Embajada de Israel: 31 años de impunidad

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Es así, como lo dicen Idan Raichel y Alejandro Lerner: “Que la luz de la justicia nos acerque a la verdad”.

Vamos a hablar con toda claridad: hace 31 años que el atentado terrorista contra la embajada de Israel reclama verdad, justicia y condena.

Aquella salvajada, aquel crimen de lesa humanidad, produjo 29 muertos, solo 22 identificados y 242 heridos y abrió las puertas al segundo atentado, dos años después en la AMIA y al tercer atentado a finales del tercer kirchnerismo con el asesinato del fiscal Alberto Nisman.

El hilo conductor se llama impunidad. La columna vertebral de esos tres hechos trágicos se llama complicidad y ocultamiento de estado. Son heridas que no cierran. Muertos que no descansan en paz. Es lo que la inmensa mayoría de los argentinos de todos los credos y todas las ideologías ansiamos construir: paz sin terror. Convivencia sin odio ni muertes. Diálogo sin violencia.

A las 14:50, la sirena fue como un alarido de dolor que conmueve y convoca.

Sonó y vibró en nuestros corazones y en nuestra alma que es un agujero negro de luto.

La consigna que más me impactó es “Le contarás a tu hijo que al terrorismo lo vimos así de cerca”. Parece una convocatoria de algo que yo hice como mi hijo Diego en su momento.

El día del horror multiplicado, mi hijo Diego tenía apenas dos añitos y estaba en pijama jugando en un living de Caballito con sus primas de Córdoba. Hasta en ese barrio se sintió como temblaba la tierra en ese terremoto de sangre y muerte provocado por los terroristas. Unos cuantos años después, fuimos a recorrer ese lugar con mi hijo. Me sentía con la obligación de contarle que había pasado aquel día en que sus juguetes se sacudieron en medio de sus risas de niño. Con la intención de perseguir la memoria, la verdad y la justicia le cuento lo que pasó el día que pisamos juntos ese lugar sagrado convertido en un cementerio colectivo.

Allí va:

– Papá, ¿Por qué me trajiste a esta plaza?

– No hijo…. esto no es una plaza.

– ¿A no? ¿Y esos árboles? ¿Y esos pájaros? ¿Y esa especie de lago que rodea este inmenso espacio vacío?

– Tenés razón, hijo. Parece una plaza pero no es una plaza. ¿O no ves que no hay hamacas ni toboganes?

– No entiendo… pá.

– Vení… vení …hijo, dame la mano. Vení… caminemos juntos por esta plaza que no es una plaza y yo te explico. Este es un lugar para mantener viva la memoria. Vos no te podes acordar porque hace 31 años, apenas tenías dos, pero aquí, en este lugar, la embajada de Israel desapareció de la faz de la tierra. Si… si algo parecido a lo que pasó en las Torres Gemelas en Nueva York: sin aviones pero con el mismo odio.

Uno va caminando lentamente de la mano con su hijo y es como si recorriera esos gigantescos descampados a los que quedaron reducidos algunos de los más tristemente célebres campos de concentración del nazismo. Uno camina por el silencio y hace equilibrio en el aire mientras siente que se le adhieren al corazón dolores interminables que le estrujan el pecho. No es para menos. Aquí en este suelo porteño de Arroyo y Suipacha hace 31 años había 29 vidas que ya no están.

 Aquí hace 31 años se cometieron 29 asesinatos en un segundo. Porque todo tardó un segundo. El tiempo que uno tarda en pestañear les alcanzó a los asesinos masivos para terminar con la vida de 29 personas. La pentrita y el TNT hicieron estallar la vieja casona por los aires y millones de pedazos de la embajada de Israel volaron como papeles quemados que luego bajaron hecho polvo y escombros para sepultarlo todo.

Nadie entendió porque el mundo se cayó encima de esos 29 seres humanos.

¿Quién se atribuye el poder sobrenatural de decidir quiénes deben morir y quienes no? Según la Corte Suprema, fue el grupo terrorista denominado Jihad Islámica, el brazo armado de Hezbollah. Irán le pidió a Estados Unidos que a cambio de un acuerdo sobre su programa nuclear,  se levanten las sanciones contra dos acusados y buscados por Interpol por el atentado a la AMIA. Uno es el vice canciller de Teherán y el otro es el actual vicepresidente, Moshen Rezai que hace poco estuvo departiendo amablemente con Nicolás Maduro y con el heredero de Fidel Castro, Miguel Díaz Canel en la asunción de Daniel Ortega en Nicaragua.

Todo esto con la presencia de Daniel Capitanich, el actual embajador en Managua, que aún sigue en su cargo. 

¿Quiénes son los fanáticos terroristas que arrancaron para siempre la respiración de 7 viejitas que sobrevivían sus últimos días en el hogar que está al lado de la parroquia, al frente de la embajada? ¿Eran conscientes que había 200 chicos en la escuela? ¿Supieron qué mataron al cura párroco? ¿Tendrán conciencia o el odio les clausura la sensibilidad eternamente y los convierte en robots, talibanes y blindados?

Hace 31 años, el corazón de esta ciudad desarmada y con la guardia baja fue apuñalado por la espalda. Fue el anuncio brutal de todo el terror que se venía en una Argentina que ya no sería la misma. Otro anuncio: el olvido es el primer paso hacia la impunidad y la impunidad es una tragedia que vuelve.

Hoy no hay un solo responsable. No hay culpables. Ni un detenido ni una pista. Nada. Solo duelo y luto. La causa judicial está tan muerta como aquellas 29 personas que mató la bomba. No sabemos pero sospechamos que tipo de fascista puso la bomba. Pero si sabemos quién mató la causa. Los que no investigaron. Los que trataron el tema con desidia, negligencia, desprecio por el dolor, falta de voluntad política y también – porque no decirlo – con complicidad.

Pero la luz inevitablemente triunfará sobre las tinieblas. Igual que hace 2.000 años cuando fue destruido el templo de Jerusalem y quedó intacto el candelabro de siete brazos. Igual que hace 31 años cuando se arrodillaron las paredes de la embajada pero quedó intacta la gigantesca araña que iluminaba el salón principal. Milagros de la luz en su doble condición de dar vida, dar a luz y de encontrar la verdad, echar luz, iluminar algo, descubrir.

La esperanza de justicia es lo último que se pierde. Mientras tanto las lágrimas del dolor se empecinan en tatuarse en nuestros brazos como los crueles números del holocausto.

– Papi, te quedaste callado. Se te humedecieron los ojos. ¿En que estabas pensando?

– No… nada, hijito. Pensaba si entendiste porque esto es mucho más que una plaza?

– Si Papá. Creo que entendí: es como un jardín donde crece la memoria. ¿No?

Exactamente eso. Un jardín de la memoria donde crece la vida y donde la muerte y el odio tienen prohibida la entrada por los siglos de los siglos… Amén.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio Mitre