareció nunca más. Le repito… Pablito Fernández Meijide no apareció nunca más. En su casa quedó una mochila que todavía tenía tierra de Bariloche, una bolsa de dormir, una pecera refulgente de peces de colores, una máquina de fotos que adoraba, un perro pastor ovejero que aullaba presintiendo todo y un tremendo agujero negro que se instaló en el corazón de la familia para siempre. A partir de ese momento lo buscaron las 24 horas del día por cielo y tierra. Por las noches, Graciela le hablaba a la oscuridad y creía que Pablito la escuchaba. Entonces se abrazaba a la almohada y le decía:” Pablo, Pablito, esto va a pasar, vos sos joven y esto va a pasar.  Pablito, viví, aguanta, mantenete con vida, aguanta”.

Le hablaba a una foto en la mesita de luz, a esa misma foto que después convirtió en pancarta y llevó a todas las movilizaciones para pedir aparición con vida y castigo a los culpables. Porque resultaba indispensable.

En ese momento parió a la dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Hace muchos años que conozco a Graciela Fernández Meijide. Allá lejos y hace tiempo, cerca de 40 años, yo integré desde el último escalón de importancia ese organismo multipartidario y multisectorial desde donde ella se hizo conocida en todo el país.

Hoy prefiere ser muy prudente al hablar de ese desgarro del alma. Dice que los duelos no se terminan nunca. Que apenas se tramitan de la mejor manera que uno puede. Ella supo y pudo encontrar el equilibrio necesario para mantener viva la llama de la memoria de Pablo sin quemarse en el fuego del odio, el resentimiento y la venganza. Fue una activa integrante de la Conadep donde se dedicó a recibir las denuncias de los campos de concentración, los delitos de lesa humanidad y el terrorismo de estado. Fue figura fundacional del Frepaso junto a Chacho Alvarez

Finalmente Graciela nació por tercera vez en 1995 cuando un millón de personas la votaron para que sea senadora. Por sus agallas y por su sentido de la  solidaridad. Apenas dos años y medio después, en 1997, fueron más de tres millones y medio de compatriotas que la tocaron con la varita mágica y republicana de las urnas. Y así pudo derrotar al fantasma de Menem y al aparato de Duhalde.

Graciela nació tres veces. Fue diputada, senadora, Constituyente de la reforma del 94, ministra y presidenta de la Constituyente de la Ciudad de Buenos Aires. Hoy sabemos que es Doctora Honoris Causa y que siempre fue una ilustre ciudadana. Eso es mucho para cualquiera. Su madre la dio a luz en el corazón de una Avellaneda obrera y pujante, después amaneció en la noche de la dictadura y, finalmente en la democracia de las urnas donde habla la voz del pueblo.

Graciela en sus orígenes se asoció políticamente con Carlos Auyero, un demócrata-cristiano íntegro de transparencia a toda prueba y gran capacidad intelectual.

Graciela siempre apuesta al consenso, a debatir con honestidad intelectual y la cabeza abierta y es difícil que se le escape alguna agresión verbal. Publicó varios libros pero los más significativos fueron las críticas y autocríticas de la violencia política de los 70. Uno se llamó “Eran humanos, no héroes” y el otro fue un extraordinario diálogo reconciliador con el ex dirigente montonero Héctor Leis.

 Hebe de Bonafini en su momento la trató de “rata” a Graciela y eso me dolió en el alma. ¿Cuál es el límite? Los derechos humanos tan manoseados pueden recuperarse como el terreno fértil en donde sembrar nuevos tiempos.

Esa misma palabra electoral inapelable de los votos le gritó “No va más” a Graciela y  le bajó el pulgar en dos momentos terribles. Primero perdió la interna con De la Rúa y después la gobernación con Carlos Ruckauf.

Ella que se había cansado de subir la cuesta ganando una elección tras otra, perdió dos comicios seguidos y su carisma empezó a deteriorarse. Mantuvo las manos limpias y el corazón caliente pero dejó de ser el gran fenómeno político argentino, la mujer que más alto había llegado hasta ese momento con el voto popular, desde el renacimiento de la democracia.

Por esos  días era como la heredera de Alicia Moreau de Justo. Pero con mucho apoyo popular.

Sus más cercanos le dicen Nenuca. Ella aguantó a pie firme todos los ataques. La acusaron de las peores cosas. Le dijeron abortista, Alfonsín con polleras, pituca de Barrio Norte que solo conoce a los pobres por televisión.

Algunos la insultaron como autoritaria, ineficiente y hasta la acusaron de ama de casa. Suena insólito, incomprensible, pero es la verdad histórica.

Todavía se mantiene firme y valiente en el debate nacional con mucho que perder y sin nada que ganar. Esta viuda de un arquitecto llamado Enrique que la acompañó en todas ya se ganó el respeto y la admiración de una inmensa porción de los argentinos.

Es  que Graciela no se rinde. Pero ya está absolutamente amortizada desde el día que perdió lo más importante que puede perder un ser humano: a su hijo. Pudo aferrarse con más fuerza a otros afectos como los de sus hijos, Alejandra, Martín y Celia. Y ahora sus nietos, Camila y Diego.

Lo demás es historia que anda caminando para que cada argentino la juzgue como quiera. Su siembra pacífica y de consensos institucionales, es de un gran valor pese a que por momentos parecen ganar los  que siembran cizaña y autoritarismo.

Ojalá mañana, su cumpleaños número 90 sea un reconocimiento. Graciela no se vende. Combate con firmeza todo tipo de autoritarismos y oscuridades. Su hijo Pablo la ilumina siempre y es su motor. Su combustible, nunca fue el odio. Y siempre jugó en la vereda del sol porque comprendió que los problemas de la democracia se arreglan con más democracia. En el escenario de la política sana se la nombra como Graciela. Y ya se sabe que es ella: Graciela Fernández Meijide. Graciela mucha mujer.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre