El ilustre ciudadano Kovadloff

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Dentro de media hora, la Legislatura de la Ciudad, consagrará un acto de estricta justicia. Van a distinguir al ilustre ciudadano Santiago Kovadloff como ciudadano ilustre. Esa ceremonia tendrá la mejor escenografía porque se va a realizar en el Teatro Colón. Enseguida voy para allá. Pero antes, quiero recordar este humilde homenaje a semejante patriota.

Podríamos bautizarlo como el poeta de la República. O el filósofo de la libertad. Usted elige cual es la definición que más le gusta de Santiago Kovadloff.

No es un hombre grande. Es un gran hombre. Un representante cabal de lo mejor de nuestra especie.

Pocas veces leí algo tan bello y movilizador para explicar lo que somos. Dice Santiago: “Si un milagro es un hecho infrecuente e irrepetible, cada uno de nosotros, es un milagro, puesto que no tenemos repetición. Somos uno y por una única vez”. Suele citar a Octavio Paz para certificar que “los hombres estamos hechos de palabras. Somos lo que hacemos con el lenguaje y lo que el lenguaje hace con nosotros”.

Santiago querido es de esas personas que es un diamante con varias caras, una mejor que la otra. Una encuesta de Poliarquía, realizada en mayo del 2019 entre líderes de opinión, colocó a Santiago Kovadloff en el primer lugar, entre los intelectuales y científicos más destacados del país por encima de Beatriz Sarlo, Juan José Sebrelli, Gabriel Rabinovich, Facundo Manes, Pablo Gerchunoff y Juan Martín Maldacena. Todas mentes privilegiadas. Asamblea multitudinaria de neuronas.

Los saberes de Kovadloff son tan diversos que muchos, no saben cómo definirlo. ¿Es filósofo, poeta, ensayista, traductor? Es todo eso junto, pero falta una palabra mayor para calificar su estatura ética y republicana. Es un terapeuta de las enfermedades psicológicas de la patria y un custodio permanente de las ideas que vienen a refundarla. Como un candelabro, una menorá, para decirlo en hebreo, Kovadloff sostiene la luz que ilumina todas las oscuridades.

Santiago además es una persona que disemina por la vida, semillas de afecto y abrazos con todo el cuerpo. Confía en que florezcan en la tierra fértil de Argentina. Su porte elegante, su voz seductora y potente, suele despertar los suspiros de las mujeres. Pero él tiene su corazón y su vida entrelazada y eterna con Patricia, su compañera ideal. Ojalá todos los enamorados podrían escribir lo que él escribió para ella: “Fe que me das/ lo que entró en mi como una fiesta/mano tendida mujercita/ los muchos años que con sombras y luz nos vieron, hermosa voz, abismo en que reposo”.

La tesis con la que se recibió en Filosofía y Letras fue sobre Martin Buber y se llamó “El oyente de Dios”. A partir de ahí construyó una trayectoria difícil de igualar. Es académico de la lengua en Argentina y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid.

Tuvo que exiliarse cuando la dictadura de Videla venía degollando libertades y aprovechó para perfeccionar el portugués con el que tradujo al castellano a próceres como Fernando Pessoa y Vinicius De Moraes. Al revés llevó al portugués textos de Joan Manuel Serrat y Les Luthiers. Pocos saben que también es un tierno autor de relatos para niños. Muchos saben de sus textos memorables: “Las huellas del rencor”, “El silencio primordial” o “La Nueva ignorancia” y “Locos de Dios”.

 Sus tesoros son la sonrisa de su mujer al despertar, su intercambio intelectual y sensual con ella, y el yacimiento de amor entrañable por sus hijos, Diego que vive en Londres, Valeria y Julia. Eduardo Galeano, en “El libro de los abrazos”, cuenta que cuando Santiago llevó a conocer al mar a su hijo, el chico atropellado por la inmensidad y la belleza, le pidió a su padre que lo ayudara a mirar. Ese día Diego hizo su primer poema.

La biblioteca de su casa está desborda de libros muy antiguos que Santiago acaricia como a un bebé. Pero la reliquia que venera, tiene que ver con sus genes. Es un samovar del níquel y cobre fabricado en 1898 que de pibe él llamaba “la casita del té” y que estaba en la casa de sus abuelos donde el idish era una campanita de alegría. Los cuatro vinieron de Odesa y de Kiev, huyendo de los pogroms zaristas. Tal vez por eso, Santiago tiene marcado a fuego la palabra libertad en sus neuronas.

Arriba de los escenarios muestra su carisma comunicativo. En el teatro dirigido por su hija o en el café concert bajando a la tierra y a la seducción de las personas comunes a Borges, Cortázar o el mismo Pessoa acompañado por músicos de aquellos. Su firma está en todas las solicitadas a favor de la República y las mentes abiertas y en contra de todo tipo de fanatismos. Su cuerpo está en todas las manifestaciones que pelean por una justicia ejemplar que esté a la altura de lo que necesitamos en este momento de la historia nacional.

Tal vez por eso, los kirchneristas lo atacaron y lo atacan tanto. Incluso alguno de los que fueron sus más brillantes discípulos. Es que los dogmáticos del autoritarismo presuntamente revolucionario y los negacionistas del robo del siglo K, no se pueden permitir dudar con las certezas que predica Santiago. Un energúmeno fascista como Juan Labaké, tuvo la caradurez de acusarlo de “traidor a la patria”, ridiculez que fue rápidamente desestimada. Un par de ignorantes ediles kirchneristas de Bragado trataron de evitar que fuera declarado ciudadano ilustre durante la Feria del Libro. Su conferencia fue exitosa y masiva y se tituló “La Aventura de leer”, que bien le hubiera venido a esos muchachos que hacen ostentación de su ausencia de neuronas y su falta de lectura.

Con mi hijo Diego, tuvimos el honor de que Santiago prologara nuestro libro urgente que llamamos “Cuidáte changuito”. Ahí dijo cosas que nos inflaron el pecho y el orgullo, con el título: “Dos hombres de palabra”. Y aseguró que Diego “ha entendido que significa heredar. Heredar es transformar lo recibido mediante los propios recursos creadores”.

Pero si de frases lúcidas se trata, se podría citar una montaña de Kovadloff. Yo elijo algunas:

  • La muerte no es algo que va a sobrevivir. Uno viviendo se va muriendo y deja de morir cuando expira. Para poder morirse hay que estar vivo.
  • La política es un ejercicio moderado de la maldad, pero a la vez es imprescindible porque sin ella no hay organización social.
  • La Argentina es una sociedad donde la experiencia no logra transformarse en enseñanza.
  • Creo que este texto no resume el océano de creatividad que lo habita pero, por lo menos, es muy representativo y dice así:
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  • Mi casa es esta mujer que ahora duerme a mi lado. Como ella, con ella, todo a mi alrededor reposa. Cuando ella despierte, también lo harán las cosas. Volverán a abrirse las puertas, correrá el agua otra vez, los pasos avivarán la vieja escalera, caerá de nuevo la luz sobre las plantas. Yo retornaré a mi mesa, a las palabras, y su voz, como un halo, circundará mi día. Cuando ella se
  • haya ido a su trabajo, alzaré los ojos de la página, y un tapiz, un clavel, un amuleto inesperado en la cocina de la casa repetirán el nombre de esta mujer que todo lo pobló con su presencia y el acierto de sus manos.
  • Ella es mi casa, puerta mayor de acceso al sentido de estos cuartos. Si el egoísmo o la indiferencia quiebran nuestro encuentro, la casa se oscurece. Como una dura denuncia de soledad sin remedio, las paredes se cargan de presagios, se repliega el color de cada cosa, la casa se vacía, y habitarla es quedar a la intemperie. Mi casa es esta mujer que ahora duerme a mi lado. Cuando ella anda lejana, todo es lejano en la casa; con ella se van en tropel las cosas de mi entorno, y estar aquí se vuelve una tortura; acosa cada sitio, cada paso lastima, rincones y objetos se hacen inservibles. Y la casa recuerda, en un susurro triste, que alguna vez supimos ser mejores. Si renace la alegría, renace la casa. Cuando la lucidez o el deseo vuelven a reunirnos, la casa otra vez se ilumina: tienen sentido mis papeles, cada cuarto es la evidencia de un proyecto. La casa entera es una fiesta y por la vieja escalera vuelve a correr el aliento suave y denso de la vida.

Santiago Kovadloff, me honra con la palabra hermano. Ojalá yo pudiera estar a esa altura.

Pero para el cierre, quiero decir algo más:

Es cierto que Santiago es el poeta de la República. O el filósofo de la libertad. Pero también es el gran escritor del amor. Y Patricia lo sabe.

Editorial de Alfredo Leuco en Radio MItre